Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Homilía en la Misa Crismal 2010

 

Queridos hermanos en el sacerdocio, diáconos, seminaristas, vida consagrada, fieles laicos: paz y bien.

Hemos comenzado ya la Semana Santa, semana central del año cristiano. Con los ramos de nuestro mejor hosanna hemos acompañado a Jesús que entra en la Jerusalénde cada tramo de la historia acogiéndole como quien incesantemente viene en el nombre del Señor. Dentro de estos días, corazón de nuestra liturgia eclesial, celebramos la Misa Crismal en la que consagraremos los óleos y los ministros ordenados renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Pero estamos aquí en la iglesia madre de nuestra diócesis, la catedral, como Pueblo de Dios con las distintas vocaciones que lo componen, para participar en algo que nos abraza a todos desde la diferente y complementaria llamada que hemos recibido del Señor.

 

1. Las heridas y su bálsamo

 

El libro de los Salmos tiene una expresión muy bella, que pone en los labios del creyente un anhelo como fin de todas sus intemperies: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor, mi alma se consuma y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo… Al pasar por el valle del Bálsamo, lo hacen un hontanar, y la lluvia primera lo cubre de bendiciones” (Sal 83, 3.7). Nuestra vida también sabe de andanzas que han sembrado cansancio y desgarro, acaso soledad y dolencia, y como el salmista necesitamos atravesar el valle del Bálsamo para llegar al atrio de esa casa que se nos abre de nuevo como nuestro verdadero hogar.

“Sus heridas nos han curado” (1 Pe 2,24), escucharemos en estos días santos. Paradójicamente las heridas de un inocente serán el modo de curación para nuestros males culpables. No en vano se nos invitaba al comienzo de la cuaresma con aquel grito del apóstol Pablo: “dejaos reconciliar con Dios” (1 Cor 5,2-6,20).

En la Misa Crismal que celebramos en la Semana Santa, acudimos con esta necesidad en nuestras vidas: la de dejarnos reconciliar con Dios y con cuanto Dios ama. En esta apertura en la que el Señor abraza nuestra pobreza más humilde, le descubrimos con su corazón de Padre que le hace madrugar cada mañana para otear nuestro regreso: el propio del hijo pródigo que se alejó huyendo a sus engaños, o el propio del hijo a sueldo que vivía en casa sin entraña filial.

Él nos reconcilia ofreciéndonos las heridas de su propio Hijo bienamado para que nuestras cicatrices sean curadas. Por este motivo consagraremos en esta especial Eucaristía los óleos santos, el aceite que la Iglesia vierte en nuestras heridas para hacerlas cristianas y nos permite vivir nuestra condición filial con Dios como pobres hijos pero nunca como tristes huérfanos.

El bálsamo que pone paz en nuestros conflictos, los más públicos y los más íntimos. ¡Cuánto sufrimiento a veces sobrellevamos, cuánto sufrimiento a veces infligimos! En nosotros y entre nosotros necesitamos el bálsamo de ese Dios dulce y tierno que nos hizo para el amor que vive la concordia del perdón, y que al darnos un nuevo corazón nos hace capaces de comenzar de nuevo.

El crisma con el que fuimos ungidos en nuestro bautismo, con el que signaron nuestra frente al ser confirmados, y con el que consagraron nuestras manos sacerdotales “in aeternum”, es el bálsamo bendito que hoy volveremos a pedir al cielo, para que nuestras heridas todas, nuestra circunstancia y nuestro ministerio, sea todo de veras untado con el óleo sagrado con el que Dios nos sostiene, nos fortalece, nos cura y envía. Que la alcuza de nuestra esperanza rebose de ese bálsamo santo y que seamos testigos de la reconciliación en un mundo dividido.

 

2. Aviva la gracia que recibiste por la imposición de las manos

 

Pero en esta Misa Crismal los sacerdotes ordenados vamos a renovar nuestras promesas sacerdotales. Quien preside en la caridad esta Iglesia particular como sucesor de los Apóstoles, el obispo, con sus hermanos presbíteros invita -y él es invitado- a renovar la respuesta a esta inmerecida llamada de ser sacerdotes de Cristo.

Desde los sacerdotes más ancianos o los que más recientemente han sido ordenados, todos tenemos una historia vocacional. Una historia en la que ha brillado el sol más radiante evidenciando el color que tiene la vida, o en la que no ha faltado quizás la noche cerrada hurtándonos la vista y la alegría. Entre esperanzas gozosas y cansancios escépticos, hemos ido surcando los distintos mares o adentrándonos en profundos valles en los que hemos dejado a raudales nuestra ilusión, nuestro buen hacer y también nuestras dudas o extravíos. Pero no somos rehenes de eso peor que nos hace resentidos agriándonos el pálpito y la mirada, sino que queremos ser testigos de una novedad que nos permite estrenar lozanos lo que cada día se nos vuelve a regalar en nuestro ministerio desde una llamada que no quiere caer en el olvido.

Los sacerdotes somos revestidos con el atuendo celebrativo el día de nuestra ordenación sacerdotal por los compañeros que nos arropan y acompañan en tan feliz momento. Serán esos mismos compañeros u otros nuevos los que vuelvan a revestirnos poniendo sobre nuestro féretro las ropas sacerdotales el día en el que seamos llamados por el Señor. Entre uno y otro revestimiento sucede esa biografía sacerdotal con sus fechas, encomiendas, compañías y domicilios. San Pablo dirá con emoción a su discípulo Timoteo aquello que tantas veces hemos leído los sacerdotes: «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti» (2 Tim 1, 6).. Efectivamente, cuando el obispo nos impuso las manos en la cabeza nos transmitía ese sagrado poder, un poder para servir, un poder ministerial, que nos hizo sacerdotes para siempre.

Estamos casi concluyendo el año jubilar sacerdotal con motivo del 150 aniversario de la muerte de un santo cura de pueblo: San Juan María Vianney, el cura de Ars. Al comienzo de este año de gracia quise recordar que este patrono nuestro no escribió tratados místicos ni sumas teológicas, no fue célebre por viajes misioneros ni por haber fundado una cadena de monasterios. Su virtud más eminente, fue vivir con sencillez su ser sacerdotal. Dios y las almas en su corazón de cura bueno. Predicar como quien transmite la verdad del evangelio sin arrogancia y sin traición. Visitar a los enfermos como quien lleva el bálsamo más importante que es la esperanza. Acoger a los pecadores en la confesión, para ofrecer la misericordia tierna y fiel del Padre Dios. Celebrar los sacramentos todos: la santa misa, los bautismos, los matrimonios; dar catequesis y caminar junto a tu pueblo.

Este santo cura de Ars es nuestro patrono como sacerdotes. En su año jubilar estamos teniendo un motivo para renovar nuestra ilusión ministerial. Que no tenga cabida la soledad que aísla, ni la amargura que nos hace pobres hombres sin alegría, ni la relajación que mundaniza nuestra mente y seca el corazón. A través de los distintos lugares por donde como sacerdote he vivido, me he encontrado curas que habiendo descuidado su vida, su espiritualidad, su comunión con la Iglesia, su sincero afecto por el Señor y su entrega generosa a las personas que se les confió, llevan una vida triste y una triste vida, llena de un vacío que no sirve ni para ellos mismos.

En estas últimas semanas hemos asistido al conocimiento de casos bien lamentables, donde hermanos nuestros, sacerdotes y religiosos, han cometido unos de los pecados más deleznables: abusar de los más pequeños, de modo torpe y cobarde. Jesús en el Evangelio hablaba de que más le valdrían a los tales que les colgasen una rueda de molino al cuello y los tiraran al mar. Esto lo decía el manso y dulce Jesús, que cuando se trata de defender lo más indefenso, como son los niños, no usa de paños calientes. Que sobre quienes han cometido semejantes pecados den cuenta ante Dios y ante los tribunales lo que les corresponda. Pero dicho esto, con toda nuestra fuerza, hemos de decir que es otro exceso el presentar semejante pecado como si fuera un pecado del clero católico, vertiendo la sospecha de que cualquier cura o fraile puede ser presunto pederasta. Salpicar así el nombre de la Iglesia y el nombre de las inmensísima, abrumadoramente inmensa comunidad de sacerdotes católicos es algo que tiene una intencionalidad y bien lo saben quienes la orquestan.

Todo mi respeto hacia nuestros curas, que incluso tienen que sortear la sospecha y hasta el desprecio, por verse metidos en este cajón de desastre, de modo injusto y falso. La pederastia no es un pecado cristiano, ni un pecado de nuestro clero, aunque haya quienes bautizados como nosotros y sacerdotes igual que nosotros hayan cometido semejante y terrible improperio. Hace mucho más daño un árbol podrido que cayendo produce ruido y destrozo, que un entero bosque que nos da su frescor y su fruto creciendo en silencio. No vamos a mirar hacia otro lado ante estos árboles viciados e infectos, pero no nos cansaremos de seguir agradeciendo la bondad y salud del mejor bosque que sabe darse por entero.

Por eso tengo que decir que me he encontrado, y muchísimo más, con curas llenos de ilusión, con ganas de seguir trabajando por Dios y por los demás, cuidando todo lo que implica una vida sacerdotal por dentro y por fuera; curas que rezan, que estudian, que se dan de veras a quienes como ministros del Señor están sirviendo; que aman a la Iglesia a la que nunca pretenden dar lecciones; que están dispuestos y disponibles para lo que Dios precise y la diócesis esté necesitando de ellos. Curas muy jóvenes o tal vez con muchos años, sanos y lozanos o enfermos y con achaques, que dan ese testimonio sencillo y precioso de seguir en la brecha, con buen humor y mucho amor, sin poner ningún precio a su tiempo y a su entrega. Y es precioso ver en la mirada casi sin estrenar de un sacerdote joven o en la mirada gastada de un cura de mucha edad, la alegría que contagia esperanza y gusto por la vida, que sabe acompañar a la gente más machacada y herida, que sabe brindar por lo que es hermoso y sabe ofrecer lo que nos pone a prueba y purifica.

Es un año jubilar que estamos concluyendo en el que volver a poner esa oración en los labios: haznos santos, Señor, santos sacerdotes. Y que todo nuestro pueblo, haga suya esta plegaria también: danos sacerdotes, Señor, según tu Corazón. Curas que sepan tener su oído orante en el pecho del Maestro y sus manos en el palpitar de los hermanos. De estos curas tenemos necesidad, y estos son los curas que marcan el sendero, los únicos que nos provocan la bondad en un sincero deseo de ser cristianamente buenos.

Para esto hemos sido ungidos, hermanos, y a esto hemos sido enviados, para dar la buena Noticia a los que sufren de veras, y anunciar una libertad a los que están cautivos con cualquier cadena. Como nos ha dicho Isaías, que los que nos vean puedan reconocer que somos la estirpe que bendijo el Señor.

Gracias, hermanos sacerdotes, gracias por vuestra entrega cotidiana que aunque no la vean tantos no pasa desapercibida a los ojos del Señor. Gracias por acompañar a tanta gente a la que sostenéis con la Palabra que Dios pone en vuestros labios, nutrís con la gracia que Él pone en vuestras manos, y abrazáis con lo más hermoso de vuestra propia humanidad.

Trabajemos de todos los modos posibles por nuestro Seminario. Que la voz de Dios que sigue llamando a nuestros jóvenes encuentre en nuestra vida sacerdotal el mejor comentario, y que suscite en ellos el reconocimiento de que lo que Dios les pide se puede verificar en nuestro ministerio.

Los óleos santos y la renovación de nuestras promesas sacerdotales nos han traído hoy aquí para celebrar el regalo de Dios que se hace cercano, solidario y tierno. Con el santo Pueblo de Dios que nos acompaña, con nuestros consagrados y laicos, acojamos el don que recibimos el día de nuestra ordenación sacerdotal, volvamos a decir nuestro sí, y que aquel que comenzó en nosotros la obra buena Él mismo la lleve a feliz término.

El Señor os bendiga y os guarde.

 

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

Administrador Apostólico de Huesca y Jaca

 

29 de marzo de 2010

 

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