In Cartas del padre Pedro

“De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas. No alzará su espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 2-5). Esta es la profecía de Isaías que escuchamos todos los años en el tiempo de Navidad; este es el anuncio de PAZ que la Iglesia proclama con esperanza y convicción.

Escribo esta carta fraterna porque en estos días hemos asistido a una serie de graves insultos y falsas acusaciones de un alto dirigente mundial contra el Papa León XIV, a causa de la clara postura del Papa condenando las guerras y proclamando el mensaje de la paz. Lo que ha hecho el Papa es anunciar el Evangelio y defender la necesidad de la paz.

No se puede poner en labios de un Papa que empezó su ministerio anunciando una paz “desarmada y desarmante” ideas u opiniones que nunca ha dicho. La manipulación de la verdad es una de las causas que explican el mundo que tenemos y vivimos. Debemos anunciar siempre la verdad. Y los cristianos debemos proclamar la nuestra, sostenidos por el mensaje de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Es bueno tener presentes las palabras del Papa: “¡Nunca más la guerra!” «Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero, basta ya de la exhibición de la fuerza, basta ya de la guerra. La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida».

La paz no es simplemente un “alto el fuego”. La paz no es sólo la ausencia de bombas o de disparos. La paz no es sólo la ausencia de violencia. La paz que buscamos los cristianos, la paz que suplicamos, la paz que tratamos de construir, no es simplemente el fruto de un frágil intercambio negociador o la victoria de una posición de fuerza que impone un cese de la lucha. La paz que buscamos no es la propia de un sistema que impide la libertad o que confunde paz con silencio amedrentado. La paz que anhelamos no es el fruto de la lucha, sino de la humanidad.

Los cristianos saludamos con esperanza todos los pasos, por pequeños que sean, que se dan para avanzar hacia la paz. Aunque sean frágiles, los saludamos. Pero nuestra paz, la paz por la que hoy oramos, es aquella que procede de nuestra fe, que es propuesta por Jesucristo y que está en el núcleo de su propuesta, el Reino de Dios.

Cristo llamó bienaventurados a los constructores de la paz, y dio la razón, una razón extraordinaria. Bienaventurados los constructores de la paz, porque ellos serán llamados HIJOS DE DIOS. El esfuerzo por la paz es lo propio de los hijos de Dios, porque al serlo, somos hermanos. Los hermanos lo somos porque tenemos un Padre común. Esta es la clave de la paz por la que hoy oramos.

La paz que anhelamos está sostenida y creada por la justicia, la verdad, la misericordia, el amor a los desfavorecidos, el perdón, el cambio del corazón, la fraternidad, el trabajo cotidiano por un mundo mejor. Esta es la paz que nos anuncia el resucitado: “la paz esté con vosotros; Yo no os la doy como la da el mundo”, dice el Señor.

Agradezcamos al Papa León XIV su claridad y su profecía. De él podemos decir lo que anuncia el profeta Isaías y escuchamos en la Eucaristía del día de Navidad: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz”! (Is 52,7). Oremos para tratar de descubrir esa paz que el Señor inspira y propone. Oremos para trabajar por ella. Oremos para que cambie nuestro corazón, y vivamos como hijos de Dios.

Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

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