Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

El encuentro y la esperanza

 

 

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

 

Cada jornada vamos elaborando un diario sin título donde registramos retazos de nuestra vida y de las experiencias que otras personas nos comunican. No es un diario escrito con tinta sobre el blanco papel, sino que se trata del registro que sedimenta en nuestra memoria y en nuestro corazón.

Martin Buber afirmaba que cuando venimos de un camino y encontramos a una persona que llega hasta nosotros, y que también está en camino, nosotros conocemos solamente nuestra parte del sendero, no la suya, pues la de los demás únicamente la vivimos en el encuentro.

En el encuentro, algunas personas nos hablan de sus logros y éxitos, de sus avances y progresos. Otros mencionan sus obstáculos y barreras, sus deserciones y fracasos. Hay quien reconoce que, en medio de muchos sufrimientos, existe una libertad interna que nada ni nadie consigue arrebatarles. Y esa libertad espiritual es la que hace que la vida tenga sentido y propósito. Escribió Víctor Frankl: “¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”. A las personas se les puede arrebatar todo, excepto la última de las libertades, que consiste en la elección de la actitud personal, ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino. Ser esclavo también es consecuencia de una decisión íntima, y no solamente consecuencia del entorno en que se vive.

Muchos reconocen que han visto pasar la vida por delante y se han olvidado de vivir. Descubren con inquietud que los años han resquebrajado muchas ilusiones. Se miran al espejo y no se reconocen. Ya no hay brillo en la mirada, ni sonrisa en sus labios, ni alegría en sus brazos. La salud se deteriora a pasos agigantados. Las citas con los médicos se vuelven más frecuentes. Los dolores acompañan a cualquier movimiento. La farmacia resulta un hogar conocido de visita obligatoria. Y, sin embargo, la mirada puede ser más intensa, más sincera y cordial, más profunda, más luminosa, más transparente. Porque se ha aprendido a distinguir entre lo urgente y lo importante. Se reconoce la diferencia entre lo superfluo y lo necesario. Se sabe por experiencia que no es lo mismo la apariencia que la verdad.

Vivimos en una sociedad líquida, incluso gaseosa, en la que se han perdido los valores sólidos, las certezas firmes, las convicciones estables, las palabras sinceras y las referencias seguras. Pero la verdad no es el resultado de un proceso seguido con método. La verdad no se identifica con un conjunto de sentencias y de saberes. La verdad es una persona: Jesucristo. Y la verdad se alcanza caminando tras las pisadas de Jesús.

La esperanza nos permite reconocer que el mundo es una montaña de dolor, pero que podemos tocar la carne dolorida ensuciándonos las manos, pero sin mancharnos el corazón.

Nuestro trabajo va más allá del éxito. Nuestra acción no se orienta esencialmente hacia el triunfo, sino hacia el testimonio. Nuestra esperanza supera a todas las esperanzas, porque las purifica y las desborda. La clave está en la dirección hacia la que nos orienta la esperanza, porque “saber lo que hay que hacer es sabiduría; saber cómo hacerlo, inteligencia; hacerlo, virtud”. 

Santo Tomás Moro escribió a su hija Margarita sobre su esperanza en Dios: “Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve”.

 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

21 de mayo de 2017

 

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