Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Tercera Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación

 

 

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

El 6 de agosto de 2015 el Santo Padre Francisco escribió una Carta con motivo de la institución de la “Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación”, en la que indicaba que esta celebración anual “ofrecerá a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que Él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos”.

El primer día de septiembre, los creyentes en Jesucristo, Verbo de Dios hecho hombre por nosotros, recordamos que “la espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo, ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea” (Laudato si` 216).

La creación no es algo separado de nosotros, ni un mero escenario de nuestra vida. “¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido! El Creador puede decir a cada uno de nosotros: "Antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía" (Jr 1,5). Fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso "cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario"” (Laudato si` 65).

La tierra nos precede y nos ha sido dada. Por ello, el ser humano, dotado de inteligencia, ha de respetar las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios entre los seres de este mundo. La Sagrada Escritura propone normas que regulan no solamente la relación entre los seres humanos, sino también con los demás seres vivos. Por ejemplo: “Si ves el asno de tu hermano o su buey caídos en el camino, no te desentenderás de ellos; ayúdale a levantarlo. Si en tu camino encuentras un nido de pájaro en un árbol cualquiera o en el suelo, con pollos o huevos, y la madre echada sobre los pollos o los huevos, no cogerás a la madre con las crías” (Dt 22,4.6). Leemos en el libro de Tobías que, cuando el joven Tobías y el ángel Rafael partieron de viaje, “el perro marchó con ellos” (Tob 6,1). Y, ya de regreso, cuando ambos caminaban juntos, “el perro iba tras ellos” (Tob 11,4).

Hemos de reconocer que todos los seres vivos “tienen un valor propio ante Dios y, "por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria", porque el Señor se regocija en sus obras (cf. Sal 104,31)” (Laudato si` 69). Según el Catecismo de la Iglesia Católica “toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para cada una de las obras de los "seis días" se dice: "Y vio Dios que era bueno". (…) Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios” (CCE 339).

Los Salmos nos invitan con frecuencia a alabar a Dios Creador. Los profetas exhortan a recobrar la fortaleza en los momentos difíciles contemplando a Dios poderoso que creó el universo. “El poder infinito de Dios no nos lleva a escapar de su ternura paterna, porque en él se conjugan el cariño y el vigor. De hecho, toda sana espiritualidad implica al mismo tiempo acoger el amor divino y adorar con confianza al Señor por su infinito poder. En la Biblia, el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo, y esos dos modos divinos de actuar están íntima e inseparablemente conectados” (Laudato si` 73).
 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

3 de septiembre de 2017

 

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