Os escribo esta carta semanal porque estoy convencido de que la alegría es una de las claves más importantes de la fe, de la vida cristiana. Os cuento de dónde viene mi reflexión: celebramos en la catedral de Huesca la ordenación sacerdotal de un joven diácono de las diócesis, D. Marcos. Todos los participantes en la celebración estarán profundamente alegres, dando gracias a Dios por lo vivido: los sacerdotes, el nuevo sacerdote, su familia, los jóvenes, los miembros de las diversas comunidades que el nuevo cura acompañará en su ministerio, todas las personas que participarán de la Eucaristía. La alegría será enorme y contagiosa, profundamente compartida.
Me viene a la mente la narración del primer encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos. Cuando Jesús se hace presente, ellos “se llenaron de alegría” (Jn 20, 20). No se dice que se alegraron, sino que se llenaron de alegría. Se trata de una experiencia de plenitud. La alegría es un testimonio que todos los cristianos somos llamados a dar, a ofrecer, a regalar. Es la alegría del que se sabe lleno de Dios, del que se siente salvado, del que ha encontrado respuestas a sus preguntas, del que sabe quién es el camino, la verdad y la vida. La fe cristiana es alegre.
“Una alegría que nada ni nadie nos puede quitar”. Así define Jesús, en el Evangelio de Juan, la alegría cristiana. Es una definición extraordinaria. En los capítulos 15 y 16 del Evangelio de Juan, Jesús habla a sus discípulos de los aspectos más profundos de la fe que propone y ha venido a enseñar. Les deja claro que sólo lo podrán entender si el Espíritu se lo concede, y les insiste en que, si lo comprenden y lo viven, su alegría será completa (Jn 15, 7) y tan fuerte y consistente que nadie se la podrá arrebatar (Jn 16, 22).
Las dos características que Jesús resalta de la alegría cristiana son muy claras: completa e inquebrantable. ¿Qué alegría es esta, tan extraordinaria, que nada ni nadie nos la puede arrebatar? Nos cuesta comprender su significado, porque nuestra pequeña experiencia está llena de alegrías efímeras o frágiles, incluso también de alegrías auténticas y buenas, pero que con el paso del tiempo van quedándose en buenos recuerdos o quizá en valiosos puntos de referencia. Pero todos sabemos que nuestra vida necesita de algo más.
La alegría cristiana no procede esencialmente de que las cosas nos vayan bien, sino de que Dios nos ama absolutamente y nos llama a una vida de plenitud y de entrega. Esta es la experiencia que necesitamos vivir. Esta es la experiencia que las personas necesitan de nosotros. Todo lo demás es bueno y valioso, pero la fuente de nuestra alegría no procede de nosotros mismos, sino de Dios y del don de la fe. Y cuando esto se nos olvida, dejamos de vivir -y de ofrecer- lo mejor que tenemos.
Es cierto que también en nuestra vida hay a veces tristeza y oscuridad. Pero ninguna experiencia personal de dificultad que tú puedas tener es capaz de quitarte la alegría profunda de ser cristiano, si esta alegría está basada en lo esencial: no en los éxitos, sino en el amor; el amor que Dios te tiene y el que compartes con las personas que Dios pone en tu camino. Seguiré escribiéndoos sobre esto.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.










