Conferencia Episcopal

Artículos y entrevistas

 

Jornada de la Familia 2009

  

Aprendemos de nuestros Obispos

 

En la nota de los obispos que forman la subcomisión para la familia y la defensa de la vida con motivo de la jornada de la familia 27-XII-2009, afirman que la educación de los niños y de los jóvenes constituye un problema social grave. Los recientes actos de violencia juvenil, dados por los medios, incrementan una preocupación que se hace cada vez más intensa en la sociedad. Constatan a su vez con inquietud,que algunos padres han hecho dejación de una misión que les compete a ellos de modo principal: ser los primeros educadores de sus hijos. Así mismo comparten los pastores de la Iglesia la preocupación de muchos padres que comprueban la injusta injerencia del sistema educativo al pretender imponer una determinada educación moral, suplantando así una responsabilidad que les compete sólo a ellos.

Por ello el Santo Padre ha hablado de “una gran emergencia educativa”, confirmada por los fracasos en los que con demasiada frecuencia desembocan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar sentido a la propia vida”.

Se hace necesario partir del amor como “la vocación fundamental e innata de todo ser humano”. Esta vocación tiene como fin la libre entrega a otra persona para construir con ella una comunión de personas. La educación, por tanto, está orientada a formar a la persona para que sea capaz de vivir la expresión plena de la libertad: entregar la propia vida con el don sincero de sí misma, a imagen de la donación plena que Jesucristo hace permanentemente a la Iglesia. El lugar propio y mas fundamental donde la persona recibe esta educación es la familia.

Es en el clima de confianza propio del hogar, donde los hijos reciben la experiencia fundamental de ser amados, y son instruidos de modo natural para aprender el significado de la verdad y del bien en sus distintas manifestaciones que les abren a una vida social..., pero el paso a una libertad madura requiere que los hijos sean capaces de elegir aquellos bienes concretos que posibilitan ir construyendo su vida en el amor. Para ello es necesario el testimonio de los propios padres así como la presentación de testigos morales que fomenten en los hijos el deseo de una vida virtuosa. La vida de los santos se muestra así como un medio educativo de gran eficacia.

Por tanto, la educación que se realiza en la familia requiere equilibrio entre libertad y disciplina, unas mínimas reglas de conducta y de vida, aplicadas día tras día incluso en las pequeñas cosas, forman el carácter y van preparando al individuo a afrontar las dificultades. Es así como se va creciendo en la colaboración con otras personas en el sentido del bien común. Esta educación reclama un acompañamiento intenso por parte de los padres, dedicando tiempo a discernir la verdad en aquellos ámbitos en los que tienen mayor presencia. En este seguimiento, la cohesión y la unidad de los padres, fruto de la fidelidad conyugal, constituye el medio imprescindible para la tarea educativa de la familia.

Con palabras del Santo Padre, “en el origen de la crisis de la educación existe una crisis de confianza en la vida”. La misión de los padres en este punto es insustituible, ya que ellos son los primeros transmisores de la fe y los custodios del crecimiento de la vida recibida en el bautismo. De esta manera participan de la autoridad y del amor de Dios Padre y de Jesucristo Pastor, recibiendo del Espíritu Santo los dones que necesitan para el crecimiento humano y cristiano de sus hijos. Los padres son los primeros maestros que educan a sus hijos. Se trata de un deber y un derecho “esencial, primario, insustituible e inalienable”. Los padres no pueden dejar la tarea educativa en manos del Estado o de las distintos centros educativos, al igual que“el Estado no puede imponer legítimamente ninguna formación de la conciencia moral de los alumnos al margen de la libre elección de los padres”.

Alientan los Sres. Obispos a los padres, que, a ejemplo del hogar de Nazaret, están construyendo sus familias como Iglesias domésticas. En medio de las dificultades, sacrificios y los obstáculos, cuentan con la gracia que recibieron en el sacramento del Matrimonio para educar a sus hijos en la fe y en el amor. ¡No tengáis miedo! El don del Espíritu sostiene y anima los desvelos de los padres que “calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar”

 

 

27.12.2009

 

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