Vaticano Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Jesús Sanz Montes

 

 

Año sacerdotal: el día después

 

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Los días se nos disparan veloces, pero quedan siempre prendidos en el calendario del corazón la fechas que han marcado un momento importante en nuestro último tramo. Particularmente para los sacerdotes, pero de algún modo para todo el Pueblo de Dios, la celebración de un año jubilar con motivo del 150 aniversario de la muerte del santo cura de Ars, ha supuesto uno de esos momentos de gracia que perdura más allá de la caducidad de una data.

Benedicto XVI tuvo una homilía preciosa en la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, cuando se cerraba este año jubilar. Me llamó su valentía al indicar cómo precisamente este año en el que se nos proponía la santidad a todos los sacerdotes, estallaron los casos lamentables de pederastia. Decía el Papa que siempre habrá un “enemigo”, el diabólico padre de la mentira que nos separa de Dios, nos enfrenta a los hermanos y nos divide por dentro. Pero, aprendiendo de estos errores y horrores cometidos, la Iglesia saldrá purificada y lejos de causar tanto daño a víctimas inocentes, será de nuevo esa bendición para niños y jóvenes que la inmensa mayoría de los sacerdotes no han dejado de ofrecer desde su compromiso con el evangelio y su fidelidad al Señor a quien consagraron sus vidas.

En la homilía decía el Papa que «el sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple “oficio”, sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra “sacerdocio”. Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro “sí”».

En la catedral de Oviedo lo dije a los sacerdotes en ese día de la clausura del año jubilar: gracias por la fraternidad que nos hermana, por la consagración que nos hace pertenecer a Dios y por la misión a la que nos envía la Iglesia. Es un regalo ver en vosotros el rostro de ese hermano, que sigue diciendo sí a Quien nos llamó, y que se deja enviar con disponibilidad a lo que de nosotros precise la Iglesia. Seamos oyentes de la Palabra que predicamos, mendigos de la Eucaristía que el Señor distribuye con nuestras manos, y necesitados del perdón cuyo bálsamo repartimos a los hermanos.

Recemos por los sacerdotes. Pidamos vocaciones al Señor.

Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

Adm. Apost. de Huesca y Jaca

 

20 de junio de 2010

 

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