Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Homilía en la despedida de la Diócesis de Huesca

 

Querido D. Damián, hermano en el episcopado, Señor vicario general y demás hermanos sacerdotes de nuestra Diócesis de Huesca y de otras Diócesis hermanas, miembros de la vida consagrada, seminaristas y fieles laicos, vaya mi saludo franciscano habitual de Paz y Bien como primeras palabras en esta misa especial de acción de gracias.

Un especial saludo a nuestras autoridades que nos honran con su presencia una vez más: Señor Alcalde y corporación municipal, Señor Subdelegado del Gobierno de España, Señor Delegado territorial del Gobierno de Aragón, Presidente de la Audiencia Provincial, Fiscal General de Huesca, Vicerrectora de la Universidad de Zaragoza, Señor General y miembros de las fuerzas de Seguridad, medios de comunicación social y servicios sanitarios.

Como me sucedió el sábado pasado en Jaca, también ahora me he resistido hasta esta mañana para escribir estas líneas por resultarme no sólo extraño tener que deciros adiós, sino algo que todavía me cuesta trabajo creer. Dios tiene sus caminos, Él traza nuestros senderos y con dulzura nos invita a creer y abrazar lo que por bien de su Iglesia y por nuestro propio bien quiere proponernos. Como ya varias veces he podido expresar, comparto con vosotros ese sentimiento agridulce ante la noticia y la realidad de tener que incorporarme a la archidiócesis de Oviedo como arzobispo, dejando este terruño de historia y de gentes entre las que he nacido y crecido como obispo.

Sin una idea previa, sin consignas, casi sin papel ni tinta, llegué aquí hace seis años con una encomienda que por tantos motivos me desbordaba. Ser obispo saliendo de mis habituales lugares como profesor de teología en Madrid y en Roma, o trabajando en las parroquias de la gran ciudad o en las de los pueblos pequeños de la sierra pobre del Guadarrama en mi Castilla, dedicado al estudio, a la publicación, a la predicación, a la enseñanza. Como hijo de san Francisco, viviendo en un convento con la fraternidad asignada. Y de pronto, dejar tierra, casa, hermanos y amigos, quehaceres, para venir a un lugar desconocido y con gente que nadie me había presentado, no fue sencillo. Sabía bien lo que dejaba, ignoraba del todo lo que aquí y con vosotros me aguardaba. Todo estaba aún por escribir. Y así, con todo el cúmulo de mis luces y mis sombras, con las gracias y pecados en mi ligero equipaje, me allegué a Huesca diciendo un sí lleno de noble respeto y de cristiano temor, para secundar lo que el Señor –a quien entregué mi vida para siempre– volvía a proponerme como encomienda en su Iglesia.

Miro ahora hacia atrás de estos seis años, y lo primero que me surge sin ningún tipo de pose ni ficción es la gratitud, sí un agradecimiento muy rendido. A Dios que me ha vuelto a sorprender haciéndome ver que Él no juega jamás con la felicidad de sus hijos en los diversos avatares en los que nuestra vida camina y se decide. A las muchas personas que he podido conocer y querer, particularmente las que han sido más cercanas colaboradoras en estos años: sacerdotes –y en especial a los tres Vicarios Generales: D. Agustín Catón, que en paz descanse, D. José Antonio Satué tantos años a mi lado, D. Nicolás López desde el pasado verano–, religiosos, delegados y voluntarios de las diversas tareas diocesanas. Gracias también a esta tierra con sus instituciones diversas en los pueblos, comarcas y provincia: autoridades civiles, militares, docentes y judiciales, las fuerzas de seguridad, los medios de comunicación, los servicios sanitarios. Con todos y con cada uno he tenido la oportunidad de caminar juntos, buscando desde el propio ámbito puntos de encuentro a favor de las personas y de la entera sociedad a la que por distintos motivos servimos. Agradezco muy de corazón la presencia de nuestras autoridades en esta misa de despedida.

Y es evidente que junto a esta sincera gratitud tiene que ir parejo un no menos noble deseo de perdón: el que pido para mí y el que sin dudar yo también ofrezco. Son muchas las razones que me han hecho llegar tarde o no llegar alguna vez a las citas que personas y acontecimientos estaban reclamando mi presencia o mi voz; en algún caso puedo haberme precipitado con mi estar o mi decir, acaso con una posición mal expresada, o mal entendida o acaso tergiversada. Sin renunciar al fondo uno aprende también a mejorar las formas para no dar pie al equívoco o para no dar ocasión a quien malversa o insidia.

Así, entre gratitudes y perdones, se ha ido tejiendo este tiempo que para mí ha sido muy intenso, muy lleno de gracia y de sorpresas. Bien sabía el Señor lo que conmigo quería Él escribir, dejando discreto el argumento para redactarlo en el tiempo propicio, sin anticipo curioso y sin retardo indebido. Pero con vosotros he aprendido a ser obispo, o al menos he comenzado a aprenderlo. Por eso mi gratitud también se abre a cada uno de vosotros, mis hermanos sacerdotes, consagrados y laicos. Cada uno hemos recibido un don, una llamada, como nos ha recordado Pablo en la segunda lectura de la Carta a los Efesios. Y con todos he trabajado, con todos he querido contar, fuera cual fuera la edad, la sensibilidad eclesial o los talentos.

Como dije al término de mi primer año entre vosotros, repito ahora y con mayor motivo que, quitando unas pocas excepciones ya olvidadas sin esfuerzo, por todos me he sentido acompañado, ayudado y querido, cada uno a su modo y a su tiempo. Es consolador saber que hay tanta gente que reza por ti cada día, y que al verte te muestra su cariño y te tiende su mano. Que tiene paciencia con tus límites y que te vuelve a dar una oportunidad que no nace de ningún servilismo sino del afecto fraterno y de veras sentido. Y a pesar de que existe una soledad que nadie es capaz de acompañar fuera de Dios, es un regalo poder moverte por las parroquias en la ciudad o por los pueblos, ir a las comunidades religiosas y los movimientos apostólicos, encontrarte con las delegaciones diocesanas y los distintos grupos, o vivir los “capazos” –como decimos aquí– de pararte en la calle y saludar con ternura a unos y otros.

No es sencillo el poder dedicar más tiempo a todo esto, especialmente cuando te llueven otros encargos que la misma Iglesia que me ha enviado a Huesca me confía otros menesteres en Jaca o en Madrid, o en Roma, o allende de todos los mares. Con los buenos colaboradores que me ayudaron en el día a día, tratamos de organizar una agenda demasiado dividida, sumada, restada y multiplicada, y no siempre llegué a lo que quería, ni logré encontrarme con cuantos hubiera deseado, ni acompañar debidamente a mis hermanos los sacerdotes como hubiera sido necesario. Y por eso, mi gratitud se hace muy sincera por vuestra paciente y generosa comprensión.

Fueron mis primeras palabras aquellas que aún hoy las siento vivas y pido cada mañana poder renovarlas con sabor a estreno: que yo no soy el Mensaje, sino un humilde mensajero, y esto es algo que me llena al mismo tiempo de estremecimiento y de gozo. El estremecimiento de quien tiene que enseñar una Palabra que otro pone en mis labios y de cuya sabiduría seré siempre discípulo, pero el gozo de saber que la Verdad que anuncio no tiene mi medida sino la de Dios. El estremecimiento de quien es encargado de algo tan grande como nutrir y acrecentar el bien y la gracia que el Señor da a mis hermanos, pero el gozo de saber que de esa santidad también yo soy mendigo. El estremecimiento de tener que gobernar las Comunidades cristianas que se me confían, pero el gozo de saber que ese gobierno pastoral pasa por dar la vida amando concretamente a las personas que Señor pone a mi cuidado. Que conmigo deis gracias y las sigáis pidiendo también para mí, a fin de ser para todos, ahora en Oviedo, según el Corazón de Dios un pastor bueno.

El evangelio que se ha escogido para esta misa de despedida es el encuentro entre dos mujeres, ambas madres de un milagro: María e Isabel. Será el mismo que volveré a escuchar el sábado que viene cuando entre como arzobispo en Oviedo. Como le sucedió a María, también yo puedo decir que voy con prisa y sin apresuramiento a la montaña de Asturias, yendo como voy desde esta otra montaña de nuestro Pirineo oscense. Ella fue llevando lo más grande, fue llevando a Dios que lo guardaba dentro. Y desde Nazaret hasta Ain Karen aquella virgen doncella iría dándole vueltas en su mente y en su corazón a tantas cosas que habían sucedido, a las personas que había conocido y a cómo la vida le volvía a cambiar profundamente otra vez. No era una fuga asustada, ni tampoco un frívolo devaneo, era la consecuencia de dejarse llevar diciendo siempre sí sin dudar, sin condiciones, sin remilgos y sin cuentos, diciendo sí a Dios que te sale bondadoso al encuentro.

Así, con este trance de decir adiós a esta tierra y a esta gente que inmerecidamente el Señor me regaló en vosotros, me voy como mensajero, como portador de esa Presencia del Señor que por doquier me ha acompañado y como portavoz de esa Palabra escuchada en los labios de Dios. Me voy dejándoos con Aquel que estaba antes, Aquel que ha estado conmigo y Aquel que siempre seguirá después como nos prometió en su Evangelio. Así lo he dicho mil veces cuando me he acercado a tantos pueblos de nuestra Diócesis en visitas pastorales, fiestas patronales, confirmaciones y eventos, no he dejado de repetir. Como hemos escuchado en la primera lectura del profeta Isaías, también yo fui ungido en esta Catedral de Huesca cuando me consagraron como Obispo, Sucesor de los Apóstoles, sólo de ellos. Y con la ordenación vino el envío para anunciar la Buena Nueva a los pobres de todas las pobrezas, vendar los corazones rotos con todas las fracturas, y pregonar la libertad a todos los cautivos. Así lo he dicho cuando he ido a los hospitales al encuentro de nuestros enfermos, o en momentosde dureza ante accidentes, pérdida del trabajo o fallecimientos. Tener entraña para conmoverte ante los reveses haciendo tuyo un llanto, o para alegrarte con las cosas hermosas levantando tú también tu copa y tu canto. Pedir favor y brindarlo en tu ámbito, cuando con nuestras autoridades ha habido que solicitar una ayuda que jamás nos han negado, o cuando la hemos podido nosotros ofrecer siempre gustosos en el servicio solicitado.

Ayer y anteayer lo volvía a repetir delante de los 20 jóvenes que confirmé en la parroquia de Santiago o los 30 que confirmé en la parroquia de María Auxiliadora: que Dios no es un okupa indebido que se cuela sin permiso como intruso y extraño en nuestra vida. Él no es rival de nuestra felicidad, sino el mejor cómplice de nuestro corazón en sus exigencias más nobles y verdaderas. Y ese Dios así de familiar y cercano, así de respetuoso y sencillo, es el que vale la pena dejarle tener domicilio en nuestra tierra, en nuestro hogar y en nuestra entraña, en todo eso por lo que vale la pena cantar, soñar, reír y brindar, así como en lo que nos acorrala, entristece o aplasta. Siempre tiene Dios una palabra oportuna, dulce, adecuada, audaz y verdadera, para compartir lo mejor o lo peor que tantas veces la vida nos ofrece o nos impone.

Las familias, los pobres y el Seminario, son tres realidades particularmente queridas y por las que Dios nos ha querido bendecir escuchando nuestra oración y respondiendo a nuestra pobreza. Pido al buen Dios que podamos seguir formando a nuestros seminaristas como verdadera esperanza para nuestra Iglesia diocesana, una verdadera esperanza, y seguir acompañando a las familias desde la Delegación de la pastoral familiar y el COF, al igual que desde Dios sigamos cerca de los pobres desde Cáritas, Manos Unidas, Conferencias de San Vicente de Paúl y los Franciscanos de la Cruz Blanca. Y las otras Delegaciones a las que agradezco su buen hacer como la de Catequesis, Enseñanza, Patrimonio y todas las demás, sabiendo custodiar y defender nuestros bienes: los de la fe y la verdad, los del arte y la belleza, los del compromiso y la caridad.

Al término de nuestra celebración, os invito a rezar por el nuevo pastor que la divina Providencia mandará a nuestra Diócesis de Huesca. Cuando dentro de unos días, el sábado que viene, al tomar yo posesión de mi nueva sede en Oviedo deje de ser obispo de Huesca y de Jaca, se nombrará un Administrador Apostólico o Diocesano según el derecho de la Iglesia. Deseo que el tiempo de interinidad dure poco, y que en breve podamos alegrarnos con la llegada de un nuevo obispo, uno para cada una de estas dos queridas Diócesis, por el que ya podemos rezar y disponernos a acoger como quien viene en el nombre del Señor.

Al disponerme a deciros mi adiós en el Señor, cambiaré de caminos pero no de peregrinación, y en ésta nos seguiremos encontrando y queriendo. Para vivir como peregrino la andanza a la que me emplaza el Señor, deberé salir de este entorno, pero no podrán salir ni quiero los nombres y los años que me llevo grabados en mi adentro.

Queridos hermanos, con el bello verbo de nuestro poeta gaditano, digo de nuevo que porque no nos separemos, llevadme en vuestro corazón, que yo en mi corazón os llevo. El Señor os bendiga y os guarde.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

 

23 de enero de 2010

 

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