In Cartas del padre Pedro

Continúo escribiendo sobre la alegría de la fe, porque creo que es uno de los puntos sobre los que necesitamos reflexionar más. Hay un texto evangélico muy sugerente, narrado por San Lucas (Lc 10, 20). En esta narración, los discípulos que Jesús ha enviado de dos en dos regresan contentos, narrando lo que podríamos llamar “sus éxitos pastorales”. El Señor comprende y acepta esta alegría, pero les dice algo extraordinario: “alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo”.

Esta experiencia puede ser también la nuestra. Es cierto que podemos presentar ante el Señor tantas cosas buenas que hemos podido hacer, tantos pasos de vida que hemos podido dar en nuestra vida, en nuestras familias, en el trabajo, en la parroquia, en mi apostolado, etc. Pero el Señor nos responderá como a sus discípulos: “Está bien que os alegréis por esas cosas, pero, sobre todo, alegraos de que vuestros nombres están escritos en el cielo”.

¿Qué significa esto? Esencialmente, una cosa: la vida que podamos crear no será en primer lugar el fruto de nuestro trabajo, de nuestras opciones o de nuestros aciertos, sino, sobre todo, del amor de Dios que nos transforma y nos hace capaces de vivir. Y si esto lo vivimos, si nuestra fe es capaz de iluminar nuestra vida y nuestra vocación, entonces lo que hagamos de bueno producirá vida.

Quizá por eso una de las más claras expresiones de la fe es la alegría. La alegría está presente junto a los anuncios más decisivos del amor de Dios: la alegría del nacimiento del Salvador (Lc 2, 10) o la alegría de la resurrección del Señor (Jn 20, 20). El padre de la parábola habla de alegría a su hijo mayor, desconcertado por la fiesta de acogida de su hermano menor; la alegría es la palabra utilizada por el Señor cuando explica la parábola de la oveja perdida; la ciudad en la que se predica el Reino se llena de alegría (Hch 8,8).

Necesitamos vivir y experimentar esta alegría. La profunda, la que cambia el corazón. Sólo si estamos auténticamente alegres podemos ser testigos creíbles del amor de Dios. Sólo así podremos entender que ser cristiano significa ser una persona de esperanza.

Os comparto una sencilla experiencia que nos puede iluminar. La viví hace poco en una parroquia de uno de los pueblos de nuestras diócesis. Las personas que estaban en la Misa eran mayores, y algunas bastante ancianas. En un momento de la celebración, el coro entonó un canto que todos seguimos con devoción Decía así: “Gracias quiero darte por amarme; gracias quiero darte yo a ti Señor. Hoy soy feliz porque te conocí, gracias por amarme a mí también. Yo quiero ser, Señor amado, como el barro en manos del alfarero; toma mi vida, hazla de nuevo: yo quiero ser un vaso nuevo”.

Yo les contemplaba mientras cantaban “toma mi vida, hazla de nuevo: yo quiero ser un vaso nuevo”. Estuve mucho tiempo después pensando en esta escena. ¿Qué significa para un anciano de 85 o de 90 años orar pidiendo al Señor que le ayude a “ser un vaso nuevo” y que “tome su vida y la haga de nuevo”? Todavía me impresiona esta preciosa escena plena de amor al Señor, plena de fe y de confianza en la infinita misericordia de Dios. Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

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