Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

El control de la lengua

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Vivimos tiempos de acritud y aspereza, de palabras cortantes e hirientes, tiempos de agresividad verbal. En ocasiones, las palabras vuelan como cuchillos de penetrante filo. El libro de los Proverbios nos enseña: “Respuesta amable calma la cólera, palabra áspera excita la ira” (Prov 15,1). Y también: “Lengua amable es árbol de vida, lengua áspera rompe el corazón” (Prov 15,4).

Jesús nos advierte: “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5,37). No nos invita a ser lacónicos ni inexpresivos. Nuestras palabras han de ser breves, concisas, compendiosas, pero pueden estar cargadas de afecto. Lo que se trata de impedir es que nos dejemos llevar por exageraciones, palabras inapropiadas e inexactas discursos envolventes, retorcidos, que ocultan sinuosas intenciones. Es muy acertado el texto sapiencial que afirma: “La lengua del sabio rezuma saber, la boca del necio profiere necedades” (Prov 15,2).

Cuando hablamos con los demás, resulta muy acertada la recomendación de san Pablo: “Vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno” (Col 4,6).

Uno de los textos del Nuevo Testamento más certeros aparece en la carta de Santiago: “Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo” (Sant 3,2). A continuación, para desarrollar esta afirmación, propone varios ejemplos:
1) “A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal” (v. 3).

2) “Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar” (v. 4). Y añade: “Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas” (v. 5a).

3) “Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la gehenna” (vv. 5b-6).

4) “Pues toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal incansable cargado de veneno mortal” (vv. 7-8).

5) “Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos” (vv. 9-10).

6) “¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿Es que puede una higuera, hermanos míos, dar aceitunas o una parra higos? Pues tampoco un manantial salobre puede dar agua dulce” (vv. 11-12).

Resulta lamentable y contradictorio que con la misma lengua alabemos a Dios y maldigamos al prójimo. La lengua, que proclama las maravillas del Señor, puede estar cargada de veneno mortal.

Jesús nos dice: “El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien; y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Lc 6,45).

 

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.


 

+ D. Julián Ruiz Martorell, obispo de Huesca y de Jaca

 

24 de septiembre de 2017

 

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