Celebramos el día de Todos los Santos, y a continuación oramos por todos los fieles difuntos. En nuestra tradición, son dos días que van muy unidos. Damos gracias a Dios por todas las personas que nos han precedido en el camino y que gozan ya de la plenitud de Dios, algunos famosos y canonizados, otros menos conocidos, pero santos, como decía el Papa Francisco “de la puerta de al lado”. Nos recordaba así el difunto Papa que la santidad es un don y un camino para todos, pues todos estamos llamados a la santidad, que no es otra cosa que tratar de vivir según la voluntad de Dios, según lo que Él espera de nosotros.
Y el día de los fieles difuntos nos acordamos de todos nuestros seres queridos que ya han partido de este mundo, y que tanto quisimos cuando vivieron con nosotros. Les recordamos en la oración, sabiendo que el mejor homenaje que podemos hacerles es tratar de vivir según lo que aprendimos de ellos.
Quiero deciros algo desde la fe. A veces nos cuesta hablar de la vida eterna. Incluso tenemos temor a hacerlo, a hablar de esa plenitud de la vida prometida por Dios. Pero lo debemos hacer. Es una de las mejores noticias del Evangelio, la mejor, la central: Cristo ha resucitado y nos ha preparado un lugar. Dios nos espera, nos acogerá, nos recibirá. Es una preciosa noticia: podremos encontramos con Jesús y hacerle todas las preguntas que llevamos dentro. Podremos vivir plenamente en la presencia de Dios. No nos tiene que dar miedo; todo lo contrario, nos tiene que dar esperanza, alegría, serenidad. Esto es lo que pedimos a Dios cuando oramos por nuestros difuntos.
Cuando celebramos a Todos los Santos, lo que hacemos es anunciarnos unos a otros que la fe cristiana consiste en vivir de otro modo, vivir de cara a Dios, de cara a su propuesta de Vida. Por eso, el texto evangélico que escuchamos en este día es el de la Bienaventuranzas. Jesús proclama una propuesta de vida que nos consuela y nos desinstala a la vez. Llama “bienaventurados” a los pobres, a los que lloran, a los humildes, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los constructores de paz y a los que son perseguidos por tratar de hacer la voluntad de Dios. Pero no se contenta con ello; les explica por qué: les dice que Dios les consolará, que Dios les dará el Reino. Celebrar a Todos los Santos nos tiene que ayudar a tratar de vivir más cerca de Dios, más cerca del Evangelio, más cerca de lo que sabemos que es lo que Dios desea para nuestra vida.
Cuando oramos por los difuntos, lo hacemos por los que hemos conocido y amado, pero también por todos los fieles difuntos. Por los que han muerto a causa de las guerras o de la injusticia de los hombres, por aquellos de los que nadie se acuerda, por aquellos que no pudieron nacer, por todos. Y rezamos con una preciosa oración, plena de sentido, que es bueno que la hagamos muchas veces, pero especialmente en este día: “Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Que las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén”.
Dios nos conceda el don de la santidad y la fuerza de la fe.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.










