El pasado 24 de mayo celebramos la solemnidad de Pentecostés. A mí me gusta escribir sobre este precioso misterio después de haberlo celebrado, porque creo que es muy importante que entendamos y vivamos que el Espíritu Santo no llega un día, sino que está presente en nuestra vida, en cada momento, y que nuestro reto es mantenernos siempre atentos a sus inspiraciones. Sólo así podemos vivir nuestra fe, porque nosotros solos, sin la fuerza del Espíritu, no podemos. El tiempo ordinario, que comienza después de Pentecostés, o es tiempo del Espíritu o no es nada.
Ya sabéis que nuestra teología y nuestra tradición nos presentan siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Son siete dones bellos, valiosos, necesarios, consolidados en la espiritualidad cristiana. Pero no son los únicos dones que recibimos y que necesitamos. Me gustaría presentaros otros dones que necesitamos suplicar para poder avanzar y caminar como una diócesis abierta a las inspiraciones del Espíritu. Quiero presentaros tres: el don de la profecía, el don del discernimiento y el don de la docilidad a sus inspiraciones.
La profecía no es “adivinar el futuro”, sino es anunciar, en el nombre de Dios, aquello que debe ser anunciado para el impulso del Reino de Dios. Nuestra Iglesia, nuestra diócesis, nuestras comunidades, necesitan suplicar y vivir el don de la profecía. Nos ayudará mucho reconocer los pequeños signos proféticos que van apareciendo entre nosotros y que nos iluminan el camino. Cito algún ejemplo: el signo de la acogida del que nos necesita; el signo del impulso de la corresponsabilidad en la vida eclesial; el signo de la ministerialidad; el signo de la cercanía a los pobres; el signo del cuidado de la vida de oración; el signo de la comunión entre diferentes. Los signos que emergen deben ser contemplados y agradecidos. Nos ayudan a entender el horizonte.
El don del discernimiento es cada vez más necesario, pero no debemos caer en la tentación de simplificarlo. Discernir es una apasionante tarea que podemos y debemos vivir personalmente, pero también en comunidad, en grupo. Quizá lo que más nos va a ayudar es tener en cuenta que para tomar decisiones abiertos al Espíritu, lo esencial es hacerlo en dinámica de oración, de escucha fraterna y de fidelidad a los valores del Evangelio. Cuando estas tres cosas están presentes, podemos pensar en discernir. Si no lo están, haremos otra cosa diferente.
El tercer don del Espíritu es el de la docilidad al propio Espíritu. Ser dóciles para no atrincherarnos en nuestras tradiciones, normas o modos de funcionar; dóciles para entender la novedad, para no caer en la rigidez, para olvidarnos de pensar sólo en nosotros mismos. Dóciles para crecer en humildad. Dóciles para evitar caer en el peligroso dinamismo del “siempre se ha hecho así”.
Supliquemos al Señor estos tres dones, para que el Tiempo Ordinario que vivimos sea, también, tiempo del Espíritu.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.










