Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

 

 

Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

El último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Es una excelente oportunidad pastoral para reconocer y agradecer la centralidad de Jesucristo en la creación, en la historia, en la vida y la misión de la Iglesia y en la existencia de cada creyente.

El ángel Gabriel anunció que la Virgen María iba a concebir y dar a luz un hijo que “será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33). Pero la realeza de Cristo permaneció escondida durante su vida en Nazaret.

En su vida pública, Jesús inauguró el nuevo Reino, que no es de este mundo; lo anunció con sus obras, con sus palabras y su silencio, y lo realizó plenamente con su pasión, muerte y resurrección. El auténtico trono es la cruz, desde donde manifestó su sublime realeza. Los rasgos característicos del Reino eterno y universal que Jesús instaura son la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz.

El Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, cuando el Hijo se lo entregue al Padre y Dios sea “todo en todos”. Hasta alcanzar esta meta, los creyentes hemos de acoger libremente la verdad del amor de Dios. Un amor que no se impone, sino que llama con suavidad a la puerta del corazón solicitando acogida. Allí donde se le permite entrar, lo llena todo de alegría y de paz.

El modo de reinar de Jesucristo es un designio que se revela poco a poco en la historia. A nosotros nos corresponde prestar atención, recibir el don de la gracia, abrir nuestra mente y nuestro corazón a la palabra que Dios pronuncia, tener una mirada lúcida y una disponibilidad sincera para reconocer que Cristo es “el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Ap 22,13).

Aceptamos la soberanía de Jesucristo cuando Él es el centro de nuestras vidas, el sentido de los latidos de nuestros corazones, la primera letra con la que escribimos cada episodio de nuestros días y la letra definitiva, meta y horizonte de nuestra esperanza. Reconocemos que Jesucristo es Rey cuando es el principio de nuestros proyectos y el fin de nuestros propósitos. Él es Rey cuando, en su nombre, echamos las redes mar adentro, confiando en su palabra, incluso si sentimos el cansancio y la desilusión de tantas labores infructuosas. Jesucristo es Rey del Universo cuando custodiamos la creación, respetamos sus ritmos y vivimos nuestro paso por la historia como testimonio de generosa responsabilidad. Celebramos adecuadamente esta solemnidad cuando hacemos nuestras las alegrías y las penurias de las familias y colaboramos para acompañar, discernir e integrar la fragilidad. Su Reino se abre paso entre nosotros cuando anunciamos la alegría del Evangelio. El Reino se manifiesta cuando somos conscientes de que la persona de Jesús y la Buena Noticia que Él proclama siguen fascinando a muchos jóvenes. El Reino se extiende cuando nos inquieta y nos preocupa que tantas personas vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo. Vivimos orientados hacia el Reino cuando reconocemos que “el Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones” (GS 45). Cristo reina cuando dirigimos hacia Él nuestra mirada ayer, hoy y siempre. Hacemos posible que Él reine cuando oramos con serena confianza diciendo: ¡Venga a nosotros tu Reino!     



Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca


26 de noviembre de 2017

 

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