Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Homilía en la despedida

de las Monjas Capuchinas

 

Queridos sacerdotes concelebrantes, hermanas capuchinas y demás miembros de la vida consagrada, seminaristas, hermanos todos en el Señor: Paz y Bien.

Este mes de noviembre, tramo postrero de nuestro año cristiano, pone siempre en el aire una nota de nostalgia. No la melancolía que llena de negrura nuestra mirada, sino la nostalgia que nos abre con respeto al misterio de las cosas que fenecen. De hecho nuestros senderos se alfombran de hojas caídas como último gesto de ofrenda, tras habernos regalado el frescor de su clorofila y la bonanza de su sombra. En este mes otoñal, tan misterioso, con su olor a lluvia en la tierra amanecida, con sus colores brumosos y su humilde belleza de crisantemo, nos arrebuja en torno a los adioses del año litúrgico que termina.

En este contexto, venimos hoy aquí para decir no adiós, sino hasta siempre, a unas queridas hermanas: las monjas capuchinas. Casi cuatro siglos de bendición para nuestra Diócesis ha supuesto su estancia entre nosotros. El carisma dulce de Santa Clara de Asís, en ellas tomó presencia, canto y alabanza, entrega y sacrificio, plegaria y afecto.

Los hijos de San Francisco y Santa Clara bien sabemos aquello que quedó plasmado en la Regla franciscana: que somos peregrinos y advenedizos en una tierra que sencillamente nos ve pasar, pero en la que no tenemos morada definitiva. Esto nos ha hecho a todos los franciscanos libres, libres de verdad. Porque nuestro hogar no es otro que el corazón de Dios, en el seno de su Iglesia, como viandantes hacia la Patria celestial. No obstante, no somos de piedra, y nos gusta la tierra que nos acoje y que de tantos modos logramos labrar. Esa tierra que sabe de nuestro sudor, de nuestras lágrimas, de nuestra espera y nuestra sonrisa. Pues todo eso nos provoca un lugar, en el ora y labora con el que glorificamos a Dios, servimos a la Iglesia y bendecimos a los hermanos. Pero no nos sabemos ni nos queremos dueños. Y aquí el carisma franciscano y clariano nos ayuda a vivir como verdadero gesto de libertad ese “sine proprio”, sin apropiación, del que nos hablaban Francisco y Clara.

Queridas hermanas, en esta tarde le damos gracias a Dios por habernos regalado con vuestras vidas a través de tantos siglos este precioso carisma clariano hecho de silencio, de soledad y de vida fraterna en pobreza. No es un silencio mudo el vuestro, sino ese silencio sonoro que respeta y posibilita la escucha gozosa de una Palabra mayor, la que justamente pronuncian sin cesar los labios de Dios. No es tampoco una soledad vacía la vuestra, sino esa soledad habitada que deja sitio para que more la Presencia buscada por el corazón siempre inquieto del hombre. Y la vida fraterna que siempre nos recuerda a todos que somos hijos del único Padre Dios, filiación hermanada que en vuestra pobreza y sacrificio han encontrado los pobres, nosotros, tanto consuelo, tanto bien y tanta paz.

El canto de las voces que a través de estos siglos tantas hermanas vuestras han elevado al Señor desde vuestra presencia oscense, no es un canto apagado y marchito, sino un canto que ha entrado ya en el paraíso, y que seguirá entonándose en Zaragoza con las hermanas que tan fraternamente os acogen. Habéis llenado de alabanza estos claustros, en donde a Dios subía cada día vuestra liturgia en unión a toda la Iglesia universal. Con ella ofrecéis en nombre de tantos el regalo cotidiano de la vida, el sudor de nuestros afanes y aquilatáis la esperanza que siempre nos embarga. Es como la nieve que tantas veces habéis contemplado en la cercana sierra de Guara, que allá en sus alturas discretas no han dejado de derretirse para bendecir el valle que silenciosamente con sus aguas fecundaban.

Hay un último gesto que explícitamente quiero resaltar. Vuestra salida no cierra la vida que aquí ha brotado. Habéis querido ser fieles hijas de Santa Clara y San Francisco incluso en este lance de compartir vuestra pobreza con la Iglesia diocesana que durante siglos os ha acogido y nutrido con el afecto y generosidad de sus fieles, con la predicación y sacramentos de sus sacerdotes, con la gratitud de todos sus hijos. Y a esta Iglesia diocesana, hoy pastoreada por un hijo de San Francisco, habéis querido ofrendar generosamente vuestra iglesia, vuestro monasterio y parte de vuestra huerta, para que aquí pueda ser albergado nuestro incipiente y floreciente seminario, y beneficiarnos de este lugar como casa diocesana.

Ante vuestro conmovedor gesto solo nos queda la gratitud inmensa y el compromiso eclesial de saber acoger responsablemente tamaño don que nos hacéis por amor a Dios y amor a esta Iglesia diocesana, pobre también. Que los moradores de este lugar, futuros ministros del Señor, y cuantos acudan aquí para formarse en teología, en pastoral y catequesis, cuantos se alleguen para celebrar nuestra condición cristiana en esta Iglesia particular formada por sacerdotes, consagrados y laicos, sepamos continuar sin interrupción la historia de santidad que aquí vosotras habéis entonado.

Queridas hermanas, a vosotras y a las hermanas que os acompañan de Barbastro y Zaragoza, nuestro rendido agradecimiento, la seguridad de nuestra plegaria por vosotras y la certeza del vínculo mutuo que nos queda en el afecto y en la oración recíproca.

Precisamente el evangelio de este domingo, nos trae la deliciosa escena de un Jesús que observa lo que está ocurriendo en los aledaños del Templo de Jerusalén, y hace de su observación una hermosa enseñanza.

Ante sus ojos aparecen los letrados y fariseos, esa gente importante, reconocida y mandamás, autorizadísimos por sus propias leyes, que iban y venían al Templo dándose una importancia arrogante. Jesús señala no sólo el uso pertinaz que estos personajes tenían, sino también el abuso injusto que ellos practicaban aprovechándose de las capas más bajas de aquella sociedad, como eran las viudas: “devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos”, denunciará Jesús.

Y junto a este grupo que así usa y así abusa, el Señor observa precisamente a una viuda que llega al Templo sin alarde ni presunción, y allí frente al cepillo ella contrastaba con otra gente rica y principal que echaba en abundancia. Aquella pobre mujer no: tan sólo echó dos reales.

Jesús la vió, y la ensalzó hasta el punto de colocarla como ejemplo. Exactamente igual que vio a los letrados y los puso de contraejemplo. Nada escapa a la mirada de Dios. San Francisco tendrá una maravillosa –por sencilla y real– exhortación: “somos lo que somos ante Dios y nada más” (Admonición 19). Ante los demás y quizás ante nosotros mismos, podemos fingir, podemos retocarnos y engañarnos, pero nuestra verdad coincide únicamente con lo que los ojos de Dios ven en nosotros.

¿Qué es lo que Jesús vio en esta viuda? Que lo había dado todo. Por poco que fuera, éso era cuanto tenía. El premio de esta mujer estaba en la paz y en la falta total de agobio asfixiante, de zozobra angustiosa, porque vivía en la libertad de quien nada tiene que defender porque todo lo ha entregado ya. Curiosamente, los que viven así tienen esa felicidad que imposiblemente pretenden alcanzar aquellos que se resisten a darlo todo. Y aquí resalta la paradoja evangélica: quien entrega, tiene, quien retiene se quedará sin nada. En este día, vemos en vosotras, queridas hermanas capuchinas, este evangelio vivido, testimoniado y ofrecido. Y estamos ciertos y así lo pedimos al buen Dios, que mucho más que aquella de Sarepta, la alcuza de vuestra esperanza y vuestro amor como hijas de la Iglesia e hijas de Santa Clara, no se verá vaciada al cambiar de lugar y dejarnos vuestra morada, sino que redundará en mil bendiciones de esas con las que Dios abraza a sus hijos, hasta hacerla rebosar del Bien y de la Paz.

Porque no nos separemos, llevadnos en vuestro corazón que nosotros os llevamos en el nuestro. El Señor os bendiga siempre.

 

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca

 

8 de noviembre de 2009

 

 

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