Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Homilía del Pontifical de la festividad del santo Cristo de los Milagros

 

 

Homilía matinal (audio) - Homilía matinal (texto)

A lo largo de los días de la novena, y con especial intensidad en este día 12 de septiembre, nos hemos acercado ante el Santo Cristo de los Milagros para darle gracias por los dones recibidos (la vida, la fe, la familia, la salud, los amigos); o para presentarle nuestras inquietudes y sufrimientos (problemas en el hogar, dificultades en el trabajo, tensión en las relaciones con las personas, búsqueda infructuosa de un puesto laboral digno y estable, enfermedades leves y graves, inseguridades personales, inestabilidad en los afectos); también hemos intercedido por nuestros familiares, vecinos y conocidos, por la ciudad de Huesca, por nuestra región, por la convivencia en nuestra nación, por los damnificados como consecuencia de los terremotos, huracanes e inundaciones, y por el mundo entero. También hemos rezado por el viaje del Santo Padre a Colombia.

El Santo Cristo de los Milagros ha escuchado nuestras plegarias, y ha presentado nuestras oraciones ante el Padre. No se ha quedado pasivo. Nos ha enviado, desde el Padre, y junto con el Padre, el Espíritu Santo que llega hasta nosotros como suave brisa en verano, como aliento y respiro, como caudal de vida y manantial de gracia.

El Santo Cristo de los Milagros sabe mucho de dolor. La primera lectura nos presenta un sufrimiento sobrehumano descrito con estas palabras: “desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; (…) ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. (…) Creció (…) como un brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. (…) Y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron. (…) Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron”.

Pero el mismo profeta afirma: “sus cicatrices nos curaron”, y añade: “él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”.

En esta celebración se realiza un movimiento de ida y vuelta: miramos a Cristo y nos sentimos mirados. Dirigimos hacia Él nuestra mirada y experimentamos sobre nosotros su mirada compasiva y misericordiosa.

Mirar no es lo mismo que ver. Mirar es ver con atención, con delicadeza, con afecto. A nuestro alrededor vemos muchas cosas que nos dejan indiferentes. Solamente somos capaz de mirar cuando los acontecimientos y las personas pasan a través de nuestro corazón. Y podemos decir que toda nuestra vida pasa por el corazón traspasado de Cristo.

La mirada de Cristo es distinta. Es una mirada que no se queda en la superficie, en la corteza de los defectos, incluso la rompe y penetra en lo profundo. Y precisamente en aquella zona de misterios, donde nadie ha sabido nunca explorar, Jesús encuentra dentro de nosotros… otra persona. Descubre a uno que todavía debe nacer, venir a la luz. Descubre una persona nueva. Inventa una persona diferente. Nuestro verdadero yo.

La mirada de Cristo es, en cierto modo, creadora. Llama a una persona a la existencia. Despierta su ser auténtico, real. Liquida al hombre deshonesto, al pecador y llama al santo.

La mirada de Cristo se obstina en sacar a la luz lo mucho de bueno, lo mejor que hay en cada uno de nosotros. Es, pues, una mirada “reveladora”, porque muestra a cada persona sus posibilidades, su verdadera dimensión. El Santo Cristo de los Milagros no quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón.

La salvación comienza por una mirada. Y la caridad hacia el prójimo no puede comenzar más que por la mirada.

El “mirar de otra manera” por parte de Jesús es un gesto de amor y de confianza. Jesús cree en nosotros, en nuestra capacidad de cambio y de mejora. Cristo cree en nosotros, cuando los otros nos juzgan y liquidan definitivamente como alguien con pocas posibilidades.

Aunque sea abrumador el peso de nuestras miserias, aunque nuestro pasado sea oscuro, aunque nuestra vida hasta ahora haya sido desastrosa, existe Alguien, que, a pesar de todo, continúa obstinadamente creyendo en nosotros y esperando algo distinto de nosotros. Tener fe significa creer en Alguien que cree en nosotros.

La misericordia de Jesús no es sólo sentimiento, es más, es una fuerza que da vida, una fuerza que devuelve la alegría. La mirada de Jesús se fija en el sufrimiento que le rodea, se le conmueven las entrañas. Esta “compasión” es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud de Dios en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, nuestro sufrimiento, nuestra angustia.

Y el fruto de este amor es la vida. La misericordia de Dios da vida al hombre, lo resucita de sus depresiones y del abismo de sus angustias. El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! ¡Vayamos a Jesús!

El amor fiel de Dios Padre a su pueblo se manifestó y se realizó plenamente en Jesucristo. En su amor, no se rindió ante nuestra ingratitud y ni siquiera ante el rechazo. Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso.

Este amor, esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón. Y el sentido de la fiesta del Santo Cristo de los Milagros es que descubramos cada vez más y nos envuelva intensa y profundamente la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza; en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.

La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde.

Podemos decirle al Santo Cristo de los Milagros: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que nos acompaña y nos indica la dirección. No basta avanzar; es necesario ver hacia dónde vamos. Si nos salimos del camino, corremos el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarnos más rápidamente de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho Él mismo “camino” y ha venido a caminar juntamente con nosotros a fin de que nuestra libertad tenga el criterio para discernir la senda correcta y recorrerla.

Jesús es la fuente; de él brota la vida divina en el hombre. Sólo hace falta acercarse a él, permanecer en él, para tener esa vida.

Por eso, cantamos con gozo: “Santísimo Cristo de los Milagros, el pueblo oscense, jubiloso y fiel, te ensalza, te suplica, te agradece, postrado, fervoroso, a tus pies”.

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca

 

12 de septiembre de 2017

 

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