Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

La vida cree en Dios

 

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Quizás no sepamos precisar su color, ni siquiera sus formas o adivinar su edad, pero hay cosas en nuestra vida que son innegables aunque se nos escapen las palabras con las que poder definirlas. Así le ocurrió a aquella chiquilla que con prejuicios prestados de increencias ajenas, le decía un día a su profesor en clase: no existe Dios. El maestro le aceptó el envite y quiso dialogar con ella desde una elemental pregunta: ¿cómo lo sabes? Y la joven, que pensaba que bastaba con exhibir, su fe en la inexistencia de Dios, de pronto se encontró perpleja e insegura al tener que dar razón de lo que afirmó.

“Pues… es que yo nunca lo he visto”, esto fue toda su argumentación. Y entonces, aquel sabio profesor hizo una cosa mucho más sencilla. Le preguntó a aquella adolescente: “¿tú crees en el amor? Perdón por la pregunta un tanto personal, pero igual tú estás enamorada ya. Dime: ¿crees en el amor?”.

Finalmente se entraba en un terreno conocido, especialmente querido aunque del ámbito de lo íntimo. En cualquier caso era mejor hablar del amor, del que ella tenía experiencia, que no de ese Dios que nunca había visto. “Sí, creo en el amor. Es quizás en lo que más creo”, respondió la joven.

“Y,¿cómo es, dónde tiene su casa, qué color gasta, cuánto mide, qué edad tiene?”. De nuevo algo no encajaba con la seguridad que parecía tener. Así, sin ninguna presión malévola, el profesor le vino a demostrar a la muchacha que hay cosas que no se pueden contar, pesar ni medir, y que sin embargo son innegables, existen, aunque nuestros sentidos sean cortos para poderlas captar. Porque aun no pudiendo describir con esa precisión el amor, ¡cómo iba ella, toda enamorada, negar que el amor existía! Y fueron los rubores de su rostro encantado, o las lágrimas suaves de sus ojos empañados, o el corazón acelerado por dulces latidos de pronto alborotados, fueron ellos los que sin palabras contaban que el amor existía, que tenía nombre, que soñaba sueños y encendía la luz de la alegría y la esperanza.

Toda la conspiración de nuestro entorno vital y toda la debilidad de nuestro interno vivir, son incapaces de borrar las huellas que el Creador dejó marcadas en nuestro ser para llamarnos a la felicidad, al amor, a la verdad. Hasta el punto de habernos hecho mendigos sin saberlo quizás de un don posible porque lo deseamos, posible porque no nos engaña el corazón ni el corazón de todos los hombres. Somos estructuralmente una promesa que nos deja inquietos e insaciados hasta que lleguemos a encontrar aquello que lo mejor y más verdadero de nosotros mismos nos está reclamando.

Sí, esta es la estructura de nuestra vida. Y no cambia nuestro sino, ni se modifica nuestro último destino porque nosotros nos empeñemos en decir que no o en huir de ello. Quien niega la luz, podrá a lo sumo taparse los ojos, pero no podrá apagarla con un gesto así de torpe y falaz.

Hay un “blues” de James Baldwin en donde una madre y un hijo tiene este diálogo: -hijo: Sabes que no creo en Dios / madre: Tú no sabes lo que dices. No es posible que no creas en Dios. No eres tú quien decide / hijo: ¿Y quién decide si no? / madre: La vida. La vida que está en ti decide. Ella sabe de dónde viene y cree en Dios”.

La vida que hay en nosotros cree en esa bondad original a pesar de la maldad originada; cree en esa belleza primordial aunque algunos se empeñen en mancharla. La vida cree en Dios y es Él quien nos la salva.

El Señor os bendiga y os guarde.

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

Domingo 2º adviento

6 diciembre de 2009

 

 

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