Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Belleza cantada, salvación contada

 

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

En estas fechas atrás, metidos como estábamos en el ambiente mágico de la navidad cristiana, tuve la ocasión de presentar un libro. En el Salón del Ciento del Ayuntamiento de Jaca, presentaba una obra enormemente original y bella, a la mitad entre la audición musical y la reflexión teológica, entre el poema literario y la más acendrada piedad. “Dios es música” es la primera obra de una mujer artista y creyente, amante de la música y amante de Dios, conjuntando la sensibilidad por lo bello y por lo bueno, algo que tiene forma de cantata en el pentagrama del corazón de Dios. Este ha sido el talento y el regalo que nos ha hecho con su libro, Pilar Márquez a quien le agradecemos profundamente que haya tenido a bien compartirnos lo que vive, lo que siente y lo que cree.

Decía el gran escritor francés Paul Claudel aquello de “Oh noche, oh noche, tu eres cómplice de Dios”. Sí, la música, como la noche, se prestan a ser cómplices de Dios. Tanto es así, que hay una belleza que nos ha dejado “heridos”, esa herida que lejos de destruirnos y desangrarnos nos convoca a la verdad bondadosa para la que hemos nacido. En este sentido, la música nos hace un guiño que no es travieso ni banal, sino que nos viene a chistar para entrar en esa inefable belleza que es la que ensueña siempre nuestro corazón.

Hace sólo unos días, en un encuentro que el Papa Benedicto XVI ha tenido en Roma (Capilla Sixtina, 21 nov. 2009) con un grupo de artistas, les decía a propósito de la belleza, de la verdadera belleza: «a menudo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de hacer salir a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace todavía más esclavos, privados de esperanza y de alegría. Se trata de una seductora pero hipócrita belleza, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma. La auténtica belleza, en cambio, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de ir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de aferrar el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano».

De la mano del gran Ludwig van Beethoven en su novena sinfonía, Pilar Márquez nos ha contado en la historia salvífica lo que ha cantado la sinfonía de Dios. Como dice un querido autor italiano, «las notas de la sinfonía de Beethoven son una semilla pequeñísima y frágil, un símbolo del ímpetu grandioso que ha entrado en el mundo a través de la semilla puesta en el vientre de la Virgen. Es ahí donde la alegría se ha convertido en “hecho”; es ahí donde recibe una respuesta la urgencia del hombre, su búsqueda de un destino de felicidad; es ahí donde la intuición humana de una paternidad misteriosa es sostenida por la certeza de que todo lo que el corazón sugiere tiene un camino definitivamente trazado” (L. Giussani, “El eco de otra Belleza”, Beethoven. Sinfonía n. 9 “Corale”. Spirito Gentil nº 27).

Dios es música. Dichosos los que se dejan cantar en sus labios, dichosos los que aciertan a interpretar su divina canción. Y más que irnos con la música a otra parte, vayamos con la música en el corazón, sabiendo que cuando le hacemos espacio a la belleza cantada, podemos también conmovernos ante la salvación contada por Dios.

El Señor os bendiga y os guarde.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

Domingo 2º Navidad

3 enero de 2010

 

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