Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

Sentido y responsabilidad

 

 

Mateo 18, 15 - 20.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 

Comentario:

Nada más escribir el título, me he dado cuenta de que podía sonar a un remedo del de la novela de Jane Austen ‘Sentido y Sensibilidad’, publicada en 1811 en Reino Unido. El título original es Sense and Sensibility y la primera de las palabras que lo conforman puede traducirse de distintas maneras: ‘sentido’, ‘sensatez’, ‘juicio’. Cualquiera de estas palabras casi sinónimas pueden servirnos para ilustrara lo que hoy, al hilo de las lecturas de la misa dominical, quiero comentar.

Una cosa queda clara: el elegido tiene la responsabilidad de transmitir el mensaje que Dios le encomienda. “Malvado, eres reo de muerte”, como en el caso de Ezequiel. Reprender no es menester de pájaros de mal agüero, sino fruto del amor de Dios. No reprender corresponde más bien al indolente, al perezoso, al cobarde, al perverso. Porque muchas veces llamar la atención equivale a mostrar la salvación, es decir, aquello que más necesitamos y que no está en nuestras manos conseguir.

Pero este reprender que brota del amor parece que choca con la afirmación del Señor a los discípulos, dándoles el poder de atar y desatar. Como si este ‘poder’ prevaleciese sobre la misma ley de Dios o las exigencias morales que conlleva la incorporación a Cristo que hemos recibido por el bautismo y que es una vida nueva. Puede parecer que por caridad podemos y debemos disculpar, exculpar e incluso negar que ahí, en determinada situación, hay objetiva y subjetivamente pecado. Nada más lejos de la realidad, porque Dios no es una divinidad caprichosa o engañadora, sino absoluta claridad que ilumina y deja a la vista la herida para sanarla. Y si Dios es tan perfecto en su simplicidad, la Iglesia que es esposa debe moverse en la misma atmósfera. La Iglesia, de hecho, aun teniendo poder para perdonar pecados, no lo tiene para cambiar la cualidad por las que afirmamos que determinado acto es vicioso o virtuoso. Si fuera así, estaríamos jugando otra liga, estaríamos fuera del mundo y lejos de los hombres. Habríamos roto o nos habríamos deslumbrando soñando que habíamos roto la sacrosanta ley de Dios que es amor.

De ahí la necesidad -y ahora vuelvo con las palabras que había anotado al principio- de ser cristianos con ‘sentido’, ‘sensatez’ o ‘juicio’. Sin esta cualidad que caracteriza a una buena conciencia, no podríamos cumplir con el deber de la ‘corrección fraterna’ que Jesucristo nos propone en el evangelio de este domingo. Sí, he escrito ‘deber’. O ‘responsabilidad’, si quieren. En todo caso, forma parte de nuestras obligaciones de caridad hacer corrección a nuestros hermanos, sin olvidar que en la Iglesia también son hermanos nuestros superiores. Me voy a atrever a añadir algo a las palabras del Señor. ¡Menudo atrevimiento! Antes de reprender al hermano “estando los dos a solas”, existe otro paso: la oración. La intimidad con Jesús hace que nuestras palabras no sean resabiadas, que nuestro estado de ánimo sea la irritación, que busquemos el bien del hermano y no la humillación. Porque “el amor no hace mal a su prójimo”.

Seguro que tenemos mucho que repensar con el Señor en la oración. Seguro que tenemos mucho que consultar con nuestro director espiritual. Seguro. Por ello, vamos a ponernos en las manos de María que sabe de dolor y de amor, para que ella nos haga resistentes a la tentación de “ser guías ciegos y perros mudos”.

 

José Antonio Calvo Gracia.

 

 

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

10 de septiembre de 2017.

 

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