Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

"La vida como procesión:

Dios, los hermanos, la historia”

 

 

Introducción

Una de las actividades que más ocupan el quehacer de nuestras cofradías, consiste en la preparación y realización de las procesiones, normalmente en torno a las fechas de la Semana Santa cristiana de cada año.

He querido tomar como un punto de partida este hecho y dedicación, para dilatar precisamente su contenido. De hecho, si preguntamos a alguien qué es una procesión nos remitirá a ese espacio religioso con motivo de la Semana Santa, acaso del Corpus Christi, o de alguna festividad patronal en nuestros pueblos y ciudades.

No en vano, el Diccionario de la Real Academia Española –que luego volveremos a utilizar-, nos señala cuatro acepciones. La primera, demasiado genérica y vinculada a su etimología latina, señala que una procesión es la “acción de proceder algo de otra cosa”. La última acepción tiene un carácter hondamente teológico, en donde se explica cómo en la Santa Trinidad el Hijo de Dios procede (procesiona) desde el Padre, y cómo el Espíritu Santo procede (procesiona) desde el Padre y el Hijo. Pero tal vez, las dos acepciones que más nos pueden ayudar en este momento son las otras dos, de esas cuatro que señala nuestro Diccionario:

- Acto de ir ordenadamente de un lugar a otro muchas personas con algún fin público y solemne, por lo común religioso.

- Hilera o conjunto de hileras de personas o animales que van de un lugar a otro.

Obviamente, hay que tomar una opción para definir nuestras “procesiones”, a fin de evitar que nos confundan con un simple vaivén, con un ir y venir sin rumbo, ni origen ni destino, como magistralmente captó el Ingenioso Hidalgo de D. Miguel de Cervantes, cuando a su Quijote de la Mancha le describió boquiabierto en Barcelona, asomado al trajín de las gentes que iban y venían, hasta exclamar algo que nunca nos debería dejar indiferentes: “son personas que no saben de dónde vienen y no saben a dónde van”.

No sea así, digo yo, en nuestras procesiones cofrades y en nuestras cofradías procesionales. Que siempre sepamos de dónde venimos, por dónde andamos y hacia dónde nos dirigimos. Pero por este motivo, para que nuestras procesiones y cofradías no pierdan su denominación de origen cristiana, para que no sean objeto de alguna reducción ideológica al uso o al abuso, conviene saber resistir lúcidamente frente aquello que el gran escritor francés Charles Péguy decía: la enajenación de las palabras cristianas.

Volviendo al Diccionario de la Real Academia Española, a propósito del término “cofradía” se aducen también algunos variados significados, como ya subrayé hace dos años en mi introducción cuando intervine en el Congreso de Cofradías en Jaca. Efectivamente, el Diccionario contempla por “cofradía” conceptos tan diferentes que van desde una cofradía como “una hermandad que forman algunos devotos, con autorización competente para ejercitarse en obras de piedad”, hasta una “junta de ladrones o rufianes”. No es el caso de andar justificando en dónde estamos nosotros y cuál es nuestro tipo de cofradía, pero ante tal dispersión terminológica uno experimenta una cierta perplejidad que se acomunen bajo un mismo vocablo a las personas piadosamente comprometidas con las personas de calaña ladrona, como si fuera indistinta la cofradía de los rufianes asaltadores y la cofradía de los que asisten a sus víctimas asaltadas. Por eso, nos encontramos en la necesidad, incluso semántica, de tener que definir lo que una cofradía es en el sentido cristiano y lo que entendemos por procesión, para no ser enajenados en nuestra identidad. Pero no lo vamos a hacer de un modo académico en clave filosófica, en clave fenomenológica o en clave especulativa teológica. Vamos a hacerlo de un modo más sencillo, desde lo que podríamos llamar una teología narrativa: introducirnos en un ejemplo de procesión tal y como nos viene descrita por la Biblia.

 

 

Un modelo de procesión: el camino de Emaús

La Sagrada Escritura, como narración de una historia salvífica, nos permitiría presentar diversos modelos de lo que un Pueblo ha vivido en su larga peregrinación hacia la tierra prometida. Son los dos elementos que están presentes en esta historia de salvación: la cofradía de un Pueblo, y la procesión de su peregrinar.

Pero describir estos lances con toda su riqueza literaria y teológica nos llevaría demasiado lejos para el tiempo y el cometido de esta ponencia. Tendremos que dejar de lado a Abraham con su larga marcha bajo las estrellas incontables a las que Dios le asomaba cada noche, a Moisés con su éxodo lleno de avatares desde la esclavitud a la libertad, las mil conquistas y reconquistas que sufrió aquél pueblo nómada que Dios escogió. Demasiadas tramas imposibles ahora de sintetizar, pero que ha formado parte de una idiosincrasia, incluso de una espiritualidad, en donde con los romeros de aquellas romerías iban escenificando en su andadura la fe, la hermandad, la ayuda mutua caritativa, el arte y una proyección cultural. Es decir, podríamos encontrar en las páginas bíblicas suficientes datos para verificar que lo que nosotros hacemos con nuestras cofradías y procesiones, a su modo y manera estaba ya presente en ese pueblo del que en la fe provenimos.

Tenemos, pues, que hacer una opción argumental y ceñirnos tal vez a un solo episodio que nos ayude a situarnos como cofradías cristianas en la procesión de la vida, y me ha parecido que hay una escena del Nuevo Testamento, un conmovedor relato pascual en el que vemos bellamente narrado este trance. Nos lo cuenta el Evangelio de San Lucas con los dos discípulos que se fugan a Emaús. Todos recordamos el contexto. Lo sucedido en Jerusalén en esos días inmediatos, la captura, la condena, el suplicio y la muerte de Jesús. Aquellos dos discípulos, presos del desencanto, de la frustración, se marchaban escépticos a una localidad cercana.

 

“Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

El les dijo:

—¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

—¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

El les preguntó:

—¿Qué?

Ellos le contestaron:

—Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron.

Entonces Jesús les dijo:

—¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo:

—Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron:

—¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo:

Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. (Lucas 24, 13-35)

 

Un primer momento representa la misma llegada de Jesús, el hacerse encontradizo, en medio de la realidad de aquellos dos discípulos. Es, cabalmente, un gesto de ir a por dos creyentes alejados afectivamente por un desencanto y alejándose en una decisión de poner tierra por medio. Es importante este primer rasgo misericordioso de Jesús: ir a por quienes se han perdido, como no pocas parábolas han descrito espléndidamente (Cf. Mt 18,12; Lc 15).

En un segundo momento vemos en filigrana a los dos discípulos fugitivos que se enmarcan en el más hondo escepticismo como quien ha sido defraudado fatalmente. Cleofás y su compañero inician una fuga hacia el punto Emaús, llevando resentidos el drama de su propio fraude: “nosotros pensábamos que...”. Es una preciosa descripción, de fina psicología incluso, de cómo aquellos dos se sienten defraudados porque esperaban de Jesús lo que Jesús jamás prometió: la liberación de Israel. Vale la pena aplicar esta fuga lastimera a no pocas disidencias en la historia cristiana, y que cobra hoy una particular actualidad.

Un tercer momento, consiste en la actitud misericordiosa de Jesús de no plegarse sin más a los postulados escépticos de los discípulos errantes, sino de volver a empezar con ellos de nuevo, de estrenar otra vez para ellos lo que tal vez estaba inédito en sus corazones: haber entendido la historia de Dios. Y desde Moisés y los Profetas, les fue diciendo a sí mismo. La misericordia se hace paciencia.

El cuarto momento, muy breve, como breve es un ademán, consiste en el respeto de la libertad por parte de Jesús: no poner precio su misericordia, y fingir por delicadeza lo que su propio corazón no deseaba: pasar de largo. No es la indiferencia o la falta del ardor apostólico, sino el aprecio por la libertad, la no coacción.

El quinto momento es la docilidad llena de sencillez de aceptar una hospitalidad y una cena, Él precisamente que era la Tienda del Encuentro y el Pan de la Vida. Dejándose invitar por ellos, resultará que serán ellos los verdaderamente acogidos. Aceptando la cena de ellos, serán ellos los que propiamente serán nutridos y saciados.

Sexto momento: recobrar la luz de los ojos y volver a latir el corazón. Son como los frutos de un verdadero encuentro con Jesús. Que el corazón vuelve a latir sin taquicardias escépticas, y que los ojos vuelven a ver sin cegueras estériles.

Finalmente, ese encuentro se hace conversión y testimonio: regresarán a Jerusalén, desandarán su fuga a Emaús, y contarán lo que les había sucedido en el camino y en el hogar. Volver a Jerusalén significa también regresar a la comunidad eclesial, porque todo verdadero encuentro con Jesús implica también una auténtica pertenencia y permanencia en la Iglesia. Ellos volvieron a Jerusalén para encontrarse con Pedro y los demás discípulos.

 

Los rasgos de esta particular procesión

En esta escena evangélica tenemos unos cuántos rasgos que iluminan nuestra andadura cofrade en la procesión de la vida. Porque tenemos aquí descrito todo un proceso de fe que bien nos abre a una pastoral renovada de las cofradías en este momento de nueva evangelización.

a) Volver desde nuestras huidas. Todos tenemos experiencia de cómo hay tantas personas que se alejan de la fe y de la Iglesia, y a pesar del distanciamiento tejido de indiferencia o de confusión, a un cierto punto de sus vidas intuyen y atisban en una cofradía y en el participar en una procesión, un insólito enganche que puede ser para ellos un providencial punto de partida en su fe y en su humanidad. Surge un motivo de interés inaudito pero real, de querer participar en algo cristiano, en algo que se despierta ante una cofradía.

b) Experimentar la compañía de Dios. No se trata de un Dios “gran gendarme” que nos fiscaliza en cada tramo, que nos impone tasas de aduana por pasar sencillamente por la vida. Muchas veces la falsa y la mala vivencia de Dios hace a no pocos descreídos rechazar a Dios cuando están simplemente rechazando una vulgar caricatura. Por eso, ver que Dios se hace encontradizo, paciente, comprensivo, no para añadir más desencanto a nuestra demasiada desencantada vida, sino para abrir horizontes, para asomarnos a su gracia, para regalarnos su perdón, para vendarnos las heridas, para despertar la esperanza y gozarnos de la fe con alegría. Sería precioso que una cofradía pudiera ser un lugar en donde poder experimentar esa divina compañía.

c) Ajustar nuestros desajustes. En este relato vemos un proceso en el que se nos invita a entrar leyéndolo biográficamente cada uno, poniendo nombre al escepticismo grande o pequeño, al Emaús notorio o inconfesable, a la tristeza fruto de la incomprensión de esa historia de Dios, y sobre todo poniendo nombre al milagro: cómo, cuándo y qué ha ocurrido en nuestro camino para que la paciencia misericordiosa de Jesucristo, pusiera también en nosotros su luz no deslumbradora en nuestros ojos y sus latidos ardientes en nuestro corazón. Porque sólo leyendo biográficamente esta página de encuentro con el Señor, podremos a nuestra vez configurarnos con Cristo para vivir así también nosotros nuestro compromiso cristiano en los mil caminos que llevan a tantos Emaús y en donde encontramos a personas alejadas y alejándose.

d) Volver a la comunidad cristiana. Porque no tiene sentido seguir huyendo errantes y pródigos, cuando la puerta del hogar de la Iglesia se ha vuelto a abrir. Una Iglesia que tiene sus cosas, arrugas de muchos siglos pero precisamente por sus muchos siglos una extraordinaria sabiduría. Una Iglesia burlada y desprestigiada con los sambenitos al uso de ser anacrónica, enemiga del progreso, desconectada de la realidad, afincada sólo en los viejos, pero que sin embargo es la única que sigue en pie dando sin fisuras la batalla cada vez que la vida, la libertad, la educación o la familia quedan de nuevo en entredicho por nuevos dictadores y los modernos genocidas. Una Iglesia que no es caprichosa mecenas de la frivolidad, sino fiel custodia y garante conservadora del mejor patrimonio cultural. Una Iglesia en donde las heridas de todos los errores y de todos los horrores puedan ser curadas, con ternura, con misericordia y con gratuidad. A esa Iglesia que volvieron los de Emaús retornando a Jerusalén, es esa Iglesia a la que nos estamos refiriendo con su hogar nuevamente abierto de par en par. Y es la Iglesia en la que las cofradías viven, la que las cofradías construyen desde esa particular aportación llena de fe, de espiritualidad, de cultura, de arte, y de compromiso social.

 

 

Conclusión: peregrinar la vida en Dios, con los hermanos y para la historia

 

Toda la labor religiosa, educativa, artística, cultural y social que llevan adelante las cofradías, tienen ese marchamo de actualidad que nos permite mirarlas con agradecimiento y descubrir en ellas una aportación reconocida.

La vida es una procesión y la Iglesia una gran cofradía. Pero hemos de recorrerla teniendo en cuenta lo que en el título de este Encuentro se indicaba: en Dios, con los hermanos que Él nos da, y para la misión que en la historia se nos confía. Son tres indispensables referentes: en Dios, con los hermanos y para la historia, que representan los tres factores que enhebran el significado de una cofradía que procesiona por la vida.

Hace un tiempo escribí una carta semanal dedicada a la semana santa. Era un domingo de Ramos. Allí decía que con la entrada de Jesús en Jerusalén entramos de nuevo en la semana grande del año cristiano. Los preparativos de las cinco semanas precedentes con la cuaresma nos ayudaban a esperar y vivir esas fechas con renovada conciencia de que si bien Cristo ha resucitado, nosotros no, o al menos, no en todo

Y recordaba algo de mis años romanos, cuando en los aledaños del Coliseo, solía verse un grupo jóvenes vestidos de romanos (de los de antes): casco, espada en ristre, lanza y escudo, capa roja y faldilla a la usanza imperial. Sorprende siempre ver al típico grupo de japoneses (de los de ahora) que se abalanzan eufóricos hasta los romanos para hacerse todo un reportaje fotográfico, que deberán pagar religiosamente. ¿Cómo no presumir después ante quien sea de unas fotos con los héroes supervivientes de la campaña de las Galias? De seguro que se permitirán esta broma.

Decía esto a propósito de nuestros días de Semana Santa, cuando veremos por nuestras calles también a romanos y nazarenos, a niños hebreos y sibilas cantarinas. Y me preguntaba: ¿se trata sólo de eso: de una puesta en escena de cosas que sucedieron hace muchos siglos para que los paparazzi nipones nos inmortalicen? ¿Se trata, tal vez, de un piadoso recuerdo que exhibimos en nuestras calles y plazas a golpe de tambor?

Sin duda que nos podrán hacer fotografías, y estaremos encantados. También es cierto que recordamos piadosamente así el mejor sentimiento religioso de nuestra devoción popular. Pero las procesiones de Semana Santa tienen un hondo calado y un mayor significado. Es aquí en donde propiamente podemos cifrar la verdadera hondura de este gesto de procesionar: si lo hacemos simplemente por inercia costumbrista, por folclore de esos días, o como un recuerdo vivo lo que supuso aquella procesión histórica en la que Jesús el Señor recorrió nuestra vía dolorosa para abrirnos a la vía dichosa de la salvación. No se contradicen estos tres motivos: podemos y debemos mantener nuestras costumbres y tradiciones, vivir con empeño nuestro folclore religioso, y saber el por qué y el por quién lo hacemos. El problema vendría cuando todo se reduce únicamente a costumbre y folclore sin que haya nada ni a Nadie que recordar.

Cuando logramos integrar estas razones, entonces resulta que somos ayudados para continuar de un modo nuevo en la procesión de la vida, esa que a diario recorremos vestidos con nuestros habituales atavíos, acompañados por las personas que nos rodean por motivos familiares, laborales o amistosos, en el vaivén de nuestras cosas. También ahí, en la procesión de la vida, nos encontramos con vías dolorosas y con vías dichosas, sin romanos, aunque algún que otro japonés pueda aparecer. Será la mejor señal de que los cristianos hemos entendido el significado de nuestras procesiones y el fin de nuestras cofradías, si logramos caminar el resto del año al paso de Jesús, convirtiéndonos en cireneos disponibles que ayudan a llevar el peso en tantos de nuestros prójimos hermanos, como hace el Señor con cada uno de nosotros.

Como hemos visto en la procesión de los de Emaús, Jesús se hará paso en medio de nuestras cuestas arriba y cuestas abajo, de nuestros caminos rectos y tortuosos, de nuestros rincones más secretos y de nuestras avenidas más transitadas. Dejemos que Jesús se nos ponga al lado, y como a aquellos dos fugitivos del evangelio, también a nosotros nos abra los ojos y nos encienda el corazón. En la procesión diaria de la vida de cada día, sintámonos acompañados por el Señor y seamos los portadores de su Presencia y los portavoces de su Palabra, siendo para quien nos ve pasar una bendición.

 

A modo de puntos conclusivos

 

1. El relato de los discípulos de Emaús, puede ser un icono que nos acompañe enla profundización de lo que somos como cofradías. Frente a personas que se fugan de la realidad, de la Iglesia y hasta de sí mismas, hace falta propiciar un reclamo de encuentro como hizo Jesús con aquellos dos escépticos discípulos. No quedó con el ellos en el Templo, no les citó en el Cenáculo, sino que salió Él al camino de su fuga para hacerse con discreción encontradizo. Esa procesión de los de Emaús resulta sintomática de lo que nos puede pasar a nosotros y de cuanto pasa a nuestro alrededor. Jesús se hará paso en medio de nuestras cuestas arriba y cuestas abajo, de nuestros caminos rectos y tortuosos, de nuestros rincones más secretos y de nuestras más transitadas avenidas. Dejemos que Jesús se nos ponga al lado, y como a aquellos dos fugitivos del evangelio, también a nosotros nos abra los ojos y nos encienda el corazón.

 

2. Toda la labor religiosa, educativa, artística, cultural y social que llevan adelante las cofradías, tienen ese marchamo de actualidad que nos permite mirarlas con agradecimiento y descubrir en ellas una aportación reconocida. La vida es una procesión y la Iglesia una gran cofradía. Pero hemos de recorrerla teniendo en cuenta lo que en el título de este Encuentro se indicaba: en Dios, con los hermanos que Él nos da, y para la misión que en la historia se nos confía. Son tres indispensables referentes: en Dios, con los hermanos y para la historia, que representan los tres factores que enhebran el significado de una cofradía que procesiona por la vida.

 

3. Algo estaría sin concluir si nuestras cofradías sólo buscasen el culto a Dios en la piedad popular semanasantera. O si sólo escenificase su arte y talento, a través de las manifestaciones religiosas que revisten nuestras procesiones. O si sólo fuésemos una asociación que sale al paso de las precariedades de nuestros prójimos más próximos. Porque en la procesión de la vida, por donde transcurren todo el año nuestras cofradías, hemos de saber conjugar y vivir armoniosamente esos tres datos: en Dios (consagración al Señor en los sacramentos y en la religiosidad popular de nuestras devociones de Semana Santa), con los hermanos (comunión con la Iglesia participando en su vida y formándonos en nuestra identidad cristiana), para la misión que se nos confía (teniendo gestos solidarios con los más necesitados).

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

 

IX Encuentro de Cofradías de Aragón

Palacio de Congresos.

Huesca 7-8 noviembre 2009

 

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