Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Homilía de la Pascua de Resurrección del Señor

 

 

1) “Verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya”. Así canta la liturgia el acontecimiento que estamos viviendo. En la oración colecta hemos rezado diciendo: “Oh Dios, que en este día, vencida la muerte nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concédenos, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida”.  

Junto a nosotros, hay muchos que viven rodeados de tinieblas, de dolor y de muerte. A nuestro alrededor el sufrimiento hiere con sus crueles zarpazos a las víctimas del terrorismo en diversos puntos de la tierra; el dolor aflige a los que sufren las consecuencias de las calamidades: riadas, incendios forestales, inundaciones, terremotos, sacudidas sísmicas; la amargura oprime a los que experimentan violencia dentro de la familia; a las víctimas inocentes del aborto; a quienes padecen los resultados de la corrupción, las guerras, los accidentes de tráfico, los siniestros laborales, las injusticias, la marginación, la discriminación, la soledad, el desarraigo y todo tipo de angustias.

Hay muchas personas que buscan un puesto de trabajo digno y estable y no lo consiguen. Hay muchos jóvenes que se preparan con ilusión y constancia y no encuentran una salida laboral a sus esfuerzos. Hay muchos enfermos en los hospitales y en los hogares, y en ocasiones padecen el agravio de sentirse solos, olvidados y marginados. Hay familias que se rompen y niños tristes que no disponen del cariño necesario.

2) Pero hoy contemplamos a Jesucristo vencedor de la muerte y de nuestras agonías. Y le decimos: Señor Jesús, no hemos venido solamente para hablarte, sino también, y fundamentalmente, para escucharte. Cuando nos hablas y escuchamos tu voz descubrimos un manantial desbordante de vida y de luz, un nuevo aliento que mantiene viva nuestra esperanza, incluso en medio de situaciones muy difíciles, imposibles de asimilar de una sola vez. En contacto contigo, Señor Resucitado, recibimos un verdadero derroche de luz que penetra hasta lo más hondo de las oscuridades que se ciernen sobre nosotros. Sin que se disipen por completo las sombras que nos envuelven, la luz que proyectas nos devuelve la serenidad y nos invita a vivir y caminar de manera renovada.

Como los discípulos aquel primer día de la semana, tampoco nosotros hemos entendido la Escritura que predice que Tú habías de resucitar de entre los muertos. Pero deseamos acercarnos al sepulcro, aguardando un nuevo amanecer, cuando todavía está oscuro en nuestras vidas, para ver la losa quitada de tu sepulcro. Y con aquella losa, se levanta también el peso que nos ahoga y esclaviza. El peso de nuestras amarguras y tristezas, de nuestras vacilaciones e incertidumbres, de nuestro peregrinar cansado. Alguien nos anuncia una inédita noticia y corremos, con el paso lento de Pedro o con el andar presuroso de Juan y vemos los lienzos tendidos y el sudario enrollado en un sitio aparte. Y vemos y creemos.

Y entonces cantamos con la secuencia de este día sublime: “Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza. Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”.

María Magdalena pone palabras a nuestra alegría: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”.

3) Cantamos con el salmista diciendo: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y añadimos: “No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor”. Ahora nuestra vida adquiere un sentido distinto. Merece la pena vivir para dar testimonio, es posible experimentar la inmensa alegría de contar y cantar las hazañas del Señor. No queremos seguir viviendo malviviendo. No deseamos morir en un sin-vivir. Queremos vivir una vida auténtica que proclama, con obras y palabras, tus magníficas hazañas, Jesús Resucitado.

4) Resuenan en nuestros oídos las palabras pronunciadas por Pedro cuando habla de Ti como Ungido por el Padre con la fuerza del Espíritu Santo y proclama que sigues pasando a nuestro lado haciendo el bien y curándonos de nuestras opresiones porque el Padre está contigo.

Queremos ser testigos de tu resurrección, y deseamos seguir comiendo y bebiendo contigo, alimentándonos de tu Cuerpo y de tu Sangre en el sacramento que nos da vida. Nos sentimos enviados por Ti, para predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que el Padre te ha constituido “juez de vivos y muertos”. Prolongamos en el tiempo y en el espacio el testimonio de los profetas que anuncian que todos los que creen en Ti reciben, por tu nombre, el perdón de los pecados. En el tiempo, en el espacio, y en el amor somos testigo de tu resurrección.

5) Y te rogamos, Señor Resucitado, que resucitemos contigo y que nos permitas buscar “los bienes de allá arriba”, donde Tú estás sentado a la derecha del Padre. Y que nuestra vida esté contigo escondida en el Padre, hasta que aparezcas glorioso, Tú que eres nuestra vida, cuando también nosotros aparezcamos gloriosos junto a Ti.


 

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

16 de abril de 2017

 

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