Con la celebración del Miércoles de Ceniza hemos comenzado la Cuaresma. Comparto con vosotros algunas reflexiones sobre este tiempo precioso que la Iglesia nos ofrece para prepararnos a la celebración de la Pascua.
El dinamismo central de la Cuaresma es la llamada a la conversión. A veces rodeamos a esta palabra de imágenes tristes, unidas a experiencias de penitencia o de mortificación. El mismo signo de la ceniza nos evoca esas experiencias. Nada de eso es malo, porque nos viene bien recordar que somos pecadores y nos ayuda asumir renuncias para hacernos más conscientes de nuestra realidad.
Pero la conversión es, esencialmente, algo bello, alegre, sanador, profundamente positivo. La conversión consiste es cambiar el corazón, en tomar una dirección vital más sana y fraterna, abrir nuestra alma al encuentro con Dios, sentir que el Padre nos ama y actuar en consecuencia. La conversión es elegir Vida, y Vida con mayúsculas. La conversión es dejar entrar a Dios en nuestra vida y disfrutar de estar en sus manos y caminar con Él.
Jesús nos llama a la conversión desde un anuncio maravilloso: “Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios” (Mt 4, 17). Es el anuncio de la predicación de Jesús. Y esto no es simplemente un detalle. El primer anuncio del Señor es la llamada a la conversión y la comunicación de la razón de su propuesta: está cerca el Reino de Dios.
Lo primero, y este es el mensaje de la Ceniza, es detenerme un poco, sin miedo a quedarme a solas conmigo mismo y hacerme las preguntas que me tengo que hacer. Lo primero es hacerme consciente de mi propia realidad, de mis equivocaciones, de mis negativas ante Dios y antes los hermanos, de mi pecado. Y desde esa actitud de honesta sinceridad y transparencia conmigo mismo, iniciar un proceso de acercamiento a Dios, a la vida que Él me propone, a los valores que Él me inspira, a las claves de la Buena Noticia que Jesús nos trajo y que nos regaló. Esta es la conversión.
En este primer domingo de Cuaresma escuchamos el pasaje de las tentaciones. Todos tenemos tentaciones. El Papa Francisco hablaba muchas veces de esos “diablillos educados, que entran en tu casa sin que tú te des cuenta, en ocasiones disfrazados, y te hacen mucho mal”. Esos son los “diablillos” que tenemos que descubrir y sobre los que tenemos que trabajar. Os comparto el nombre de alguno de ellos: el conformismo, el individualismo, el orgullo, la autosuficiencia, el afán de criticar, el pesimismo, el egoísmo, la falta de cuidado de nuestra vida espiritual, etc. Hay muchos “diablillos tentadores”. Por eso tenemos que estar atentos, vigilantes.
La vigilancia espiritual consiste en custodiar el propio corazón, siendo conscientes de nosotros mismos. No olvidemos que el propio Jesús introdujo el riesgo de la tentación en la oración del Padre Nuestro. Nos enseñó a pedirle a Dios, nuestro Padre, que “no nos deje caer en la tentación”. Lo rezamos todos los días. Eso nos ayuda a ser conscientes de que necesitamos de la ayuda de Dios. Por eso la Cuaresma es importante, y es bueno vivirla dándonos cuenta de nuestra necesidad de conversión.
Os deseo un buen camino cuaresmal. Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.










