Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Esa ermita grande de la Gruta de Lourdes

 

Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.

Alguna vez he recordado mirando a nuestras montañas cómo nuestra geografía está salpicada de pequeñas ermitas. En torno a ellas han nacido pueblos, o continúan como lugar de peregrinación de nuestras gentes en los altozanos, en los valles, en las campiñas. Las ermitas actúan como de pararrayos de nuestras tormentas, indicadores en nuestros extravíos, posadas en nuestros cansancios, hogares de nuestras intemperies, y bálsamo de nuestras heridas. En Lourdes, María nos invita a su ermita adentrándonos a su gruta, como ella fue invitada a las bodas de Caná. María advirtió que los novios se quedaban sin vino, aunque tenían todo lo demás.

No era lo más importante en una fiesta de esponsales, pero faltando el vino la fiesta no terminaba en paz y alegría. Como nos sucede tan a menudo a nosotros, que podemos tener de tantas cosas, pero descuidadas algunas aparentemente secundarias, nuestra vida no corre, no anda, no convive, no sabe vivir. La casa de María se hace de pronto lagar del mejor vino, ese que Dios mismo nos escancia y nos invita a compartir mientras brindamos por el ensueño que nos ha prometido.

Con los cristianos de Asturias, como no pocas lo hice con los oscenses y los jacetanos, haré dentro de unos días la peregrinación diocesana a Lourdes con la Hospitalidad de Enfermos. Precisamente allí, en ese rincón especial de peregrinación mariana, el lema de este año es “Hacer la señal de la cruz con Bernardita”. La cercanía que les permite a Huesca y Jaca acercarse a Lourdes, hace que con mucha facilidad las parroquias y arciprestazgos vayana ese lugar especial con frecuencia. En Asturias, cuyas distancias son mayores, se organiza de modo más comunitario como diócesis. Pero, en cualquier caso todos los que allí se allegan lo hacen con la motivación de una necesidad espiritual, o humana y corporal. “Hacer la señal de la cruz con Bernardita”. Este es el motivo de fondo que nos acompañará este año en Lourdes, vayamos como y cuando vayamos. Desde pequeños aprendimos en el catecismo que la señal del cristiano es la santa cruz, y hacer la señal del cristiano es nuestro modo habitual de comenzar una celebración litúrgica, o de recibir una bendición, o de invocar al Señor en un momento de prueba o de peligro.

Y allí acudiremos, cada cual con su necesidad, para signar nuestra vida una vez más con ese mismo gesto con el que la pequeña Bernardita signó la suya: la cruz cristiana. Nos encontraremos con hermanos nuestros de todo el mundo, en una preciosa experiencia de lo que es la Iglesia del Señor: idiomas diferentes, razas distintas, circunstancias diversas, pero en común el tener un mismo corazón que ha nacido para ser feliz y una idéntica experiencia de nuestra incapacidad de conseguirlo por nosotros mismos. Poner la señal de la cruz como Bernardita es decirle a Dios que sabemos que Él nos acompaña, que nos sostiene, que nos espera y nos ama. Esta es la experiencia de los santos, y la experiencia de esta niña que tuvo la visita de la Virgen en Lourdes: no la falta de dificultades, sino el saber vivirlas desde la compañía del Señor y de su Madre bendita.

Acudamos así a Lourdes, acertando a acompañarnos unos a otros con verdadera entraña cristiana, y estando abiertos a lo que el Buen Dios quiera en esos días decirnos o recordarnos. Allí hay una gran ermita, en la gruta de las apariciones, en la que veremos orar a tantos hermanos nuestros. Allí también nosotros seremos acogidos en lo que somos más necesitados.

Recibid mi afecto y mi bendición.

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

Adm. Apost. de Huesca y Jaca

 

11 de abril de 2010

 

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