Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

El secreto

 

 

Mateo 11, 25- 30.

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me lo ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

 

Comentario:

¿Qué cosas serán estas que el Padre esconde “a los sabios y entendidos” y revela a los “pequeños”? ¿Qué hace que el Hijo prorrumpa en esta acción de gracias tan espontánea? Es el reino de los cielos, una realidad tan misteriosa como presente y que coincide con Dios mismo. Cuando Jesús habla del ‘reino’ está describiendo a su Padre, está revelando la familiar vida divina de la Trinidad. Y ahí está el secreto escondido a los ‘conquistadores’ y manifestado a los ‘humildes-agradecidos’.

El ‘reino’ no es una estructura ni una forma de vivir, sino la vida misma. No hay otra vida que merezca llamarse así, que no sea la vida en Cristo. San Pablo lo anuncia a los romanos: al mismo tiempo que le recuerda que ya no están “en la carne, sino en el Espíritu”, les explica la razón profunda de este vivir, que consiste en “que el Espíritu de Dios habita en vosotros”. Este Espíritu crea una paz bastante rara, de hecho podría decirse que la paz que otorga tiene que ver con la aniquilación de las “obras del cuerpo” o del “vivir según la carne”.

La primera lectura, de la profecía de Zacarías, viene a confirmar esta afirmación. La exhortación a la alegría y al gozo está motivada por la entrada de un rey que trae justicia y triunfo y pobreza, “montado en un borrico”. Y claro, enseguida nos ponemos a pensar en el primer Domingo de Ramos, en Jesús sobre un “pollino de asna”. Y desde Jerusalén, miramos sin pestañear a Sión, con su ‘cenáculo’, y al Gólgota, con su ‘cruz’, donde la muerte muere y la vida resucita. No hay vida si el cuerpo no se rompe en servicio y la sangre no se derrama por los otros; no hay vida en el Espíritu, si este no se ha entregado por el Hijo-varón de dolores al Padre. Ahora entiendo porque el evangelio del domingo pasado hablaba con tanta claridad de la cruz: “el que no carga con su cruz, y me sigue, no es digno de mí”. Y ahora entiendo porque puedo encontrar en el “manso y humilde de corazón [...] descanso para vuestras almas”. Ahora lo veo, pero de nada sirve si no entro y tomo su “yugo” sobre mí y aprendo de él.

La palabra proclamada en este domingo es una promesa cumplida. No cabe ninguna duda. El Señor ha entrado, se ha entregado, ha hecho la paz, me ha llamado a su corazón, para que bien metido en él lleve la cruz y pueda entregarme al Padre. Sea cual sea mi estado del alma -cansado, agobiado, asustado-, en él encuentro mi descanso. Pero, ¿dónde está? No hay que buscar lejos: él es mi descanso y está en la oración; él es mi alimento y está en la eucaristía; él es el agua limpia y está en la confesión. Son las tres entradas de su corazón, son los tres canales habituales de su misericordia para con nosotros.

Un corazón como el de la Virgen. ¿A qué corazón humano se parecerá más el corazón de Jesús? Sin duda, al de la mujer en cuyo seno se encarnó. Han bombeado la misma sangre y han latido al mismo ritmo y de acuerdo a las mismas emociones. Si todavía no me atrevo con el sagrado corazón de Jesús, me atreveré con el dulcísimo corazón de María.


 

José Antonio Calvo Gracia.

 

 

XIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

9 de julio de 2017.

 

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