Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Homilía en la clausura

IX Encuentro de Cofradías de Aragón

 

Querido Sr. Vicario General, D. Nicolás, Sr. Párroco de Bolea, P. Manuel y demás sacerdotes concelebrantes, miembros de la Archicofradía de la Veracruz y de todas las demás cofradías que participáis de Zaragoza, Jaca, Barbastro, Teruel y Tarazona, a todos mi saludo de Paz y Bien.

Hemos estado estos dos días celebrando el IX Encuentro de Cofradías de Aragón. Bajo el lema de procesionar la vida, ayer comenzábamos proponiendo la escena evangélica de Emaús como un modelo en el que reconocernos en nuestras fugas y huídas, en el gesto divino de hacérsenos encontradizo el Señor, en el volver a aprender esa historia de la que formamos parte y que no siempre entendemos y en la vuelta a Jerusalén donde encontrarnos con la comunidad cristiana de la Iglesia de Jesús.

Sin duda todo un itinerario que nos permite reverdecer nuestra fe en Dios, nuestra fraternidad con los hermanos y nuestro compromiso cultural y social en esta historia en la que estamos. Y en este empeño bello y bueno estáis feliz y eclesialmente implicados todos vosotros con las diferentes cofradías y hermandades aragonesas. Y al igual que ayer lo decía, hoy aquí lo vuelvo a repetir: gracias por vuestra presencia en la Iglesia y en la sociedad, gracias por vuestro buen hacer cristiano y humano que tanto valoramos y al que queremos saber corresponder y acompañar desde cada una de nuestras diócesis. El Señor bendiga vuestro esfuerzo, os sostenga en las dificultades y siendo Él buen pagador, os premie con la paz y la alegría tan fecunda labor.

Las cofradías no son un apéndice piadoso y folclórico de religiosidad popular. Representan un vigoroso escenario en donde la fe cristiana es educada, es acompañada y formada, y es enviada con el arte y la cultura, con el compromiso solidario de la caridad, a testimoniar a Jesucristo en el mundo de hoy. Un mundo de no pocos fugitivos, que desencantados se van de la Iglesia y hasta de sí mismos, y que es preciso salirles al encuentro precisamente en el camino. Como hizo Jesús con aquellos dos: no quedó con ellos en el Templo, ni en ningún Cenáculo, sino precisamente en esa calle de huída por donde pasaba su camino. Todo un estímulo y un acicate para que nosotros podamos reconocernos instrumentos del Señor desde esta preciosa labor que llevan adelante las cofradías, aunando la fe celebrada en los sacramentos de la Iglesia, la comunión hermanada en nuestros grupos cofrades, y el compromiso testimoniado en los cruces de todos los caminos.

Yo doy gracias al Señor por este encuentro que nos ha permitido seguir profundizando en el sentido y significado de las cofradías, nos ha permitido compartir luces y esperanzas y apoyarnos en las dificultades, y nos ha permitido también ir tejiendo una red de afecto y conocimiento entre nosotros para poder responder como mejor sepamos y podamos, a los retos humanos y cristianos que tenemos en Aragón.

Hoy la Iglesia nos proclamado un Evangelio que está lleno de paradojas, y ello hace que la Palabra de Jesús –tanto entonces como siempre– provoque perplejidad, extrañeza, irritación quizás para algunos, mientras que para otros produce alegría, gracia, libertad, reconciliación con tantas cosas. El texto de este domingo nos trae la deliciosa escena de un Jesús que observa lo que está ocurriendo en los aledaños del Templo de Jerusalén, y hace de su observación una hermosa enseñanza.

Ante sus ojos aparecen los letrados y fariseos, esa gente importante, reconocida y mandamás, autorizadísimos por sus propias leyes, que iban y venían al Templo dándose una importancia arrogante. Jesús señala no sólo el uso pertinaz que estos personajes tenían, sino también el abuso injusto que ellos practicaban aprovechándose de las capas más bajas de aquella sociedad, como eran las viudas: “devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos”, denunciará Jesús.

Y junto a este grupo que así usa y así abusa, el Señor observa precisamente a una viuda que llega al Templo sin alarde ni presunción, y allí frente al cepillo ella contrataba con otra gente rica y principal que echaba en abundancia. Aquella pobre mujer no: tan sólo echó dos reales.

A diferencia de la viuda de Sarepta –de ella nos habla la 1ª lectura (1 Reyes 17,10-16)– que su pobre donación fue bendecida por Dios obrando un milagro de abundancia en donde sólo había escasez, la viuda del Evangelio no será chistada por Jesús para premiarla de alguna manera evidenciando ante los demás su gesto generoso. No nos cabe duda que esta buena mujer habrá recibido el céntuplo en su encuentro con Dios, pero por el momento ni siquiera de ese reconocimiento gozó nuestra protagonista. Y sin embargo, Jesús la vió, y la ensalzó hasta el punto de colocarla como ejemplo. Exactamente igual que vio a los letrados y los puso de contraejemplo. Nada escapa a la mirada de Dios. San Francisco tendrá una maravillosa –por sencilla y real– exhortación: “somos lo que somos ante Dios y nada más” (Admonición 19). Ante los demás y quizás ante nosotros mismos, podemos fingir, podemos retocarnos y engañarnos, pero nuestra verdad coincide únicamente con lo que los ojos de Dios ven en nosotros.

¿Qué es lo que Jesús vio en esta viuda? Que lo había dado todo. Por poco que fuera, éso era cuanto tenía. El premio de esta mujer estaba en la paz y en la falta total de agobio asfixiante, de zozobra angustiosa, porque vivía en la libertad de quien nada tiene que defender porque todo lo ha entregado ya. Curiosamente, los que viven así tienen esa felicidad que imposiblemente pretenden alcanzar aquellos que se resisten a darlo todo. Y aquí resalta la paradoja evangélica: quien entrega, tiene, quien retiene se quedará sin nada. Lo habremos experimentado tantas veces a propósito del perdón: quien se resiste a perdonar, quien quiere seguir siendo rico de sus razones, acaba frecuentemente en la soledad, en el resentimiento y en la amargura, mientras que quien aun teniendo razones las sabe “perder”, resulta que encuentra una alegría inusitada, una paz inesperada. Darlo todo, gratuitamente, como gratis lo hemos recibido, y también nosotros experimentaremos que las promesas de Jesús no son vacías. Somos lo que somos ante Dios y nada más.

Que todos nosotros seamos encontrados en el camino por donde procesiona nuestra vida, y que allí alcancemos esa bienaventuranza que asombró a Jesús: lo dio todo. Darlo todo, para tenerlo todo en Dios y con los hermanos que Él nos da.

El Señor os bendiga y os guarde.

 

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

 

Colegiata de Bolea (Huesca)

8 de noviembre de 2009

 

 

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