Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Cuentas de otoño

 

 

Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.

Ya estamos metidos en el otoño. En la marcha imparable de los días y las horas, nos hemos dado con él de bruces. Cambian los paisajes revistiendo su entorno de color pastel y nuestros ropajes suavizan los incipientes tiritones con las primeras prendas de abrigo. En este mes de magia y calma, los cristianos tenemos una mirada especial a una advocación mariana llena de sabor en nuestra tradición espiritual: el santo rosario.

Todavía recuerdo en mi casa, cómo algunas tardes de otoño terminábamos el día rezando a la Virgen cinco misterios del rosario. La abuela convocaba y ella dirigía, y los demás, con desigual afición y afán, nos dejábamos poco a poco enganchar con esa oración que al final la sentíamos como una plegaria nuestra y sencilla.

No he dejado nunca de rezar el rosario. Aunque luego haya aprendido otras formas de orar, me parece un modo realmente evangélico de recorrer los pasos de esa historia de salvación a la que también cada uno de nosotros pertenece. Particularmente cuando voy en el coche en mis demasiados viajes, o cuando camino de acá para allá, cuando subo a la montaña en silencio, cuando tengo un momento calmo de paz. Son ocasiones preciosas para vivir como hijo de Dios, como hijo de María, los avatares en los que la vida me lleva y me trae.

Rezar el Padrenuestro al comienzo de cada misterio es un modo de recordarnos la oración de Jesús, la plegaria cristiana por antonomasia, cuando llamando como hijos al Padre Dios y santificando su nombre, le pedimos que venga su Reino, su sueño y proyecto de amor; que nos conceda buscar y hacer siempre su divina voluntad como en el cielo y en la tierra tantos seres la buscan y la hacen fielmente; y que no deje de darnos el pan cotidiano y de suscitar en nosotros el perdón que nos hace parecernos a Él como más; pidiendo al final que el maligno y su mal no nos ganen nunca la partida.

Pero lo mismo decimos a nuestra Madre y Señora cuando con las palabras del arcángel Gabriel también nosotros la saludamos con el saludo del “alégrate por estar llena de gracia”, y porque estando el Señor contigo a nosotros se nos allega. No olvidamos en las diez Avemarías de cada misterio, que somos pobres, pequeños y pecadores, y que necesitamos el ruego materno de Santa María la Madre de Dios, ahora y siempre, especialmente en el momento de nuestra muerte.

Y así concluimos recitando la alabanza a la santa Trinidad, dando gloria al Padre amante, al Hijo amado, y al Espíritu amor.

Rezar el rosario tiene esta entraña de vieja oración, con la que tantas generaciones cristianas, tantas personas sencillas y buenas han querido rezar la vida, esa vida que como sucede con los distintos misterios que componen esta oración mariana, está tejida de gozo, de dolor, de luz y de gloria. Así se pintan los colores de nuestra biografía humana y cristiana: con la alegría de nuestros gozos, con las pruebas de nuestros dolores, con el resplandor de nuestra luminosidad y con la gloria de nuestra esperanza. Porque rezar el rosario es como rezar la vida, viviéndola bajo la intercesión dulce y discreta de aquella que el Señor nos dio como Madre. En este otoño, estas son las cuentas.

Recibid mi afecto y mi bendición

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

11.10.2009 Domingo 28º Tiempo ordinario

 

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