El cuarto domingo de Pascua es el domingo del Buen Pastor. En la celebración de la Eucaristía escuchamos el precioso pasaje evangélico en el que Jesús nos dice “Yo soy el Buen Pastor”. Él es un pastor que conoce a sus ovejas, que las llama por su nombre, que las defiende de los peligros, que las lleva a nuevos pastos, desconocidos para ellas; no las deja siempre en el mismo lugar, sino que las desinstala y las acompaña en el camino.
Cuando el Papa Francisco me nombró obispo de Huesca y de Jaca, la comunidad en la que yo vivía en Roma me regaló una estatua del Buen Pastor, que lleva sobre sus hombros una oveja que estaba perdida. Tengo esa estatua en la capilla de mi casa, y todos los días la miro y le pido a Dios que me ayude a ser buen pastor en las comunidades a las que me envía.
Pero a mí me gustaría pediros que leyéramos esta parábola del Buen Pastor desde la perspectiva del rebaño, no sólo desde el punto de vista del pastor que necesitamos. El Papa Francisco solía decir que quería “pastores con olor a oveja”. Esa fue una frase que causó mucho impacto en la Iglesia, entre los sacerdotes, en el seno de las comunidades cristianas. Es un reto formidable, y no lo podemos perder de vista.
Pero yo quisiera decir algo complementario: necesitamos ovejas con olor a pastor, con olor al Buen Pastor. Necesitamos cristianos, comunidades, catequistas, sacerdotes, instituciones diocesanas, con “olor al Buen Pastor”, con “olor a Cristo”. Es el gran reto de la Iglesia hoy, y lo es de nuestras diócesis: ser una diócesis con olor a Cristo.
Hay muchas cosas que podemos hacer en nuestras diócesis para “oler más al Pastor”, para estar más identificados con el Señor. Me gustaría proponer tres caminos.
Ofrecer a las personas laicas que forman parte de nuestras comunidades la posibilidad de cualificar su corresponsabilidad eclesial con formación, vinculación y compromiso real, caminando con ellos. Sólo así seremos una Iglesia verdaderamente sinodal. Y en esa dinámica, impulsar los diversos ministerios eclesiales que podemos y debemos engendrar. Una Iglesia crecientemente ministerial es una Iglesia más servidora y más cercana a los deseos del Pastor.
Acompañar, desde una presencia sencilla, a tantas personas y comunidades que a veces se sienten solas o aisladas. La presencia eclesial no es sólo una presencia del sacerdote. Es, y debe ser, una presencia de la Iglesia. Tenemos que ir cambiando de paradigma, e impulsar “equipos de misión” que hagan presencia en nuestros pueblos y en nuestros espacios eclesiales. Es otro el momento en el que vivimos. Entendámoslo.
El tercero, una palabra sobre los jóvenes, el presente y el futuro de nuestras comunidades. Tenemos que creer en ellos y estar con ellos. Os comparto una de las muchas lecciones que a lo largo de mi vida he recibido de los jóvenes. Esto es lo que me dijo uno de ellos: “Lo que nosotros necesitamos de ustedes no es sólo que nos escuchen o que nos ayuden con su acompañamiento, sus reflexiones y consejos. Lo que de verdad necesitamos es ver en ustedes que, a cualquier edad, se puede seguir entusiasmado con el encuentro con Jesús y con la vocación que, de jóvenes, recibieron de Él. Lo demás, ya lo conseguiremos por nuestros medios; podemos hacerlo”. Este joven dio en el clavo.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.










