Llevo muchos años como sacerdote (sólo unos meses como obispo), y puedo decir que una de las preguntas más apasionantes que me han hecho en estos años me la hizo un joven que estudiaba en una escuela católica llena de muchachos de diversas religiones y culturas. La pregunta era esta: ¿Cuándo comenzó usted a creer en Dios? Como es lógico, le respondí desde mi propia historia de fe, pero también le pregunté la razón por la que me hacía esa pregunta. Y su respuesta fue -tal y como yo me esperaba- muy clara: porque estoy buscando mi fe.
Os cuento esta sencilla experiencia porque creo que es muy significativa para nosotros. Quizá a muchos de nosotros, que creemos en el Dios de Jesús desde niños y que en muchas ocasiones esta fe nos ha sido trasmitida desde el propio núcleo familiar, nos resulta complicado acompañar las búsquedas de los jóvenes que están abiertos a la fe o la buscan con afán, pero que no saben cómo encontrarla o cómo descubrirla.
Pienso que estamos ante un desafío extraordinario: testimoniar, suscitar, transmitir, acompañar y educar la fe del joven de nuestros días, que en muchas ocasiones y contextos es lejano a la fe sencillamente porque nunca la ha vivido. Pero buscan. Tenemos que asumir este reto: hay cada vez más personas que buscan la fe, pero no saben cómo hacerlo. Pero sienten que la necesitan. Por eso hacen preguntas difíciles como la que me hicieron a mí.
No os voy a escribir una carta sobre “el anuncio de la fe”, porque sería muy larga. Pero sí que quiero dejar caer alguna pequeña reflexión sobre este apasionante reto. ¿Por qué un joven se pregunta por una fe que nunca ha vivido pero que intuye que la necesita? Para mí, es claro que muchas de las cosas que ve en los cristianos le hacen preguntarse por la fe. Es cierto que hay cosas que no son buenas -nuestros pecados- pero hay muchas formidables y cuestionadoras.
Pero para que esto sea así, los jóvenes necesitan ver el “tesoro escondido” que está en el centro de nuestra Iglesia, de nuestras escuelas y parroquias, de nuestra vida y de nuestras razones para vivir. Siempre ha sido así, y siempre lo será. La fe se transmite a través de los signos que la expresan y de la credibilidad de las personas que la encarnan. Por algo decimos siempre -citando a San Francisco de Asís- que “hay que predicar siempre, y si es necesario, con la palabra”. ¿Qué debemos proponer al joven buscador?
Quisiera aportar sólo dos pequeñas claves que creo que son fundamentales. Sólo dos. Al joven que busca hemos de hacerle propuestas que hagan que se sienta, a la vez, escuchado y desafiado. Las dos dinámicas son imprescindibles. No basta sólo con “escuchar al joven”. Tenemos que ser capaces de ofrecerle algo que le supere, que le desafíe, que le ayude a comprender que ni él ni sus aspiraciones lo son todo. Escuchar para comprender, desafiar para inquietar y abrir el alma. Las dos a la vez. Una propuesta en la que quede muy claro a Quién proponemos y desde qué visión lo hacemos. Una propuesta en la que se note que el Evangelio está presente, inspirándola y enriqueciéndola. Una propuesta que genere itinerarios, que provoque deseos de fraternidad, que ayude a la pregunta vocacional. Una propuesta, en definitiva, capaz de suscitar la búsqueda de “algo más”.
Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.










