Conferencia Episcopal

Artículos y entrevistas

Con la misión en el corazón

 

 

Rafael Samper Secorum, sacerdote de la diócesis de Huesca y actual párroco de la Iglesia de San Francisco de Asís, no sabe explicar cómo se introduce en la vida de uno el interés por la misión, pero recuerda que desde niño le sucedieron diferentes experiencias que, quizás, influyeron en su vocación. Rafael nos cuenta su historia de misión.

“Sal de tu tierra" es el lema de este año del Domund. Es una llamada que se nos hace no sólo a los sacerdotes o religiosos sino a todos los cristianos. No sabría decir cómo se introduce en la vida de uno la pasión por la misión: Ya, un hermano de mi padre fue misionero jesuita y murió de malaria cerebral en la India, en Bombay;  y allí está sepultado su cuerpo como semilla. Al poco tiempo de su muerte nacía yo y me impusieron su nombre, así que yo suelo bromear diciendo que soy Rafael Samper II, aunque no soy tan santo como él, ni mucho menos. No sé si esto fue un signo, quizás. También los misioneros que nos venían, todos los años, a hablar al  colegio para la campaña sobre el “Domund”.

El caso más claro fue, que, cuando tenía casi treinta años, se formo, en mi pueblo de Almudevar,  una  Comunidad Neocatecumenal, y a partir de ahí surgió o afloró en mí, definitivamente,  la llamada a la Misión;  participando en los encuentros con los misioneros itinerantes en todo el mundo, terminando por entrar en el seminario en 1981. Todos los años le renovaba al Sr. Obispo,  D. Javier Osés, mi llamada a la Misión, y él me contestaba: “Ya eres misionero itinerante allí donde estás: en Abiego, y los otros siete pueblos que llevas”. Y así durante cinco años. Pero, en el año 1992, el Papa Juan Pablo II mandó una carta a todos los obispos españoles con motivo de cumplirse el cuarto centenario de la Evangelización de América, decía que no celebrábamos el descubrimiento ni la conquista; sino que, hace 400 años que por primera vez el mensaje de Cristo llegó a tierras americanas, y ese honor le correspondía a España. El Papa animaba a celebrarlo enviando cada una de las diócesis española a un misionero a América, como la mejor forma de conmemorar dicho centenario. D. Javier me dio a leer la carta del Papa y me preguntó: “A ti, ¿qué te parece?” Yo le dije que él sabía que yo estaba dispuesto a ir en cualquier momento.

Tengo que decir que, a pesar de mi alegría, recuerdo que en el vuelo sentía, el miedo de saber que era enviado a un lugar, el más pobre de todo Chile, con las minas de carbón de Lota y Coronel que tenían como un kilómetro de profundidad vertical  y doce en galerías bajo el fondo del mar. Además se trataba de una zona dominada por iglesias no cristianas y diversas sectas, donde se daba una tasa de alcoholismo altísima, con muchas familias muy destruidas, y donde había que recuperar el tejido social; en una palabra: una zona que, además de su situación de muy alta pobreza, estaba muy politizada, de ahí que se la llamase “la zona roja de Chile”.

Por tanto yo sentía, junto a la alegría de “ir, ¡por fin!, a la Misión”, la impotencia  y, por qué no decirlo, el miedo de saber que iba a una misión que te desborda por completo. Además llegué el 12 de octubre de 1992, que se celebra en esas tierras como “el día de la raza”. El Arzobispo me invitó a que celebrara con él una Misa en la Catedral de Concepción que es la capital de la VIII región, y la segunda ciudad de Chile.

Al principio me sentí encantado; pues, en la Misa, participó  el “Centro español” con los distintos trajes de todas las regiones de España, por lo cual me encontraba contentísimo. Al salir a la plaza para ir al “Centro español”, una gran multitud - yo pensé, me parece exagerado como recibimiento -, estaba gritando, pero no por aclamación, sino como airada protesta. Habían venido grupos muy politizados y organizados para decir que el IV Centenario no tiene que celebrarse; pues, no ha sido todo más que un latrocinio y gritaban: “españoles, ladrones, que os llevasteis el oro”, y otras cosas como ésta, etc..

Así que éste fue mi bautismo de fuego. Mi llegada, mi estancia allí comenzó con grandes desencuentros: Al principio con gran oposición, pues decían: “el minero jamás retrocede” y yo les contestaba: “pues, el misionero y el aragonés tampoco”. Pero entendí que su temperamento se parece al nuestro: el minero es terco y rudo porque ha sido muy golpeado. Les cuesta mucho  dejarte entrar; pero, cuando llegas a intimar con él te abre de par en par las puertas de su casa y del corazón. Yo he visto allí como se cumple la Palabra de Dios que da el ciento por uno: deja uno su casa y Dios le da cien casas; deja uno una familia y Dios le da cien familias. Me sentí muy querido por ellos y aprendí también a quererlos.  El día de mi partida me emocioné: el tren salía a media noche y mucha gente se levantó para ir a despedirme. Allí estaban aquellos con los que compartí 15 años, quizás los mejores de mi vida, compartiendo con ellos las tristezas y las alegrías. Por eso el Papa Francisco nos recuerda a todos que la “misión ad gentes” es una gran obra de misericordia, tanto material como espiritual.  

En uno de los viajes llegamos a la Isla de Santa María que hacía 20 años que estaba sin sacerdote. Organizamos los grupos de jóvenes misioneros, e íbamos a la Iglesia para evangeliza. Reconstruimos la capilla y les llevamos ayudas.  Otra vez,  yendo de Puerto Norte a Puerto Sur, que son los dos únicos núcleos de población, en un tractor con remolque, -era  el único “bus” de la isla-, volcó el remolque y quedó con las ruedas hacia arriba, con las 50 personas debajo. Aquel día recé a Dios profundamente, pues creía que habría varios muertos; pero, gracias a Dios, el barro hizo de colchón y nadie se vio gravemente afectado. Yo como iba con el conductor ayude a desvolcar el remolque y fueron saliendo uno a uno  tan embarrados que parecían los monstruos del pantano pero ilesos y sólo con algunas contusiones. Siempre en esta isla por ser un sitio difícil de misión nos pasaban las mil calamidades sin embargo cada vez que pedíamos voluntarios teníamos más de los que necesitábamos para la misión, Yo siempre les preguntaba: ¿Cuál es el secreto de ésta isla? Habéis pasado hambre, sueño, frio, volcamientos, una avería de la barca en alta mar que casi naufragamos en medio de un tremendo oleaje que nos hizo vomitar ”hasta la papilla que nos tomamos de niños” y sin embargo siempre se viene a la isla con alegría. El secreto de la isla es el secreto de la Misión: Hay más alegría en dar que en recibir. Ya decía San Francisco de Asís que la felicidad está dentro de uno mismo y consiste  en hacer felices a los demás siendo postadores  de paz y bien.

El Papa Francisco nos dice: Sueño con una Iglesia en salida, misionera, que vaya al encuentro de los hermanos anunciándoles la misericordia de Dios: “corazón palpitante del Evangelio” – Bula Misericodiae Vultus 12 – Yo soy testigo de que en la misión recibes más de lo que das; porque Dios no se deja ganar en generosidad. No me querría morir sin volver a la misión. Cómo no recordar tantos nombres y tantos amigos, que forman ya parte de tu vida con los que Dios ha ido tejiendo su Historia de Salvación. Para ellos y para Dios sólo me queda una palabra: ¡Gracias!

 

Rafael Samper, ex misionero y actual párroco de san Francisco de Asís en Huesca.

 

Huesca, 17 de octubre de 2016

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