Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

Si quieres...

 

 

Mateo 5, 17 - 37.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto.
Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Comentario:

Si quieres… guardarás los mandamientos. Si quieres… vivirás. Son palabras que nacen de la sabiduría de Dios y que se nos presentan hoy en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, el ‘libro de la asamblea’ que durante los primeros siglos se utilizaba para formar moralmente a los catecúmenos y a los fieles. No nos resulta extraño el pensamiento de que existe una relación entre los mandamientos de la Ley de Dios y la conservación de la vida: primero, la vida temporal; después, la eterna, que es la que nos corresponde, porque para ella hemos sido creados y a ella hemos sido llamados. Tampoco nos cuesta gran esfuerzo entender que cuando un pueblo vive en la Ley del Señor, la vida crece; y que cuando se reniega de ella, todo se desmorona y llega la esclavitud, la tristeza y la pena.

Jesucristo no ha roto esta relación mandamientos-vida. Al contrario, la ha hecho más estrecha y, además, posible. Vivir es amar, amar es cumplir la Ley entera. Amar es la plenitud del vivir. La santidad es la plenitud del amar, porque consiste en Dios Trinidad morando y amando en mi. Pero qué difícil… Sí, algunas veces -o incluso muchas, ¡demasiadas!- nos parece difícil vivir la perfección de la caridad. La única esperanza que tenemos es que este amar sea una gracia. Y esta es la gran noticia: amar es gracia, revelación del Espíritu que nos pone a vivir en “una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria”. Aquí está el arcano, lo que los paganos de nuestro tiempo no imaginan; los que tanto cristiano que ha apostatado silenciosamente, sin darse cuenta, nunca supo.

Los paganos piensan que ser cristiano es hacer cosas buenas… y claro cosas buenas también ellos pueden hacerlas. Los de la apostasía silenciosa pensaron que ser cristiano era llevar una existencia ética excelente… y no pudieron, porque se olvidaron de Dios. Se olvidaron primero de la oración, luego de la confesión, enseguida prescindieron de la misa y siguieron cayendo, mientras algún falso profeta les decía que no se preocuparan… que lo importante es ser buenos… Quizás me he puesto tremendo y, por eso, puedo aceptar que me tachen de exagerado, pero acaso ¿no es esto lo que nos pasa en la católica España? Hemos olvidado que Dios ha revelado “los misterios del reino a los pequeños”. Los pequeños no son una categoría sociológica, sino teológica. Los pequeños son los que como María “escuchan la Palabra y la cumplen”.

No matarás, no cometerás adulterio, no jurarás en falso y así, hasta el último de los diez mandamientos. Es verdad, podemos conocerlos por la luz de la razón natural y, además, nuestro deseo de bien nos lleva a desearlos y vivirlos. Pero sin Él no podemos. No podemos sin su Pascua: él es el Buena Samaritano que, cuando estábamos medio muertos en el intento, ha venido para curarnos y para levantarnos. En él, sí. Sí, ¡podemos!


José Antonio Calvo Gracia.

 

VI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

12 de febrero de 2017.

 

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