Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Sal de tu tierra

 

Queridos hermanos y hermanas: paz y bien.

Así comienzan estas líneas, como cada semana hago al dirigirme a vosotros en la carta dominical, o como tantas veces al comienzo de mis homilías. Una paz y un bien que sigo deseándoos de corazón, como la más hermosa gracia con la que el Señor acompaña nuestras vidas y sostiene nuestra esperanza, sean cuales sean los derroteros y circunstancias por los que cada uno peregrinamos.

En estas últimas fechas, semanas atrás ya, se iba facturando una noticia que el boca a boca y los medios de comunicación no dejaban de insistir: que al obispo de Huesca y de Jaca le trasladaban a la archidiócesis de Oviedo. Cuando me lo han preguntado tantos, sólo podía decir lo que he ido diciendo: que los rumores son sólo rumores, y no podía sino desmentir la noticia porque la noticia no existía, y que sólo hoy es tal al hacer público la Santa Sede mi nombramiento como nuevo arzobispo de Oviedo. Al Papa Benedicto XVI ya le he mandado mi filial agradecimiento por tan inmerecida confianza hacia mi persona y he vuelto a ofrecerle mi incondicional servicio a la Madre Iglesia en lo que ella pueda necesitar de este hijo de San Francisco de Asís.

Han sido casi seis años desde que llegué hasta vosotros proveniente de Madrid y Roma, por donde transitaba mi ser y quehacer franciscano. De manos del buen hermano Mons. Juan José Omella recibía estas dos queridas diócesis, a las que él acompañó tan generosamente como Administrador Apostólico durante dos años, tras el fallecimiento de los recordados Mons. Javier Osés y Mons. José María Conget. Uno mira atrás de estos intensos años vividos entre vosotros, y puedo decir que la vida me ha sorprendido ante algo misterioso que entonces se me abría insólito e inaudito. ¿Qué era ser obispo y serlo en esa tierra altoaragonesa? Todo el respeto se me agolpaba ante vuestra historia larga y fecunda de una antigua cristianía, y entonces le pedí al Señor que me diera entrañas de padre sin dejar de ser hijo, que fuera vuestro maestro sabiéndome su discípulo, que acertara a gobernar como se aprende mirando al Pastor Bueno, y que os repartiera su palabra y sus sacramentos colocándome yo como el primer mendigo en la fila de ese encuentro.

Miro atrás, y al deshacer ahora el equipaje ligero de estos años entre vosotros, me surge de modo inmediato dar las gracias como lo principal y primero. A Dios nuestro Señor que va tejiendo los hilos en la trama de nuestras historias. Al venerable siervo de Dios Juan Pablo II que me envió a vosotros como sucesor de los Apóstoles. A todos los colaboradores, tantos y tan buenos, que han tenido la paciencia de acompañarme con afecto y con respeto en todos los momentos en una y en otra Diócesis: los vicarios, los consejos episcopales, presbiterales y pastorales. Sería imposible escribir aquí vuestros nombres que indeleblemente están esculpidos con amor en mi adentro. Sacerdotes, consagrados y seglares, cada uno en vuestro lugar, en vuestra hora, y en vuestro noble intento de ayudarme en tantos momentos como así lo he gozado y recibido.

Pero además de la gratitud, me surge también un sentido deseo de pediros perdón. Los de cerca y los de lejos, bien sabéis de mis limitaciones, carencias y resuellos. A mis precariedades personales, se han unido demasiadas circunstancias que en tantas ocasiones me han puesto su prueba de fuego por las varias responsabilidades, que no siempre han sido comprendidas: en dos diócesis, en la Conferencia Episcopal y en la Comisión que en ella presido junto a la Cátedra universitaria que por este motivo dirijo, añadiéndose en los últimos meses el comisariado pontificio de Lumen Dei. Perdón por mis ausencias, por el bien no hecho, por mis excesos y mis defectos. Sé que la benevolencia divina para conmigo encontrará en vosotros un corazón bueno lleno de esa misericordia que por mi parte yo también os ofrezco.

A las autoridades civiles, judiciales, académicas y militares, nuevamente mi respeto leal en ese servicio compartido buscando el bien común de nuestros conciudadanos. Y a los medios de comunicación social que tanto nos facilitan sabernos y conocernos, mi gratitud por labor tan impagable, por su cercanía y desvelo.

Y entre gratitudes y perdones, dejando la palabra última a la esperanza, sigamos escribiendo la historia de la Iglesia del Señor. Las personas pasamos, queda lo que por amor a Dios, a su Iglesia y a la gente concreta que en ella Él nos confía, hemos sabido sembrar dejando que sea Él quien le dé cumplimiento.

Hoy es la fiesta de Presentación de la Virgen María. Una piadosa tradición nos asoma al momento en que la niña María, futura Madre del Señor, es presentada por sus padres en el Templo. Aquella que fue ofrecida a Dios, hará de su vida una ofrenda continua al Señor. Es providencial para mí que en esta festividad entrañablemente cristiana la Iglesia me vuelva a pedir una nueva entrega. Salir de la tierra, dejar cosas y gentes en el entorno sin arrancarlas de tu interno, para vivir como peregrino la andanza a la que te emplaza el Señor. Tiempo tendremos aún de saludarnos y de despedirnos de tantos modos. Para entonces emplazo mi adiós fraterno al Pueblo de Dios y a toda la sociedad en la que nuestra diócesis está.

Porque no nos separemos, llevadme en vuestro corazón, que yo en mi corazón os llevo. El Señor os bendiga y os guarde.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

Arzobispo electo de Oviedo

 

21 noviembre 2009

 

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