Conferencia Episcopal

Comentario del Evangelio

 

Un festín de vinos de solera

 

 

Es difícil y complejo hacer sitio en una página a dos domingos. Todavía más, si entre el uno y el otro está la fiesta de la Virgen, porque es así como la llamamos y nos basta: la Virgen. Si hemos de añadirle algún título más, lo haremos: Pilar. En ella vemos a la nueva Eva, a la madre de Dios, a nuestra madre. De ella se ha dicho que es ‘vitis florigera’ -viña florida- y esposa convocada junto con sus hijos a las nupcias eternas del gran rey. Con estos títulos, viña y esposa, nos acercamos a la liturgia de los domingos 8 y 15 de octubre.

 

Mateo 22, 1-14.

En aquel tiempo, de nuevo Jesús tomó la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó  a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.

Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los criados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

 

Comentario:

Lecturas para un domingo que suena a boda nueva, a "la esperanza a la que nos llama". Sí. María es el huerto regado, la viña florida, en la que creció y dio fruto la divinidad humanada, haciendo posible el manjar exquisito del cuerpo del Señor; el vino refinado de su sangre. El “festín de manjares suculentos” es el santo sacramento de la eucaristía que nos abre el cielo en la tierra y se nos ofrece como escala para ascender hasta la boda eterna de alegrías perennes a la que “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.

No todos pueden entrar en la boda. Aunque todos hemos sido llamados, ¡buenos y malos!, solo entrará quien lleve el vestido de boda. Madre mía… el salvoconducto para el banquete nupcial no está en mi bondad o en mi maldad… el visado se otorga a quien se ha dispuesto correctamente para el festín. Madre mía… “reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales”. Madre mía… no entiendo nada… yo que soy tan dado a juzgar… también los malos… ¿será que bueno solo es Dios? Es.

María, ayúdame a prepararme, a vestirme para el convite. Yo también estoy invitado. Que no desentone.

 

José Antonio Calvo Gracia.

 

 

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

15 de octubre de 2017.

 

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