In Cartas del padre Pedro

Este domingo leemos en el Evangelio dos de los encuentros de Jesús resucitado con sus discípulos. En uno de ellos estaba ausente Tomás. Es bonito contemplar lo que sucede en los encuentros, porque nos puede ayudar a entender lo que significa la experiencia pascual. Como sabéis, la Pascua es, esencialmente, el encuentro con Cristo resucitado, un encuentro plenamente transformador.

Es bueno fijarse en los detalles. Unos discípulos llenos de miedo, con las puertas cerradas. Pero Jesús entra y se pone en medio de ellos. Jesús en el centro: esto es la Iglesia. Un deseo de paz; una enorme alegría, que sustituye al miedo y les cambia la vida. Y un regalo: el Espíritu Santo, para que puedan llevar adelante su misión. Es una narración preciosa.

Pero Tomás no estaba presente. Y cuando se lo cuentan, no lo cree. No lo puede entender, porque no ha vivido esa experiencia. Pero Jesús le tiene paciencia, y vuelve a encontrarse con los discípulos, asegurándose de que Tomás estuviera presente. Y Tomás exclama con profunda fe: “Señor mío y Dios mío”. Es una oración que normalmente hacemos en silencio en el momento de la consagración, cuando el sacerdote alza el cuerpo y la sangre del Señor, para que la podamos venerar. Es muy bonito hacer esta breve oración en ese momento, reconociendo que Jesús es nuestro Señor y nuestro Dios.

Tomás se parece mucho a nosotros. Por eso, Jesús le dice algo pensando en nosotros: “dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros creemos en Jesús gracias al testimonio de los creyentes y a la luz del Espíritu Santo. Estas son las claves de nuestra fe. No creemos simplemente “por herencia” o “por tradición”. Creemos porque hemos recibido un testimonio auténtico de fe, y porque Dios nos da el Espíritu Santo. Por eso, elegimos creer. Y, por eso, debemos tratar de vivir en coherencia con ese don y esa decisión. Porque nuestra fe es, a la vez, regalo y opción. Por eso nos cambia y nos exige; por eso nos transforma.

El texto termina de una manera muy significativa, explicando el objetivo del Evangelio: está escrito para que creamos en Cristo y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre. El Evangelio es Buena Noticia para que vivamos de modo nuevo.

Desde hace unos años, la Iglesia celebra este domingo el día de la Divina Misericordia. Aprovechemos esta fecha para agradecer a Dios su amor, su afán de perdonar, su misericordia para con todos nosotros. Y reafirmamos nuestra convicción de que el cristiano, si lo es, trata de ser misericordioso. ¿Os acordáis de las obras de misericordia? Os refresco la lista, según nuestra tradición: siete corporales y siete espirituales. Es bueno pensarlas y tratar de vivirlas: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos, enterrar a los difuntos, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rezar a Dios por los vivos y por los difuntos. Ojalá las podamos vivir.

Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

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