Conferencia Episcopal

Cartas y homilías de Mons. Julián Ruiz Martorell

Tiempo de Gracia

 

 

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Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Con la alegría en la retina de los ojos y en lo más hondo de nuestro interior, porque Dios se ha acercado a nosotros para colmarnos de bendición. Con el resplandor del nuevo día que ha amanecido para toda la humanidad en la persona de Jesús. Con el regocijo de una experiencia que nos conmueve y compromete en el tiempo de Navidad, hoy dirigimos nuestra mirada hacia la Madre de Dios y damos los primeros pasos en el Año Nuevo seguros de que el “decir bien” del Señor, su bendición, es algo más que una fórmula y se convierte en una realidad que nos impulsa y orienta.

Comenzar un nuevo período de tiempo desde la bendición de Dios nos recuerda un doble movimiento. Por una parte, el Señor nos bendice, derrama con abundancia su vida y su aliento sobre nosotros. Por otra parte, desde el reconocimiento y la gratitud, también nosotros bendecimos a Dios con nuestra alabanza cuando lanzamos hacia el cielo una sencilla mirada del corazón y cuando somos portadores del divino amor que deseamos compartir con todos los que nos rodean y con aquellas personas que sufren, dudan o buscan.

A lo lejos, percibimos los pasos de aquellos escrutadores de estrellas que supieron distinguir una luz diferente y, guiados por el anhelo, abandonaron la seguridad de sus hogares, de sus saberes y de sus quehaceres para ponerse en camino con el objeto de adorar y contemplar a un Niño recién nacido.

Dios se manifiesta. No creemos en una divinidad celosa de su identidad y cerrada a la comunicación. Dios habla todos los lenguajes. En primer lugar, el lenguaje de la creación que, en su armonía y belleza, refleja al Señor Todopoderoso. En segundo lugar, en la historia cuajada de acontecimientos, fecunda en sucesos, repleta de sentido y de finalidad hasta convertirse en historia de salvación. Una historia en la cual hechos y palabras se entrelazan y armonizan para construir un tejido continuo y legible. Las palabras anticipan, señalan, indican, celebran. Los hechos ratifican lo que las palabras anuncian.

Dios no deja de manifestarse y de comunicarse con la humanidad en todos los momentos y en todas las circunstancias. Cuando amanece, cuando el sol brilla resplandeciente, cuando la jornada llega a su ocaso y cuando la noche extiende su manto. En los días de gozo y en las penas de cada día. En el amor que abre los corazones para escuchar y para compartir y en el perdón que cicatriza las heridas de la cotidiana convivencia.

La bendición de Dios llega para despertar el ánimo adormecido de quienes se empeñan en verlo todo oscuro o de quienes se resignan a no esperar nuevos amaneceres. La manifestación de Dios prolonga, en el tiempo y en el espacio, el cumplimiento de sus promesas.

La peregrinación de los Magos de Oriente no fue solamente un movimiento exterior hacia tierras extrañas y lejanas, sino que marcó también un itinerario hacia el interior de la vida y de la historia, en anhelante búsqueda de Aquel que es el centro y la plenitud de todo, el manantial incesante de la gracia, la bondad, la verdad y el amor.

El encuentro con Jesús fue también un reencuentro con la luz de Cristo que se irradia en círculos concéntricos: María, José, los pastores de Belén y los Magos, que sintetizan y anticipan a todos los pueblos. La luz que apareció en Navidad y se manifiesta a las naciones es el amor de Dios.


 

¡Feliz Año Nuevo! ¡Santa Epifanía del Señor!

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca


31 de diciembre de 2017

 

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