Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Homilía de la vigilia pascual

 

 

1) El recorrido cuaresmal y la celebración del Triduo Pascual culminan con esta solemne Vigilia, el punto absoluto de partida, la fiesta por excelencia, la fiesta total. La Pascua, como la semilla en relación con el árbol, es el núcleo original de todo el año litúrgico, porque todas las celebraciones nacen de la Pascua. El anuncio gozoso de la Buena Noticia, las verdades de la fe, la reflexión teológica, la vivencia espiritual, el testimonio cristiano, el compromiso cotidiano, todo brota de la Pascua como de un único manantial. Nuestra Pascua es Cristo. Y Cristo es toda la gracia y toda la verdad, y de su plenitud lo recibimos todo.

Esta noche es el punto de conexión entre el antes y el después, el contacto entre lo alto y lo profundo, el enlace entre la longitud y la anchura. Es el centro, el nudo de relaciones que transforma todo en ondas sucesivas.

Jesucristo Resucitado une el ayer y el hoy con el “para siempre”. Él es el principio y el fin, y suyo es el tiempo y la eternidad.

Jesucristo Resucitado es Alfa y Omega, la primera letra del abecedario de nuestra vida y la letra definitiva. Y también es el que da sentido a cada una de las letras intermedias. Y con todas ellas escribe un único mensaje de amor.

Jesucristo Resucitado es la luz del mundo y enciende con su luz nuestros corazones. Con Él comienza un nuevo amanecer. La luz de Cristo nos precede, nos ilumina, nos orienta, nos acompaña en nuestra peregrinación. Hoy la tierra goza inundada de tanta claridad y, radiante con el fulgor del Señor, se siente libre de la tiniebla. También nosotros deseamos arder en llama viva para gloria del Señor.

Jesucristo Resucitado es Palabra viva y orientadora, Palabra que renueva y recrea, Palabra que alimenta y sostiene, Palabra que perdona y rehabilita. En la Antigua Alianza, Dios salvó a su pueblo con obras y palabras intrínsecamente unidas, y en la plenitud de los tiempos habló definitivamente en su Hijo, el único Salvador.

Jesucristo Resucitado da nueva vida a los bautizados, limpia, sana, cura, restablece, marca con el sello del Espíritu Santo. El agua del bautismo significa de muchas maneras la gracia. Los que reciben el agua del bautismo son sepultados en la muerte de Cristo para resucitar también con Él a la vida.

Jesucristo Resucitado es alimento que fortalece, Pan bajado del cielo que actualiza y perpetúa su presencia real entre nosotros. Y la Iglesia vive de la Eucaristía, el sacramento que llena de confiada esperanza, el misterio que alegra a la Iglesia por la presencia del Señor con una intensidad única. La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana, y contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo.  Del misterio pascual nace la Iglesia. Por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. 

En esta solemne liturgia todo es nuevo porque nos invita a ser renovados interiormente. Esta Vigilia Pascual destaca por la novedad. Es nuevo el fuego, nueva la luz, nuevo el cirio, nueva la palabra, nueva el agua, nuevo el pan y nuevo el vino. Pero sobre todo, nosotros hemos de ser nuevos.
 
2) El Papa Benedicto XVI dijo el 7 de abril de 2012: “Pascua es la fiesta de la nueva creación. Jesús ha resucitado y no morirá de nuevo. Ha descerrajado la puerta hacia una nueva vida que ya no conoce ni la enfermedad ni la muerte. Ha asumido al hombre en Dios mismo. "Ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de Dios", dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios (15,50). El escritor eclesiástico Tertuliano, en el siglo III, tuvo la audacia de escribir refriéndose a la resurrección de Cristo y a nuestra resurrección: "Carne y sangre, tened confianza, gracias a Cristo habéis adquirido un lugar en el cielo y en el reino de Dios". Se ha abierto una nueva dimensión para el hombre. La creación se ha hecho más grande y más espaciosa. La Pascua es el día de una nueva creación, pero precisamente por ello la Iglesia comienza la liturgia con la antigua creación, para que aprendamos a comprender la nueva. Así, en la Vigilia de Pascua, al principio de la Liturgia de la Palabra, se lee el relato de la creación del mundo”.

Benedicto XVI destacó dos aspectos particularmente importantes en la liturgia de este día:

1º. “En primer lugar, que se presenta a la creación como una totalidad, de la cual forma parte la dimensión del tiempo. Los siete días son una imagen de un conjunto que se desarrolla en el tiempo. Están ordenados con vistas al séptimo día, el día de la libertad de todas las criaturas para con Dios y de las unas para con las otras. Por tanto, la creación está orientada a la comunión entre Dios y la criatura; existe para que haya un espacio de respuesta a la gran gloria de Dios, un encuentro de amor y libertad”.

2º. “En segundo lugar, que en la Vigilia Pascual, la Iglesia comienza escuchando ante todo la primera frase de la historia de la creación: "Dijo Dios: ´Que exista la luz`" (Gn 1,3). Como una señal, el relato de la creación inicia con la creación de la luz. El sol y la luna son creados sólo en el cuarto día. La narración de la creación los llama fuentes de luz, que Dios ha puesto en el firmamento del cielo. Con ello, los priva premeditadamente del carácter divino, que las grandes religiones les habían atribuido. No, ellos no son dioses en modo alguno. Son cuerpos luminosos, creados por el Dios único. Pero están precedidos por la luz, por la cual la gloria de Dios se refleja en la naturaleza de las criaturas”.

Y añadió: “En Pascua, en la mañana del primer día de la semana, Dios vuelve a decir: "Que exista la luz". Antes había venido la noche del Monte de los Olivos, el eclipse solar de la pasión y muerte de Jesús, la noche del sepulcro. Pero ahora vuelve a ser el primer día, comienza la creación totalmente nueva. "Que exista la luz", dice Dios, "y existió la luz". Jesús resucita del sepulcro. La vida es más fuerte que la muerte. El bien es más fuerte que el mal. El amor es más fuerte que el odio. La verdad es más fuerte que la mentira. La oscuridad de los días pasados se disipa cuando Jesús resurge de la tumba y se hace él mismo luz pura de Dios. Pero esto no se refiere solamente a él, ni se refiere únicamente a la oscuridad de aquellos días. Con la resurrección de Jesús, la luz misma vuelve a ser creada. Él nos lleva a todos tras él a la vida nueva de la resurrección, y vence toda forma de oscuridad. Él es el nuevo día de Dios, que vale para todos nosotros”.

También explicó: “El gran himno del Exsultet, que (…) [se] canta al comienzo de la liturgia de Pascua, nos hace notar, muy calladamente, otro detalle más. Nos recuerda que este objeto, el cirio, se debe principalmente a la labor de las abejas. Así, toda la creación entra en juego. En el cirio, la creación se convierte en portadora de luz. Pero, según los Padres, también hay una referencia implícita a la Iglesia. La cooperación de la comunidad viva de los fieles en la Iglesia es algo parecido al trabajo de las abejas. Construye la comunidad de la luz. Podemos ver así también en el cirio una referencia a nosotros y a nuestra comunión en la comunidad de la Iglesia, que existe para que la luz de Cristo pueda iluminar al mundo”.

3) El Papa Francisco dijo en la homilía de la Vigilia Pascual el 26 de marzo de 2016: “El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor; si no es así seremos un organismo internacional con un gran número de seguidores y buenas normas, pero incapaz de apagar la sed de esperanza que tiene el mundo”.

“¿Cómo podemos alimentar nuestra esperanza? La liturgia de esta noche nos propone un buen consejo. Nos enseña a hacer memoria de las obras de Dios. Las lecturas, en efecto, nos han narrado su fidelidad, la historia de su amor por nosotros. La Palabra viva de Dios es capaz de implicarnos en esta historia de amor, alimentando la esperanza y reavivando la alegría. (…). Hacer memoria de las palabras de Jesús, hacer memoria de todo lo que él ha hecho en nuestra vida. No olvidemos su Palabra y sus obras, de lo contrario perderemos la esperanza y nos convertiremos en cristianos sin esperanza; hagamos en cambio memoria del Señor, de su bondad y de sus palabras de vida que nos han conmovido; recordémoslas y hagámoslas nuestras, para ser centinelas del alba que saben descubrir los signos del Resucitado”.


 

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

15 de abril de 2017

 

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