Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

Un católico del siglo XXI

 

 

Mateo 10, 26-33.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Disputaban los judíos entre sí:

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

 

Comentario:

Puede ser en Damasco, El Cairo, Bagdad, Zaragoza o en Tormón. Un católico de una pieza no es precisamente bien mirado y menos, si intenta influir en la sociedad o manifiesta que tiene un proyecto para hacer un mundo más cristiano. Le podrán decir que es tonto o dogmático o infantil, incluso que es ‘el enemigo del pueblo’. Le podrán, según sea la latitud, fusilar ataviado con un mono de color naranja frente a la orilla del mar. Le puede ocurrir cualquier cosa: ser un Jeremías de la vida delatado, engañado, sometido, víctima de venganza. Y no hablo de oídas, pues conozco a un político católico que por poner un crucifijo en su despacho fue ‘crucificado’.

¿Hay salida? ¿Qué me queda? Cantar el salmo 68, que hoy sirve como responsorial. Primera estrofa: descripción de la persecución a la que un fiel es sometido porque le “devora el celo de tu templo”. Segunda estrofa: oración suplicante y confiada en el Dios favorable, bueno, fiel, gracioso, compasivo. Tercera estrofa: contemplación y asombro, alegría y júbilo, alabanza porque “el Señor escucha a sus pobre, no desprecia a sus cautivos”. El canto o recitación piadosa de este salmo puede sacarme de la desolación y, sobre todo, si lo considero en la presencia de Jesús sacramentado. Es él, el Señor, quien me dice que no tenga miedo de “los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, que a quien confiese su nombre ante los hombres, él declarará en su favor “ante mi Padre que está en los cielos”.

Y, ¿el pero? El ‘pero’ es que a quien hay que temer es “al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo”. ¿Es un alguien?, ¿quién tiene un poder así? Hay uno que tienta y que miente, uno que quiere que sigamos su ‘lifestyle’, su estilo de vida. Un estilo que, aunque a primera vista sea superglamuroso, está basado en el miedo y en la desconfianza. Te dirá: ‘Cuídate, que nadie lo hará por ti’, ‘no te esfuerces, nadie ha vuelto nunca’, ‘ánimo, tú sí que vales’, ‘venga, descansa, date un respiro’, ‘hala, muévete, sé más competitivo’, ‘ten siempre preparada una salida, por si acaso’. Todo lo contrario a la confianza en Dios, que nos ha creado mucho más valiosos que cualquier otra criatura.

¿Cómo romper este estilo de vida basado en el binomio soberbia/desconfianza? La respuesta es “la gracia de Dios” y “el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo”. Jesucristo es el estilo de vida del cristiano, vida desbordada y desbordante, crucificada y resucitada, pura desproporción entre la ‘civilización del delito’ y la ‘civilización del don’, entre la humanidad de Adán y Eva, y la nueva humanidad de Jesucristo. Gracias al Espíritu Santo, está pertenencia a la nueva sociedad, que es la Iglesia, que es Cristo, es posible. Y, gracias al Espíritu Santo, podemos decir hoy “el Señor es mi fuerte defensor, me persiguen, pero tropiezan impotentes”... Sí, aunque parezca que los caídos, derrumbados, moribundos seamos nosotros. Lo parece, lo parece, pero la realidad es que nosotros los perseguidos somos los vencedores.

Santa María, Virgen Bienaventurada, recuérdanoslo, que algunas veces lo perdemos de vista y nos ponemos tristes.


 

José Antonio Calvo Gracia.

 

 

XII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

25 de junio de 2017.

 

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