Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Homilía en la ordenación sacerdotal

del Rvdo. D. Fredy Hernando Peña

 

Queridos hermanos sacerdotes, miembros de la vida consagrada, seminaristas, fieles cristianos laicos: el Señor os bendiga con la Paz y el Bien.

 

1. El domingo de María en el adviento cristiano

En estas semanas de camino hacia la Navidad, la Palabra de Dios nos ha ido acompañando de la mano de creyentes que supieron esperar. Juan Bautista, que nos invitaba a allanar y enderezar los caminos de la altanería y el retorcimiento (Cf. Lc 3,4-6), que impiden la entrada de Dios en nuestra vida, y practicar una conversión hacia el Señor esperado que sea también mirada esperanzadora hacia nuestros prójimos (Cf. Lc 3, 10-18). Isaías, cuyos mensajes cargados de utopías provocadoras, despertaban en nosotros los deseos más verdaderos del corazón: creer que todos los desiertos pueden florecer, las lanzas transformarse en podaderas y las espadas en arados ( Cf. Is 2,5). Y Sofonías, que nos llamaba a la alegría que no acaba en risa fácil y fugaz, sino que llena nuestra alma por dentro y por fuera (Cf. Sof 3,14-18).

Pero en este plan de salvación que la liturgia nos ha ido relatando, como algo nuestro, en estas semanas de Adviento, quedaba el gran personaje central de esta historia humana y divina: María de Nazareth. A Dios le encanta lo pequeño. “Dios ha miradola pequeñez de su sierva” (Lc 1,48), dirá María. Ya lo profetizó Miqueas cuando veía en Belén, pequeña entre las aldeas de Judá, la puerta por donde saldría el Salvador de Israel (Cf. Miq 5,2).

María posibilitó que se cumpliesen todas las profecías, todos los deseos nobles y verdaderos del corazón de la humanidad. El cumplimiento fue Jesucristo. Sin embargo, inútilmente buscaremos a María en las galerías del famoseo, en las intrigas del poder romano, o en los círculos intelectuales griegos. Y a pesar de esta insignificancia sin notoriedad, María ha sido el ser humano más decisivo, quien ha posibilitado que junto a la historia del terror, de la injusticia, de la violencia, de la mentira, junto a esa historia de pecado y perdición, pudiera completarse otra: la historia de la bondad, de la justicia y la paz, de la ternura y misericordia, de la verdad y el amor, la historia de la gracia y la salvación.

Sobre María recae la 1ª bienaventuranza, que Lucas pone en labios de Isabel indicando porqué será dichosa para siempre: “Dichosa tú, porque has creído” (Lc 1,45). La bienaventuranza de María se alimenta en su confianza ilimitada en el Señor, en haberse dejado amar, escoger y enviar por el Señor. Por eso Jesús situará la grandeza de María, ante un espontáneo piropo que le hace una mujer del pueblo, no en primer lugar en la maternidad divina, sino en lo que hizo posible ésta: “dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él repuso: dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,27-28). Y esto es lo que hizo María. Por eso todas las generaciones la llamamos bienaventurada (Cfr. Lc 1,48).

La 2ª confesión de Isabel hacia su prima es: “porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45). La escucha que hace María de la Palabra de Dios, la acogida de su designio y misión, no es una aventura vacía y absurda. Ella prestará su oído y corazón a Alguien que cumple sus promesas, a Alguien que no engaña ni manipula, a Alguien que toma en serio la felicidad humana y no trafica con ella para obtener votos o consumos.

 

2. La ordenación sacerdotal de Fredy

En este contexto adviental y mariano, tiene lugar en nuestra S.I. Catedral esta tarde, la ordenación sacerdotal del diácono Fredy Hernando Peña. Creo que es fácil, querido hermano Fredy, acoger la gracia inmensa que Dios te hace con el sacramento del orden sacerdotal a la luz de la Palabra de Dios en este domingo 4º de Adviento.

La pequeñez de tu vida, de pronto se va a ver inundada por la grandeza de la voz del Señor que pronunciando tu nombre, el que tatuó en la palma de su mano, te dirá para siempre ¡ven! Como hemos escuchado en el profeta Miqueas, tú también pastorearás con la fuerza del Señor, en el nombre glorioso del Señor tu Dios.

De tanto decir y rezar lo que la carta a los Hebreos nos ha recordado, llega este día feliz en el que tu respuesta a quien te llama se hace también humilde ruego: aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Y entre el ¡ven! que Dios te dice, y el ¡aquí estoy! con el que hoy tú le respondes se describe toda una historia humana y cristiana cuyos hitos y cuyos nombres supongo que se te agolparán en tu memoria y en tu corazón.

De modo providente, también a ti te ha ido llevando el Señor por los caminos que tú no habías trazado, y tras los años de crecimiento en tu familia Hernando Peña, en tu tierra colombiana, en el seminario de tu diócesis de proveniencia, quiso Dios pensar en ti para responder a nuestra pobreza, para responder a nuestras oraciones en las que le pedíamos que nos diera vocaciones sacerdotales. Desconocías nuestra tierra y a sus gentes nadie te las había presentado, tampoco nosotros sabíamos quién eras tú,y sin embargo en el Corazón de Dios ya eras de la Diócesis de Huesca.

Del clima cálido de tu hermosa tierra colombiana, has venido aquí a la nuestra altoaragonesa. Te pusiste en camino también tú, y sin remilgos dejaste atrás cosas, terruños y personas para venir presuroso a la montaña. Así hizo María. Así te ha pedido a ti el Señor también. No viniste aquí por ti mismo, ni ahora vas a quienes Él te confíe desde tus luces y proyectos, sino llevando lo más grande: a Jesucristo. Y si eres fiel a esa llamada, llevando al Señor y anunciando su Palabra, también verás que salta de alegría el corazón de la gente a las que servirás como ministro de Dios.

Sé siempre del Señor, y vive tu amistad con Él en la intimidad del trato personal con Jesucristo en la oración, en la liturgia de las horas y en la celebración diaria de la Eucaristía. Si San Juan de Ávila hablaba de que el sacerdote debe saber a lo que sabe Dios, que tu vida tenga este sabor que llene de alegría tu corazón con un gozo que sea testimonio sencillo de tu pertenencia a aquel de quien te has fiado.

Tu ministerio vivirá en una Iglesia particular como es la Diócesis de Huesca. En ella estás incardinado desde tu diaconado y has aprendido ya a amarla y a servirla. Una comunidad cristiana la oscense que las tierras altoaragonesas tiene siglos de historia de santidad: desde San Lorenzo y San Vicente, a San José de Calasanz y San Josemaría Escrivá, a los mártires de antaño y los mártires cercanos, vidas ejemplares de cristianos que han vivido y sembrado de evangelio los caminos y los corazones. Concretamente estarás inserto en un presbiterio diocesano. Sé hermano de tus hermanos. Por edad, por historia, por formación, por actitudes, ya ves que en nuestro presbiterio somos muy distintos. Que la diferencia no sea en ti jamás arma arrojadiza sino fraterna complementariedad. Pero sé inteligente, y sin excluir a nadie cultiva tu amistad con aquellos que más te ayuden, creciendo en la misericordia, en el perdón y en la esperanza. Esto es lo que te permitirá vivir libre.

Los obispos españoles acabamos de publicar un mensaje a los sacerdotes con motivo del año santo sacerdotal. Y hemos dado importancia a la unidad que nace de la comunión fraterna. Hemos recordado cómo “suena con fuerza la oración de Jesús: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Hasta cinco veces aparece esta petición en la oración sacerdotal. La pasión por la unidad es necesaria en la vida de un presbítero, si no quiere renunciar a su identidad de pastor. Pasión por la unidad y por la comunión con el obispo, también con los hermanos presbíteros, con los laicos y con las personas de vida consagrada. Pasión por la unidad y por la comunión de toda la Iglesia diocesana y de la Iglesia entera bajo la guía del Sucesor de Pedro, evitando toda desafección y alejamiento. Servir hoy a la comunión es una señal clara de nuestra fidelidad a Cristo, Buen Pastor” (CEE, Mensaje a los sacerdotes con motivo del año sacerdotal. Edice. Madrid 2009, 17).

Desde el Señor a quien te consagras, con los hermanos a los que Él te hermana, vive apasionantemente para la misión que la Iglesia te confíe en tu entrega ministerial. Los enfermos vean en ti el consuelo tierno al llevarles la unción. Los ancianos se sepan respetados, escuchados y ayudados en la esperanza que más necesitan. Las familias sean para ti una prioridad solícita en estos tiempos de confusión y banalización del amor y de la vida. Igualmente los jóvenes y los niños, puedan ser acompañados en su crecimiento y en sus preguntas con paciencia y audacia como vemos que el Señor les miró y les propuso caminos. Y no dejes de trabajar por las vocaciones sacerdotales. Tenemos ese dulce reto, que hacemos nuestro como desafío ante el Señor echando nuestras redes vacías allí donde Él nos diga.

Querido hermano Fredy, que tus labios estén al servicio del evangelio, tus manos dispuestas a repartir la gracia que Dios ponga en ellas, tu corazón grande y abierto, tu tiempo y tu hogar, todo debe convertirse en cauce limpio para que tu cercanía a los que lloran por tantos motivos encuentren en tu ministerio al hermano de verdad que como Jesús sacerdote sabe conmoverse. Que esa gracia y esa palabra de las que eres portador y portavoz lleven la verdadera alegría capaz de encender la esperanza a los hermanos que la Iglesia te confía.

No olvides que eres ordenado en este año sacerdotal que tiene por mira a San Juan María Vianney. Este santo cura de pueblo cuya virtud más eminente fue vivir con sencillez su ser sacerdotal: no una asistencia según horario y tarifa abaratada, sino una existencia que por entero se sabe entregar. Dios y las almas en su corazón de cura bueno. Predicar como quien transmite la verdad del evangelio sin arrogancia y sin traición. Visitar a los enfermos como quien lleva el bálsamo más importante que es la esperanza. Acoger a los pecadores en la confesión, para ofrecer la misericordia tierna y fiel del Padre Dios. Celebrar los sacramentos todos: la santa misa cada día, los bautismos, los matrimonios; dar catequesis y caminar junto a tu pueblo.

Como ha escrito el Papa en la carta que nos ha dirigido a todos los sacerdotes, «“el Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente –dice el Papa– a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?» (Carta de Benedicto XVI para la convocación del año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del dies Natalis del Santo Cura de Ars).

El santo cura de Ars es el patrono de los sacerdotes. En su año jubilar tenemos un motivo para renovar nuestra ilusión ministerial. Que en nosotros sacerdotes no tenga cabida la soledad que aísla y nos deja vulnerables ante cualquier tropelía, ni el resentimiento que nos hace pobres hombres sin alegría dados al rencor y a la insidia, ni la relajación que mundaniza nuestra mente y nuestras costumbres secándonos el corazón. Sé sacerdote de una pieza, querido Fredy, por dentro con la identidad clara como quiere la Madre Iglesia y por fuera identificado por tu vestir sacerdotal sin que pretendas decirnos con tu atuendo de cura lo que no late en tu corazón y lo que no nos gritas con la vida y la entrega.

Querido Fredy, enhorabuena. Nuestra Diócesis de Huesca hoy está de fiesta y le da gracias al Señor por tu vida y por tu sí. Los hermanos sacerdotes te acogemos en nuestro presbiterio con gozo y con ilusión. Tu familia te espera en Colombia para celebrar con ellos la gracia que Dios te ha hecho.

En estas fechas últimas de mi ministerio episcopal en Huesca, es un regalo del cielo poder ordenar sacerdote a un querido hermano. Lo que Dios ha comenzado en ti, Él lo lleve con tu libertad al más feliz término. Ve a la montaña como María, presuroso, y que salte de alegría el corazón de la gente porque les anuncias una Buena Nueva. Dichoso tú, que has creído, hermano Fredy, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Dios te bendiga.

 

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

Arzobispo electo de Oviedo

 

 

S.I. Catedral de Huesca

Domingo 4º de Adviento. 20 diciembre 2009

 

Ir al índice de cartas y homilías de este curso

 

Obispado de Huesca - Plaza Catedral 8 - 22002 Huesca

 

mapa     callejero              Teléfono 974221027 - Fax 974220679                  Aviso legal