In Cartas del padre Pedro

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Estos días nos sitúan de lleno ante el centro de nuestra fe cristiana, pero también nos ayudan a encontramos con nuestra historia, nuestra cultura y nuestras tradiciones. En la Semana Santa conviven una honda experiencia de fe con una preciosa expresión de arte, de símbolos, de imágenes y de experiencias compartidas.

Siempre hay un componente de sorpresa y de admiración en estos días: ¿cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Cómo es posible vivir y creer desde una religión que procede de una experiencia tan increíble como la que recordamos en estos días? Esta es, precisamente, la grandeza de la Semana Santa que nos disponemos a vivir en nuestra diócesis: “tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Esto es lo que celebramos en estos días santos. Nos reunimos con profunda alegría para conmemorar los Misterios que nos dieron nueva Vida. Celebramos nuestra fe, que transforma de modo definitivo nuestra existencia y la de todos los seres humanos.

El Jueves Santo celebramos con serena alegría la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, así como el día en el que el Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Ese Amor es la fuente del amor fraterno que somos llamados a vivir.

El Viernes Santo contemplamos, con profundo sentimiento, la pasión y muerte del Señor. La cruz es para nosotros una señal de bendición porque antes fue, para Jesús, el lugar de su entrega generosa para nuestra salvación: sus heridas nos han curado.

Y en la Vigilia Pascual y el Domingo de resurrección, que se prolonga a lo largo del tiempo pascual, recibimos el mejor regalo: Cristo vive y te quiere vivo. Y somos enviados a testimoniar a Cristo en todos los ambientes en los que nos movemos

Celebrar, contemplar y testimoniar son tres verbos que sintetizan lo que vamos a vivir y lo que somos invitados a compartir y a transmitir en estos días.

Os deseo que estos días os ayuden a encontraros con el profundo deseo de Dios que anida en vuestro corazón. Os envío a todos mi felicitación en estos días de Pascua, deseándoos que podáis vivir y celebrar con profunda serenidad y alegría el Amor de Cristo. Dios os conceda el precioso don de renovar vuestro deseo de seguir a Jesús.

Nunca olvidéis las palabras con la que Jesús se presenta, resucitado, ante los suyos: “La paz esté con vosotros”. Esa paz, serena y profunda, que procede de la transformadora experiencia del encuentro con Cristo, el Señor.

Gracias por vuestra ayuda y que Dios os bendiga.

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