Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

¿Qué tenemos que hacer?

 

 

Juan 10, 1-10.

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mi son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

 

 

Comentario:

Una buena pregunta, a la que los apóstoles responden “convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros”; a la que Jesús responde pidiéndonos que entremos a través de él, que es la puerta, en el “aprisco de la ovejas” que es la Iglesia. Todavía hay quien añade algo más: san Pedro, en la segunda lectura, nos pide que reconozcamos que nuestro seguimiento paciente, esforzado y tantas veces doloroso es “una gracia de parte de Dios”, es a los que hemos “sido llamados”, “porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas”. Y no solo un ejemplo, “porque con sus heridas fuisteis curados”.

Pastor y guardián de vuestras almas. Qué bonitas palabras en labios de quien había recibido el encargo de cuidar del rebaño. En ellas resuenan todas las profecías mesiánicas sobre el ‘Siervo doliente’ y las ovejas descarriadas y dispersas. Por su muerte y resurrección, Jesús nos ha abierto el camino nuevo y nos ha reunido en un pueblo unido y reconciliado, capaz de ofrecer al Padre la única ofrenda agradable. Además Cristo ya no puede ni quiere desentenderse de nosotros: nos guía y nos guarda. No estoy solo, hay alguien que me protege y es Dios.

Yo soy la puerta. Lo dice Jesús y lo comenta magníficamente el concilio Vaticano II: “La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo”. Y sigue diciendo que “aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta”.

Señor y Mesías. Cómo suenan estas palabras de Pedro, tras Pentecostés. El primer papa habla con el coraje del hombre que es instrumento del Espíritu Santo. No tiembla al decir la verdad: “Jesús, a quien vosotros crucificasteis y matasteis” es ahora “Señor y Mesías”. Y ante esta verdad que “les traspasó el corazón”, abre de par en par las puertas y tampoco tiembla al decirles qué es lo que hay que hacer: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros…”. ¿Para qué? Para el perdón de los pecados y para recibir el Espíritu. Y es que el bautismo es necesario para que el Evangelio no sea un mero anuncio, sino una realidad.

Una lecturas grandes para este IV domingo de Pascua en el que celebramos la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y en la que el papa Francisco nos exhorta a sabernos ‘Empujados por el Espíritu para la Misión’, recordándonos que “el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor”.

Pues con esta llamada al apostolado, que está indisolublemente unida a la vocación a la santidad y a la oración, nos quedamos. O mejor: nos quedamos con la Virgen María que tiene una gran autoridad para abrir puertas y desatar nudos, a la vez que le pedimos apertura, disponibilidad y alegría para ponernos en camino como misioneros de Jesús, el Señor.


José Antonio Calvo Gracia.

 

 

IV Domingo de Pascua, ciclo A.

7 de mayo de 2017.

 

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