Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Homilía matinal de la festividad del santo Cristo de los Milagros

 

 

Homilía matinal (audio) - Homilía pontifical (texto)

Jesús resucitado se presentó a los discípulos que estaban encerrados en una casa y les dijo “Paz a vosotros”. Jesús desea la paz a los suyos. En la Sagrada Escritura la paz es un don de Dios. El estado de paz, en una persona, indica una condición de plenitud, de bienestar, realizable solamente por medio de la íntima comunión con Dios.

Demasiadas veces nuestra paz está construida con materiales perecederos. Uno nos da una migaja de confianza, otro nos ofrece un poco de comprensión, otro todavía una pizca de estima por nuestro trabajo, una manifestación de consenso con nuestras ideas, una sonrisa, un elogio. Y nosotros vivimos en una paz precaria. No tenemos el valor de reconocer que la construcción de nuestra paz se mantiene en pie con materiales frágiles. Para que la paz sea nuestra, es necesario recibirla como don de Cristo. Él nos da su paz. Acoger la paz de Cristo significa acoger su persona, no simplemente un regalo suyo “separado”. La paz es la consecuencia necesaria del regalo fundamental de su persona, y el signo más evidente de que hemos abierto de par en par las puertas a Cristo, o mejor, de que Jesús se abre camino entre nuestras puertas cerradas.

Los discípulos, llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Jesús les dijo: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”.

Hoy, el Señor nos muestra, por medio del Evangelio, sus llagas. Son llagas de misericordia. Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena -llena de compasión por los más pequeños y los enfermos-, su encarnación en el seno de María.

En la primera lectura hemos escuchado uno de los cánticos del Siervo de Yahvé. Hemos proclamado: “Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron”.

De esta manera podemos recorrer hasta sus orígenes toda la historia de la salvación: las profecías -especialmente la del Siervo de Yahvé-, los Salmos, la Ley y la alianza, hasta la liberación de Egipto, la primera pascua y la sangre de los corderos sacrificados; e incluso hasta los patriarcas Abrahán, y luego, en la noche de los tiempos, hasta Abel y su sangre que grita desde la tierra.

Jesús dijo a sus discípulos: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

Cuando conocemos grandes tragedias en la historia nos sentimos a veces abatidos, y nos preguntamos: “¿Por qué?”. La maldad humana puede abrir en el mundo abismos, grandes vacíos: vacíos de amor, vacíos de bien, vacíos de vida. Y nos preguntamos: “¿Cómo podemos salvar estos abismos?”. Para nosotros es imposible; sólo Dios puede colmar estos vacíos que el mal abre en nuestro corazón y en nuestra historia. Es Jesús, que se hizo hombre y murió en la cruz, quien llena el abismo del pecado con el abismo de su misericordia.

San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas. Dice que las heridas que recibió el cuerpo de Jesús nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios. Escribe: “Agujerearon sus manos y pies, atravesaron su costado con una lanza. Y a través de esas hendiduras puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor”.

Éste el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia.

Ante nuestras desgracias y aflicciones o ante las grandes tragedias del mundo, no perderemos la paz, porque vemos las llagas del Señor. Él, en efecto, fue traspasado por nuestras rebeliones. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?

Nuestro corazón, a veces, es verdaderamente un sepulcro, porque dentro de él puede reinar la muerte, la desesperación, la angustia, el miedo y, sobre todo, el pecado. O simplemente un aburrimiento y un tono grisáceo mortal. Es lo que se denomina la “anticultura de la muerte”. De todo esto sabe algo quien un día se encuentra esclavo de la droga, del juego, del alcohol, en situaciones sin vía de salida; quien ve al propio matrimonio entrar en una fase de oscuridad y de incomprensión profundas y transformarse de paraíso en infierno; quien sale del médico con una respuesta triste entre las manos o vive en un estado de depresión profunda; quien se fatiga y desespera porque no consigue vencer el odio, la violencia, el resentimiento social, el resquemor, el vicio arraigado; quien sufre acoso escolar o violencia doméstica. Los ejemplos se podrían multiplicar, pues los casos de la vida son siempre más variados y numerosos de cuanto podemos imaginar.

Con los ojos fijos en el Santo Cristo de los Milagros, cantemos con la Iglesia: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Nos dice el Señor en el Evangelio de hoy: “Vosotros sois testigos de esto”. Es como si nos dijese: “Ahora os toca a vosotros”, cuando nos muestra sus llagas, su Palabra, y su pan tierno y partido. Ahora nos toca a nosotros y tenemos la vida entera para reconocer y ser testigos del Resucitado, la mejor noticia y realidad de toda la historia de la humanidad.

Sí, el testimonio es la vocación de la Iglesia. Es su destino y su heredad. Somos ciudadanos del cielo, y de una victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Somos testigos de la victoria de Cristo a la que solo se llega desde la cruz. Con Él, por Él y en Él la muerte se transforma en resurrección. El fracaso desemboca en triunfo. El dolor se convierte en gozo. La angustia da paso a la serenidad. Es preciso saber morir -no solo la muerte corporal y terrena, sino también tantas pequeñas muertes cotidianas al hombre viejo- para poder resucitar. Muriendo -sí- se resucita a la vida eterna. Sólo desde Jesucristo crucificado y resucitado, en Quien y de Quien podemos aprender las actitudes claves para como cristianos, transformados por su cruz y su resurrección.

Para ser testigos misioneros y comunicar la alegre Buena Noticia y repetiremos con el Salmo responsorial: “El Señor está conmigo: no temo (…). El señor está conmigo y me auxilia (…), el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación”.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca

 

12 de septiembre de 2017

 

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