Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

¡Qué luz tan intensa!

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Durante muchos siglos, generaciones y generaciones de personas se sucedieron en la historia movidas por un anhelo: llegar a ver al Esperado de todos los tiempos. Con la mirada dirigida hacia el futuro, oteando los signos que transmitían los vientos y las tormentas, rastreando sus huellas entre las montañas y los ríos, caminando en medio de todos los desiertos por senderos extenuantes, escuchando las voces proféticas que anunciaban su llegada, vislumbrando en lontananza su perfil.

Durante miles y miles de años, el pueblo de Israel vivió en tensión hacia el cumplimiento de todas las promesas. La poesía sirvió de vehículo de expresión para decir con palabras lo que es indecible. Las narraciones anticipaban el relato de lo que iba a acontecer. La música cantaba con sonido vibrante que, algún día, el tiempo llegaría a su plenitud. Incluso se prestó oído atento a la música escondida de la creación que con su lenguaje misterioso despierta, susurra y conmueve.

Según la tradición del pueblo de Israel, la llegada del Mesías revelaría el sentido de las palabras de la Escritura, el sentido de las sílabas, el sentido de las letras y el sentido del espacio vacío que hay entre las letras.

Y en una noche de silencio, Dios pronunció su Palabra definitiva, Palabra encarnada, Palabra resumida, concentrada en un Niño hacia el que siempre apuntó la historia de la humanidad. Una trayectoria firme, continua y fiel, señalaba desde hacía muchos siglos hacia el Dios-con-nosotros que nace humilde y pobre para compartir nuestra vida, para darnos vida, y vida abundante, y para amanecer en medio del universo con una luz resplandeciente, diáfana, envolvente.

¡Qué luz tan intensa la que se ilumina en Navidad! Será una luz creciente, en lucha continua contra la oscuridad y la noche. ¡Qué luz tan gozosa!

Iluminados por el Señor, que es el origen y la fuente de toda luz, ya no podremos esconder el fuego incandescente que prende en nuestros corazones.

Ahora es posible volver a descubrir los colores de las notas que canta Jesús con sus palabras, con sus milagros, con todas sus acciones y con su silencio elocuente.

Jesucristo, con su total presencia y con su manifestación personal, confirma con su testimonio vital que es el Hijo de Dios que vive con nosotros para librarnos del mal, de las tinieblas y de la seducción de la oscuridad.

El Papa Francisco nos advierte de un gran riesgo: “Así se gesta la mayor amenaza, que "es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad". Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como "el más preciado de los elixires del demonio". (…) ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” (Evangelii gaudium 83).

Escuchemos, en silencio atento y agradecido, lo que proclama el Evangelio acerca del nacimiento de Jesús. Recibamos con corazón abierto el torrente de gracia y de verdad que se desborda sobre nosotros. Toda la historia ha esperado este momento y a partir de Belén se renuevan todas las cosas. Desde Navidad somos hijos de la luz e hijos del día.

    

 

¡Feliz Navidad!

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca


24 de diciembre de 2017

 

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