In Cartas del padre Pedro

El quinto domingo de Cuaresma nos regala la maravillosa narración de la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús, el hermano de Marta y María, por quien Jesús lloró al saber que había fallecido.

La narración es preciosa, y tiene la magia de que nos ayuda a identificarnos con todo lo que sucede. Es una historia nuestra, conocida por todos nosotros, experimentada en algún momento de nuestra vida. El dolor por la muerte de un ser querido, las preguntas ante la muerte, la necesidad de consuelo, la esperanza en la vida, la pregunta por el “por qué”. Todo es nuestro, y Jesús lo comparte todo, incluso las lágrimas.

Pero, siendo una historia profundamente nuestra, es mucho más. No es sólo la narración de un hecho extraordinario, de un milagro de Jesús en el que el Señor devuelve la vida a alguien que había muerto. No. Es una narración que nos acerca a las preguntas fundamentales del ser humano, a lo más profundo de nuestra humanidad. Somos seres que deseamos vivir, que buscamos vida, que anhelamos plenitud.

Jesús nos dice que Él es la Resurrección y la Vida. Vivimos una sociedad que ignora la muerte y trata de anestesiar esas preguntas. Les tenemos miedo. La Iglesia necesita hablar más de la vida eterna, hablar más de la puerta que fue abierta por Dios con la resurrección de Jesús. Necesitamos perder el miedo a la vida eterna.

Esa Vida es una maravillosa noticia. Es bueno que lo pensemos. En esa vida eterna, en la que creemos y esperamos, podremos encontramos cara a cara con Jesús, preguntarle tantas cosas que guardamos en nuestro corazón, compartir esa plenitud con testigos formidables del Evangelio que viven ya la santidad de la presencia de Dios, encontrarnos con nuestros seres queridos que nos han precedido en esa peregrinación. Esa es la plenitud que nos ha sido prometida por Jesús, y en ella creemos cuando recitamos el Credo cada domingo, cuando decimos al final, precisamente antes del AMÉN, “creo en la vida eterna”. Ese “amén” es un detalle precioso para nuestra fe, y significa dos cosas; “así sea” y “así es”. Es, a la vez, promesa y deseo. Promesa de Dios y deseo profundo de nuestro corazón. Esta es nuestra fe.

Nos acercamos a la celebración de los Misterios que nos dieron nueva Vida. El domingo próximo es ya Domingo de Ramos, el domingo en el que contemplamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la narración de su pasión y muerte. Vivamos esta Semana Santa con serenidad, con confianza y agradecimiento. Es cierto que para muchos puede ser una semana de descanso o de vacación, y tampoco eso es malo. Pero busquemos que sea una semana de encuentro con Cristo, de encuentro transformador con Aquél que nos dijo “yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie va al Padre si no es por mí”.

Siempre me hizo pensar mucho la última homilía del Papa Francisco, que no pudo leer personalmente, pero quedó escrita: “Cristo resucitado abre nuestra vida a la esperanza. Él está vivo, Él renueva nuestra vida”.

Os deseo un buen camino cuaresmal. Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

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