Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Sedientos de la Palabra

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Con frecuencia empleamos palabras inútiles que reflejan nuestro vacío interior. Nos entretenemos en un parloteo superficial que nos impide escuchar a los demás y mantener una conversación fluida, abierta y constructiva. Percibimos muchos ecos, oímos muchas expresiones que no dejan huella en nosotros, pero no escuchamos con corazón receptivo y diligente.

Es imprescindible callar para establecer una comunicación saludable. Y también necesitamos guardar silencio para escuchar a Dios. Su Palabra procede del silencio eterno del amor, del Espíritu que aleteaba sobre la superficie de las aguas primordiales, de la genuina comunión entre las divinas personas.

Hay momentos, horas, días, en los que solamente la Palabra de Dios nos libra de la desesperación, del hastío y del sinsentido. Se entabla una comunicación que va más allá de las palabras, porque está repleta de acciones, de acercamientos, de aproximaciones. Hasta que descubrimos la certeza de una presencia. Entonces escuchamos una Palabra que nos hiere y se produce un paréntesis en medio del bullicio del mundo. Una Palabra viva y que da vida.

La XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia” redactó un “Mensaje al Pueblo de Dios” donde se recordaba que la Palabra que Dios pronuncia tiene una voz: la revelación; tiene un rostro: Jesucristo; posee una casa: la Iglesia, y unos caminos: la misión.

Se trata de la voz que entró en escena en el comienzo de la creación, cuando rasgó el silencio de la nada: “Dijo Dios: "Exista la luz". Y la luz existió” (Gn 1,3). La Palabra eterna y divina entró en el espacio y en el tiempo y asumió un rostro y una identidad humana. Jesucristo es la Palabra que “estaba junto a Dios” y “era Dios” (Jn 1,1). Y “por medio de Él se hizo todo, y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Jn 1,3).

La Palabra de Dios tiene una casa: la Iglesia, donde la Palabra es escuchada, proclamada, creída, vivida, celebrada y orada. Y desde su casa, la Palabra personificada se encamina a lo largo de los senderos del mundo para emprender, como tarea misionera, la gran peregrinación de los pueblos de la tierra que buscan la verdad, la justicia y la paz.

Quedamos prendidos y prendados de una Palabra que nos precede y nos envuelve. La Palabra nos introduce en el misterio de Cristo que llena el espacio y el tiempo de la humanidad y los colma de sentido y de plenitud.

Es preciso sembrar en el silencio la luz del día. Es necesario esperar en medio de la noche la aurora de una nueva jornada. Es importante guardar la potencia de las palabras no pronunciadas para abrirnos a la Palabra que desvela todos los misterios, la Palabra que explica todos los enigmas, la Palabra que orienta en todas las encrucijadas, la Palabra que acompaña en todos los senderos, la Palabra que alimenta a todos los hambrientos, la Palabra que sacia nuestra sed de vida, la Palabra definitiva que nos descifra el valor de todos los silencios, la Palabra que es como una música que cambia nuestra mirada y transforma nuestro semblante.

“En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,1-2). ¡Escuchémosle! ¡No endurezcamos el corazón! Él está dispuesto a hacer nuevas todas las cosas. ¿No lo notamos?

Adentrémonos en el suave coloquio que escucha con asombro, admiración y respeto y responde con amor y alegría. Como sedientos de la Palabra, saciamos nuestra sed en la fuente de agua viva.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca


29 de octubre de 2017

 

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