Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Homilía en el inicio del ministerio episcopal

en la Archidiócesis de Oviedo

 

Queridos Sres. Cardenales, Sr. Nuncio de su Santidad en España, Sres. Arzobispos y Obispos que han querido acompañarme en este día con verdadero afecto de hermanos y a quienes resultándoles imposible asistir se han unido con su oración. Un Obispo es siempre Sucesor de los Apóstoles, no Sucesor de los anteriores Sucesores, pero me toca en suerte y gracia poder saludar con gratitud y afecto a quienes inmediatamente antes que yo han estado al frente de esta Iglesia arzobispal de Oviedo: Mons. Carlos Osoro y Mons. Gabino Díaz Merchán, al igual que al Obispo Administrador Diocesano Mons. Raúl Berzosa. A todos ustedes mi saludo cordial compartiendo la solicitud por toda la Iglesia Universal en comunión con el querido Santo Padre Benedicto XVI, a quien vuelvo a agradecer la inmerecida deferencia de nombrarme Arzobispo Metropolitano de la Iglesia del Señor que peregrina en Asturias.

Me es muy grato poder saludar al Ministro General de la Orden Franciscana, así como al Ministro Provincial de Santiago de Compostela y al representante del Ministro Provincial de Castilla. En vosotros veo a todos los hermanos y hermanas de mi familia religiosa que desde tantos rincones del mundo me han felicitado asegurándome su oración y cercanía en este día. Igualmente al Presidente Nacional de CONFER y a la CONFER asturiana.

Estáis aquí sacerdotes, consagrados y fieles laicos que desde los lugares en los que he vivido y servido a Dios y a su Iglesia os habéis hecho presentes en nuestra celebración. A todos: gracias.

Con especial emoción saludo a mi familia y a mis amigos más íntimos. Vuestros rostros y vuestros nombres son para mí la memoria más viva de cómo Dios me ha sostenido de tantos modos regalándome vuestra compañía como una preciosa ayuda que me permite caminar con paz y confianza hacia el destino para el que fui creado. Tengo presentes sentidamente a mis padres, cuyo eterno descanso en la paz del Señor volveré a pedir en esta Eucaristía.

Me dirijo muy agradecido a las Autoridades del Principado de Asturias, a la Sra. Presidenta de la Junta General, Sr. Delegado del Gobierno en Asturias, Sr. Alcalde de Oviedo y miembros de la corporación municipal y a la Sra. Consejera de la Presidencia, Justicia e Igualdad del Gobierno del Principado, así como al resto de Autoridades civiles, judiciales, académicas y militares que nos acompañáis. Especialmente me complace saludar al Sr. Alcalde de la ciudad de Jaca. Con todos Vds. comparto una vocación de servicio a las personas concretas a través de la entrega personal y de las Instituciones que representamos. Cuenten conmigo como un colaborador leal y cordial en las iniciativas que para el bien de nuestros ciudadanos respeten íntegramente sus vidas y garanticen en todos los campos su libertad. Somos herederos de una rica y secular tradición que tiene inequívocamente raíces cristianas, y que en el paso de los siglos ha creado cultura, ha emanado leyes y derechos para asegurar la justicia y la dignidad. Entiendo que deberíamos ayudarnos a reconocer y tutelar todo este legado, en el respeto de nuestras competencias y legítimas posturas, buscando el bien de nuestra gente. Cuenten con mi disponibilidad y amistad respetuosa.

Agradezco la presencia de nuestros amigos de los medios de comunicación social y la amable cobertura que han venido haciendo desde que se hizo público mi nombramiento. Quiera Dios que demos motivo para las buenas noticias de las que todos estamos tan necesitados, y que vosotros acertéis a contarlas con hondura y verdad. Estoy a vuestra disposición.

Esta mañana hemos escuchado de nuevo sin monótonos zumbidos la campana de esta catedral de El Salvador de Oviedo. Al mirar su torre esbelta nos ha vuelto a dibujar esa espléndida descripción de Clarín, D. Leopoldo, en su célebre novela ambientada en estas corradas astures. Sí, esta torre es un poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne… y tampoco nosotros nos fatigamos de contemplar lo que este dedo de filigrana arquitectónica nos señala al indicar el cielo de Asturias.

He vuelto a quedar prendado de una tierra que apenas ayer pisaba casi por vez primera al entrar en nuestra Diócesis por Colombres, siendo acogido por tanta buena gente que me acompañaba desde Huesca y Jaca y que me esperaba de nuestra tierra asturiana, mientras comenzaba así a dejar atrás, muy atrás los Pirineos aragoneses.

Y así, entre montañas que cambian, entre caminos que se quedan en pos, y una historia episcopal fresca e imborrable en las Iglesias del Alto Aragón, llego esta mañana aquí para decir mi sí al Señor que me trae, mi sí a esta Iglesia que me acoge, mi sí al Misterio que se hace camino y caminante a la vez en la circunstancia concreta que enmarca una biografía que tiene origen, que tiene un itinerario lleno de nombres y acontecimientos, y que tiene también edad.

He ido siempre por la vida como un cristiano que se sabe peregrino, allí por donde Dios me iba conduciendo. Nunca he sido yo quien ha tomado con el Señor la iniciativa, sino sólo Él quien ha ido marcándome el tiempo y el lugar. Y puedo decir que jamás mi felicidad ha sido burlada, usada o mentida, sino que más bien todas las exigencias de mi corazón han encontrado en la paciente y paterna compañía del Buen Dios, no un rival sino el más dulce, el más respetuoso y el más fiel cómplice de aquello para lo que fui nacido.

Así vengo a vosotros, queridos hermanos e hijos de Asturias, en esta vetusta diócesis ovetense. Como en otros tramos de mi camino ha sucedido, vengo sencillamente en el nombre del Señor: no tengo otras credenciales. Y por este motivo os decía en mi primer saludo al hacerse público mi nombramiento como nuevo arzobispo de Oviedo, que una vez más experimento la desproporción ante algo que no es fruto del cálculo ni tiene mi medida. Es el misterio por que el que Dios va tejiendo la trama de nuestra historia con los hilos de nuestra libertad.

No es la desproporción que nace del miedo, sino la que brota de la conciencia de una paradoja: que Dios quiere ajustar lo infinito a mi pequeñez haciéndome así tu testigo. Y entonces te viene la duda, o crees que no has entendido, o que al llamarte y confiarte semejante cometido se equivocó Él. Pero resulta que, una vez más, Dios hace cosas grandes a través de una humildad no fingida. La desproporción no era un castigo o una burla, sino un sencillo camino: el que Dios nos brinda para que en nuestra pequeñez sea manifiesta y patente su grandeza.

El bellísimo texto del Cantar de los Cantares que hemos escuchado en la primera lectura y que ha encontrado tan precioso eco en el salmo responsorial, es una hermosa provocación que nos hace mirar con serena confianza esa desproporción: los inviernos de la vida en sus tragedias y las lluvias de las inclemencias todas llega un momento en el que sencillamente terminan. Y sin poderlo prever, sin jamás merecerlo, de pronto los campos de nuestra esperanza se visten de las flores más floridas, y el arrullo de la tórtola nos avisa de que en los campos los frutos están listos para la poda mientras se llenan de dulzura las higueras y de perfume nuestras viñas.

Si acertásemos a contar esta historia poniendo nombre a la esperanza que la habita, haríamos de nuestra predicación, de nuestra solidaria caridad, de nuestra audaz y respetuosa rebeldía un verdadero anuncio de Buena Noticia. Como Jesús el Señor que pasando haciendo el bien con mayúsculas, iba abrazando a cada cual en su llanto o en su sonrisa, en su sincera fe, en su indiferencia o en su fuga suicida.

Anunciar, sí, anunciar el evangelio que la Iglesia de Cristo ha recibido, ha proclamado, ha defendido y ha testimoniado. Esta es la revolución siempre nueva y siempre pendiente en cada generación de nuestra humanidad. Sin caer en la presentación de un anuncio abstracto que no logra abrazar las preguntas y las necesidades de la gente, o de una sesgada denuncia que termina siendo crítica disidente llena de tristeza y de esterilidad. Como dijo un testigo de nuestros días, el fundador de Schönstatt, Padre Josef Kentenich, hemos de tener nuestro oído en el corazón de Dios y nuestra mano en el pulso de los hombres.

Algunos periodistas (no sé si queda alguno en Asturias o Aragón que no me haya pedido una entrevista) me han sometido a un buen examen. Me ha sorprendido positivamente tanta expectativa. Pero en este trance de querer saber qué piensa, qué dice, qué trae, de dónde viene, a dónde irá… el nuevo Arzobispo de Oviedo, me he encontrado ante cuestiones tan ajenas que nunca me las había planteado. No porque me sea ajena la persona, el sufrimiento o la alegría, sino por la carga de una intencionalidad que iba declarando inevitable una ideología. Y así, con el perfil más deseado o el perfil más temido de este Arzobispo que llega, me he visto obligado a mirarme en demasiados espejos como me ponían delante. El Santo Padre cuando nos propone como obispos para una Sede, se dice que nos preconiza. Pero algunos observadores mediáticos, políticos o clericales con sus deseos o sus temores parece que más bien nos “precocinan”.

Lo he dicho a quienes me han preguntado: vengo sin consignas, sin planes conspirados y sin estrategias torcidas. Amo al Señor sobre todas las cosas, amo a la Iglesia con toda mi alma como hijo de San Francisco, amo el tiempo de mi época y a la gente de esta generación que se me confía. Vengo en el nombre del Señor, y no soy ni tan santo ni tan temible como algunos han querido presentarme. Y por este motivo, fácilmente se verá el bagaje de cuanto sé y de cuanto soy ignorante, mi fortaleza a prueba de pruebas y mi debilidad nunca maquillada, lo que tengo como talento y aquello en lo que soy realmente pobre. Y con este cúmulo de sabiduría y torpeza, de energía y vulnerabilidad, de riqueza y pobreza, me dejo traer por Aquél que a vosotros me envía. Y como ya os escribí, le pido al Señor que me dé entrañas de padre sin dejar de ser hijo, que sea vuestro maestro sabiéndome siempre discípulo, que acierte a gobernar como se aprende mirando al Pastor Bueno, y que os reparta su palabra y sus sacramentos colocándome yo en la fila de ese encuentro como el primer mendigo.

También ahora puedo decir que todo está aún por escribir. Por eso con todo el cúmulo de mis luces y mis sombras, con las gracias y pecados en mi ligero equipaje, me allego a Oviedo diciendo un sí lleno de noble respeto y de cristiano temor, para secundar lo que el Señor –a quien entregué mi vida para siempre– vuelve a proponerme como encomienda en su Iglesia.

El Evangelio que hemos escuchado hace un instante, es una escena que guarda una similitud con lo que aquí estamos celebrando. Se trata del encuentro entre dos mujeres, ambas madres de un milagro: María e Isabel. Como le sucedió a María, también yo puedo decir que he venido presuroso a la montaña de Asturias, viniendo como vengo desde esa otra montaña de nuestro Pirineo oscense. Ella fue llevando lo más grande, fue llevando a Dios que lo guardaba dentro. Y desde Nazaret hasta Ain Karen aquella virgen doncella iría dándole vueltas en su mente y en su corazón a tantas cosas que habían sucedido, a las personas que había conocido y a cómo la vida te puede cambiar tan profundamente. No era una fuga asustada, ni tampoco un frívolo salir corriendo, era la consecuencia de dejarse llevar diciendo siempre sí sin dudar, sin condiciones, sin remilgos y sin cuentos, diciendo sí a Dios que te sale bondadoso al encuentro.

Hay toda una historia precedente que en vosotros y en mí se hacen cita en esta mañana. No me envía el Señor a vosotros al margen de tanto como esta Iglesia ha ido viviendo a través de los siglos: desde los más remotos hasta los últimos años, sino que a esa historia viva yo ahora me uno formando parte de ella. Y tampoco vengo aquí al margen de cuanto he vivido en mi historia personal: nombres de personas muy concretas, circunstancias y acontecimientos que han sembrado su luz, su gracia, su reto y su mensaje. Es un arte divino por el que Dios que me ha acompañado y que os ha acompañado haga que podamos entre nosotros reconocernos, querernos, caminar juntos y construir su Iglesia como Él mismo la quiere, sirviéndola como ella necesita ser servida, y amando nuestro mundo como necesita él ser abrazado.

Al igual que María en aquel encuentro con su prima Isabel, vengo como mensajero, como portador de esa Presencia del Señor que por doquier me ha acompañado y como portavoz de esa Palabra escuchada en los labios de Dios. Llego encontrándoos con Aquel que estaba antes, Aquel que viene conmigo y Aquel que siempre seguirá después como nos prometió en su Evangelio.

Yo os decía en aquel primer mensaje que la Iglesia asturiana, que quiero abrazar desde este día, me pone delante vuestra historia larga y fecunda de una antigua cristianía, historias de santidad, de martirio, de compromiso con el Evangelio como anuncio de buena nueva para la gente concreta. Me conmueven las aguas bravas del Cantábrico y los avatares de las gentes del mar; e igualmente el mundo de las minas con sudores y fatigas para sacar una familia adelante con enorme y duro trabajo; las industrias y grandes empresas de esta región con sus momentos estelares y sus momentos de honda crisis; me sobrecogen las cifras tremendas de más de setenta mil parados con todo lo que supone para cada persona y para cada familia. Desde mi pasión montañera y mi sensibilidad franciscana me asomo con sorpresa a las alturas de los Picos de Europa con sus entresijos y valles de una vida montañesa llena de sencillez y pureza; y saludo agradecido nuestras ciudades bellas y limpias que las buenas gentes han sabido levantar, guardar y enseñarnos. Esta tierra cristiana astur, se me presenta así con todos sus registros, cargados de historia, de arrojo, de ensueño y sacrificio. Ya he dicho que pocas veces la he recorrido, más que por mis andanzas montañeras y mis visitas a la Santina como buen nacido. En esta tierra de gente noble y acogedora, quiero ser y seguir aprendiendo a ser, como sucesor de aquellos Apóstoles, un buen cristiano con vosotros y para vosotros un buen Obispo, parafraseando a San Agustín.

Quiera Dios que yo me allegue a vosotros con este lance respetuoso y sólido a la vez, de quien tiene algo que decir y hacer en nombre del Señor y desde su Iglesia, y que lo quiere hacer con todos los que se me confían cultivando de veras, no un vulnerable consenso a veces tan ajeno a nuestra tradición, sino una fraterna comunión que sabe unir la caridad en la verdad, y la verdad en la caridad.

Porque no busco la lisonja de los aplausos ni tengo miedo al chantaje de la impopularidad, me siento libre de veras, para servir a Dios, a la Iglesia y a mis hermanos, saliendo al paso con voz clara y compromiso cristiano cuando la vida sea puesta en entredicho, la vida en todos sus tramos: la del niño no nacido, la del enfermo o anciano terminal, y la de quienes estando en el medio se quedan sin trabajo, sin libertad o sin dignidad. La familia es particularmente querida, y bien saben quienes la banalizan, ningunean u orillan qué réditos inconfesables cobran con sus medidas. Digo lo mismo con la educación, porque cuando no está al servicio del crecimiento de la persona que la abre a la belleza, a la bondad, a la verdad, entonces es una herramienta que troquela el futuro, lo astilla y lo domestica.

Pero qué hermoso y qué justo es abrazar la vida en todas sus estaciones, defender la familia sin retrancas reaccionarias, y ofrecer una educación en la que las personas maduran hasta hacerse responsablemente adultos.

Tantas cosas que mirar juntos, tantas que orar al Señor, tantas que construir con manos hermanas, tanto en una Diócesis, una tierra y una gente a la que vengo con enorme ilusión y sabiéndome enviado. Me ofrezco con respeto y disponibilidad, haciendo concreto lo que San Francisco de Asís decía a propósito de «los que han sido constituidos sobre otros: gloríense de tal prelacía tanto como si estuviesen encargados del oficio de lavar los pies a los hermano».

La esperanza que os anuncio no es otra que Jesucristo. Como he recogido en mi lema episcopal y en mi escudo, Cristo lo es todo. No una cosa más. No algo opcional. Lo es todo. Porque en Él se nos ha revelado lo más hermoso que nuestro corazón sueña como la más noble exigencia y que no somos capaces de amasar con nuestras manos ni dar es puesta con nuestra buena voluntad. Cristo lo es todo. La Verdad que nos hace libres, la Bondad que nos devuelve la inocencia, la Belleza que nos salva. Para esta redención se encarnó como nuestro Hermano sin dejar de ser el eterno Hijo de Dios, naciendo del Sí que hizo la Virgen a María. Y Cristo es para todos. Los santos y los pecadores, los sencillos y los opulentos, los creyentes de un Dios vivo y los que se postran ante los ídolos de ahora y de siempre. Cristo es todo en todas las cosas. Cristo es todo para toda persona. La frase paulina de la carta a los Colosenses «Cristo es todo en todas las cosas» (Christus omnia in omnibus), la vivió San Francisco hondamente y la propuso con sus palabras: «Mi Dios y mi todo» (Deus meus et omnia).

Concluyo mis palabras con un saludo a los amigos que han venido desde lejos para estar esta mañana con nosotros en mi inicio de pontificado en Oviedo. Permitidme quesalude a los que desde las queridas Diócesis de Huesca y de Jaca me están acompañando en estos primeros momentos de mi andadura como arzobispo de Oviedo: tantas cosas vividas, hermosas y verdaderas, quedan en nuestro recuerdo, en nuestra plegaria y en nuestra tarea. Os repito lo dicho tantas veces estos días: porque no nos separemos, llevadme en vuestro corazón que yo en mi corazón os llevo.

Igualmente los que habéis venido desde Toledo, desde Ávila o desde Madrid, cada uno con vuestro nombre y fecha en la que entrasteis a formar parte de mi vida y amistad. Gracias por vuestra preciosa compañía desde la Conferencia Episcopal, la Facultad de Teología San Dámaso, la familia Franciscana, la Prelatura del Opus Dei, el Camino Neocatecumenal, los movimientos de Acción Católica, de Comunión y Liberación, de los Focolares y de Schönstatt.

Gracias a los que venís desde más lejos en Alemania o Austria: Den Freunden, die aus Österreich und aus Deutschland kommen, meine Dankbarkeit für Eure nette Geste, mich mit Eurem Gebet und Eurer Anwesenheit zu begleiten. Mögen der Herr und unsere “Santina” Euch eine glückliche Heimreise gewähren. Danke schön für alles. Friede und Heil.

Y a los que venís desde Italia: Cari amici pervenuti da Roma, vi ringrazio vivamente per questo gesto veramente fraterno ed amichevole. Grazie della vostra preziosa compagnia verso la fedeltà al Signore nella sua Chiesa. Prego affinché il Signore e la nostra “Santina” vi permettano tornare bene a casa. Grazie di tutto. Pace e Bene.

Gracias, finalmente, a mi nuevo pueblo asturiano, a cuantos estáis aquí y a cuantos estarán siguiendo en toda España esta celebración a través de los medios de comunicación social. Un abrazo lleno de afecto al Obispo Auxiliar, al Colegio de Consultores y a todo el presbiterio diocesano, especialmente a nuestros misioneros. El Señor nos ilumine para encontrar los caminos adecuados para seguir remando mar adentro en esta travesía eclesial de nuestro espacio y nuestro tiempo, finalizando el Sínodo que tuvo ya su comienzo. A los seminaristas también mi gratitud por la fidelidad al Señor, pues en vuestro sí está la esperanza de nuestro pueblo. Igual a las comunidades de vida consagrada con todos vuestros carismas y encomiendas, poniendo el alma del Espíritu en el cuerpo de nuestra tierra. A los muchos laicos cristianos, comprometidos con el Evangelio que anuncia la Iglesia, también gracias. Especialmente a cuantos colaboráis en el campo de la catequesis, la acción social caritativa desde Cáritas, Manos Unidas, Conferencias de San Vicente de Paúl, Mensajeros de la Paz, mi gratitud en este tiempo de inclemencia económica y moral. A los ancianos, a los enfermos, gracias por vuestro testimonio y vuestra sabiduría. A los jóvenes y a los niños, para no que cesen de escucharse vuestras preguntas y para que os abráis a las respuestas que Dios os brinda en

su Iglesia, gracias. El esfuerzo inmenso para preparar esta celebración merece mi reconocimiento más rendido de una gratitud más inmensa aún: al Cabildo de la Catedral, los organizadores, los voluntarios, la “Schola Cantorum”, y los que cubren esta celebración como periodistas: a todos gracias.

Santina de Cuadonga, ayúdamos n’el camín pa’llegar al to Fíu

Presurosos salgamos al encuentro. El Señor os bendiga y os guarde.

Jesús Sanz Montes, Jesús ofm

Arzobispo de Oviedo

 

Santa Iglesia Catedral Basílica Metropolitana,

30 de enero de 2010

 

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