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El sacerdote Francisco Raya defiende su tesis 'La belleza como concepto teológico en el ritual de la Dedicación de iglesias y altares'

 

 

El sacerdote Francisco Raya defenderá, el viernes 21 de julio en el aula de grados de la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso en Madrid, su tesis doctoral ‘La belleza como concepto teológico en el ritual de la Dedicación de iglesias y altares’, dirigida por Juan Miguel Ferrer Gresneche. Se licenció en Liturgia por la Escuela Superior de Liturgia de Barcelona con la tesina ‘El ministerio del lector’ y es autor de varias publicaciones como ‘El sacristán’, ‘Ambientar una Iglesia’ o ‘El matrimonio’.

Nació el 12 de septiembre de 1963 en Huesca y fue ordenado sacerdote por el obispo don Javier Osés, el 25 de agosto de 1990, en la parroquia del Perpetuo Socorro. Su servicio sacerdotal lo ha desarrollado en algunas parroquias del arciprestazgo de Somontano – Sobrarbe (Abiego, Azlor, Azara, Lascellas, Ponzano, Adahuesca y Albuerela de Laliena), de Ayerbe (Yéqueda, Lierta, Banastás, Chimillas, Alerre) de Almudévar (Gurrea de Gállego, El Temple, La Paúl, Alcalá de Gurrea, San Jorge, Artasona, Almudévar y Valsalada) y de Huesca ( basílica de San Lorenzo y Catedral). Ha dedicado varios años a la enseñanza en diferentes centros escolares, en el Estudio Teológico de la Santa Cruz de Huesca y en la Federación “Mater Unitatis” de los Carmelitas. Es delegado de Liturgia, maestro de ceremonias de la catedral, arcipreste del arciprestazgo de Almudévar y párroco de San Jorge, Valsalada, Artasona y Almúdevar.

 

La belleza como concepto teológico en el ritual de la dedicación de iglesias y altares, ¿De dónde surgió su inquietud por centrar la tesis en este tema?

Son dos partes. La primera sería el tema de la belleza en sí, no tanto en su perspectiva artística, sino en cuanto a sacramento de la Belleza que es Dios y en cuánto a camino para acceder a Dios. Por otra parte, en el Ritual de la Dedicación por hacerlo más concreto, pero a la vez por las innumerables vías que abre ya que hablar de la iglesia como edificio es hacerlo de la Iglesia formada por las piedras vivas que son los bautizados.

La primera parte empezó a tomar forma cuando conocí los trabajos previos a la Asamblea del Pontificio consejo para la Cultura cuyo tema central era la Via pulchritudinis como camino de evangelización y diálogo. No se trata de “crear” belleza sino dejar que Dios, que es belleza, irrumpa en nuestras iglesias, en nuestras celebraciones, en nuestras vidas. Muchas veces, por desgracia, nuestras iglesias están llenas de cosas bonitas, pero se alejan cada vez más de esta belleza. No faltan las veces en que la belleza de las iglesias se queda reducida a un mero estilo museístico.

El Papa Francisco ha dado especial importancia en la transmisión de la fe cristiana a la via pulchritudinis (la vía de la belleza). No basta que el mensaje sea bueno y justo. Tiene que ser bello, pues solo así llega al corazón de las personas y suscita el amor que atrae (Exhortación La alegría del Evangelio, n 167). La Iglesia no busca el proselitismo sino la atracción que viene de la belleza y del amor cuya característica es el esplendor.

 

¿Cuál es el desarrollo y conclusión de su estudio?

La tesis comienza haciendo un estudio de la dedicación tanto a nivel semántico como bíblico y patrístico y un recorrido histórico del ritual, en sus distintas variantes, especialmente desde el Concilio de Trento hasta llegar al actual.

Una segunda parte es el estudio del concepto de Belleza atribuido a Dios, tanto en la Biblia como en algunos autores teológicos que culminan con Urs Von Balthasar y especialmente en algunos escritos y homilías del Papa Benedicto XVI que ha sido el pontífice que más ha impulsado este camino.

Un tercer momento consiste en la comparación que san Pablo hace entre el bautizado (convertido en piedra viva de la Iglesia) y la iglesia como edificio que se convierte así en signo de la comunidad. De forma que la belleza, que la iglesia como edificio presenta, no le es propia sino como prolongación de la belleza de la santidad de los que se reúnen para celebrar los sacramentos (iglesia peregrina y triunfante). Es una forma de mirar nuestras iglesias huyendo de esa mal interpretada “sencillez” tantas veces confundida por lo feo y chabacano y de esa otra mirada tan estética que resulta artificiosa, fría y automaticista.

En resumen no se trata de entender la belleza como adjetivo, que fácilmente se confunde con “bonito” (que edificio tan bonito, que retablo tan bonito o que ceremonia tan bonita) sino como un sustantivo: es bello porque refleja la belleza que es Dios.

 

¿De dónde asimila la Iglesia la idea de dedicar y consagrar sus templos y altares?

En el Antiguo Testamento existen datos de la Dedicación del Templo de Jerusalén, de las fiestas que se hicieron, de la fiesta que, anualmente, seguía recordando esa Dedicación. También se habla de dedicación de altares, piedras que se erigían en lugares determinados para el sacrificio divino.

La idea de Dedicar un templo, un espacio a Dios continúa en el mundo cristiano, con la idea de “separarlo” de lo mundano para convertirlo en un espacio intermedio entre el hombre peregrino y la iglesia triunfante. Un espacio sagrado que es reflejo de lo que allí se celebra, de Dios que se prolonga y de la comunidad que allí se reúne.

 

¿Quién fue el primero en hablar de la via pulchitudinis? ¿Con qué motivación?

Santo Tomás, en la cuarta vía, habla de la belleza uniéndola a la verdad y bondad. Pero quien verdaderamente abre este camino es el teólogo Urs Von Balthasar, que utiliza el término “pulchrum” para referirse a esta belleza que trata la tesis y que se aleja de los conceptos estéticos de bonito o hermoso. Balthasar se aleja del ideal de belleza expresado en el Tabor, para manifestarlo en el Ecce Homo. También en lo que aparentemente es feo o desagradable o antiestético se manifiesta la belleza. La belleza de quién da su vida por sus hermanos, de quien siendo inocente arrastra la culpa para librarlos del pecado.

En nuestro mundo, que tanto se preocupa por la belleza ésta se ha quedado resumida a algo tan superficial que cuesta reconocer en su propuesta aquella otra que hizo Dostoyevski en su obra “el idiota”: “La belleza salvará el mundo”, y también en Los hermanos Karamazov observa que un rostro es bello cuando se percibe que en él litigan Dios y el Diablo en torno del bien y del mal. Profundiza la cuestión. Un ateo, Ippolit, pregunta al príncipe Mischkin: “¿cómo “salvaría la belleza al mundo?” El príncipe no dice nada pero va junto a un joven de 18 años que está agonizando. Y se queda allí lleno de compasión y amor hasta que muere. Con eso quiso decir que belleza es lo que nos lleva al amor compartido con el dolor; el mundo será salvado hoy y siempre mientras ese gesto exista. ¡Y que falta nos hace hoy!

Cuando percibe que ha vencido el bien irrumpe la belleza expresiva, suave, natural e irradiante. ¿Qué belleza es mayor, la del rostro frío de una top model o el rostro arrugado y lleno de irradiación de la Hermana Dulce de Salvador de Bahía o de la Madre Teresa de Calcuta? La belleza es irradiación del ser. En las dos hermanas la irradiación es manifiesta, en la top model no tiene fuerza.


Huesca, 10 de julio de 2017

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