Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Eucaristía y compromiso

 

 

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

Durante los meses de verano no debemos descuidar el ritmo habitual de participación activa y fructuosa en la Eucaristía. En lugares diferentes, junto a cristianos cuyos nombres desconocemos, pero cuyas vidas nos resultan cercanas porque compartimos el mismo bautismo, la misma fe, la misma esperanza y la misma caridad, recibimos el alimento de la Palabra de Dios y nos nutrimos con el Cuerpo de Cristo.

Saboreamos las Escrituras a través de la proclamación litúrgica, de la meditación, de la contemplación y de la oración. San Juan Pablo II escribió en Ecclesia de Eucharistia: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristiano ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el "arte de la oración", ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?” (EdE 25).

Jesús continúa hablando desde el sagrario. La adoración nos permite seguir escuchando a Jesús como prolongación de su Palabra proclamada en la celebración eucarística.   

La Eucaristía genera en nosotros una espontánea disposición de buena voluntad hacia el prójimo, de manera que el trato habitual con Dios aumenta nuestra sensibilidad hacia los hermanos abandonados y descuidados, hacia aquellas personas que sufren cuando la sociedad los descarta, los desprecia y los desecha.

La Eucaristía mantiene vivo en nosotros el tono profético de la denuncia de todo lo que degrada la dignidad del ser humano y nos exhorta a comprometernos en un perseverante trabajo para llevar a las estructuras del mundo un nuevo tipo de relaciones que se basan en el don de Dios.

Benedicto XVI nos enseña en la Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis: “El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor” (SCa 90).

Un poco más adelante, añade: “el misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo audaz en las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios” (SCa 91).

La Eucaristía nos sitúa en la dinámica del don, del regalo, de la gracia recibida y ofrecida, la lógica del pan partido, compartido y repartido.

Los frutos de la tierra, de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de la generosidad del Señor, y que presentamos para que sean pan de vida y bebida de salvación, nos recuerdan el respeto de la creación del que habla el Papa Francisco en su Encíclica Laudato si`, cuando nos dice: “san Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad” (LS 12). “Cuando tomamos conciencia del reflejo de Dios que hay en todo lo que existe, el corazón experimenta el deseo de adorar al Señor por todas sus criaturas y junto con ellas” (LS 87). “Por otra parte, cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esta fraternidad. Por consiguiente, también es verdad que la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos” (LS 92).

 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

23 de julio de 2017

 

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