Conferencia Episcopal

Artículos y entrevistas

 

Día del Seminario 2010

El sacerdote, testigo de la misericordia

 

Actualmente, seminaristas y sacerdotes son un haz de relaciones que modelan su forma de ser y su espiritualidad. Llamados a la triple condición teológica (servidores de la Palabra, de la liturgia y de la comunidad), igualmente su formación reclama actitudes personales y espirituales coherentes con estas funciones que se darán en su ministerio. Por tanto, es el seminario el lugar más propio y único para iniciar a los candidatos al sacerdocio en las virtudes sacerdotales: la fe, la esperanza y la caridad pastoral, la vida orante, el celibato, la pobreza, la disponibilidad obediente, la formación teológica, la fraternidad presbiteral… ¡y las actitudes de misericordia!

La misericordia de Dios con los hombres, reflejada en la Sagrada Escritura, encuentra la manifestación suprema en la Encarnación del Hijo de Dios en la entrañas de María. Será Cristo mismo quien, en su ministerio, hable y confirme esta misericordia divina por medio de sus enseñanzas y actitudes. El hombre al que Dios gratuitamente decide autodonarse es un hombre pecador. Pero la obra misericordiosa de Dios ha sido instaurada por, en lugar y a favor del hombre. Sólo Dios puede perdonar los pecados (acción divina), y lo ha hecho con la encarnación, pasión, muerte y resurrección de su Hijo.

La misericordia divina que el sacerdote ha de vivir y ejercer, se sitúa como trasfondo de la formación en el seminario, y debe orientar las opciones pedagógicas que se van asumiendo en cada una de las áreas formativas. Los futuros candidatos al sacerdocio han de conocer las obligaciones y actitudes inherentes al ministerio, de tal manera que puedan ir seleccionando e intensificando aquellos valores y actitudes que configuran el perfil vocacional sacerdotal y lo encarnen.

El seminarista candidato al sacerdocio debe primeramente reconocer la misericordia que Dios ha tenido con él a la hora de ofrecerle el don vocacional (elección) y debe vivirlo con un compromiso libremente asumido y ardientemente deseado (respuesta vital). Seguidamente, el seminario y la labor del equipo de formadores atenderán las cualidades presentes en la naturaleza humana del seminarista, fundamento real de la vocación, para construir la formación sacerdotal.

Todas las dimensiones o áreas formativas que el Seminario ofrece están llamadas a promover la misericordia, pues todas están integradas entre sí y crecen a la vez, todas dependen interiormente unas de otras; a saber: la formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal, posibilita un itinerario de madurez de la personalidad que ha de orientarse hacia la formación del pastor; la formación espiritual busca cómo estrechar la relación del futuro sacerdote con Cristo; la formación intelectual tiene por objeto cimentar la propia fe y educar a los seminaristas para anunciarla a los hombres de hoy; la formación pastoral, orientada para acompañar y servir al pueblo de Dios, desde la capacidad de los candidatos para comprometerse en una vida y comportamiento pastoral; y la formación comunitaria que educa a los alumnos en la libertad interior y sencillez de vida, a entender adecuadamente la obediencia, se ejercitan las relaciones entre los compañeros y el reparto de responsabilidades en previsión a la futura pertenencia a la vida y fraternidad presbiteral.

El broche final lo hallamos en la experiencia del Cura de Ars, san Juan María Vianney. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “la mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas ovejas. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza».

 

21 de marzo de 2010

 

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